Por Germán Ayala Osorio
La burda, tétrica y sombría
exhibición de los cuerpos de bandidos “dados de baja” (léase, asesinados) de
parte del presidente-pastor Abelardo de la Espriella nos está regresando a los
tiempos barbáricos de la Seguridad Democrática a los que el país se acostumbró con
pasmosa facilidad. Los “carrotancados de sangre o los litros de sangre o a
mí no me traiga detenidos” regresarían como lemas y orientaciones de unas
fuerzas armadas sometidas en poco tiempo a vaivenes ideológicos y a cambios de doctrina
moral que en lugar de unificar criterios y protocolos al momento de realizar
operaciones militares ofensivas alineados con el respeto al DIH y a los DDHH, quedarían
sujetos a la toma de decisiones discrecionales de aquellos comandantes que se
sienten cómodos con el nuevo gobierno, lo que los haría proclives a violar las
normas de protección de civiles e incluso la dignidad y el respeto debido a los
combatientes “neutralizados”. Presentar cadáveres como trofeos de guerra convierte la guerra en un frenético juego que nadie querrá perder y a los combatientes en
jugadores que, como en el fútbol, apelan a toda suerte de trampas y trapisondas
para engañar a los árbitros. Y cada miembro de la sociedad, en espectador del innoble
espectáculo.
Las imágenes de televisión en las
que se ve al comandante supremo de las fuerzas armadas caminar-desfilar en
medio de cadáveres van a inspirar a las organizaciones criminales a hacer lo
mismo cuando logren dar golpes de mano a las fuerzas legales: se grabarán exhibiendo
los cuerpos mutilados de militares y policías vengando el agravio presidencial.
Al final, las estructuras delincuenciales y el Estado operarán igualados en crueldad.
Las puestas en escena en las que
el jefe del Estado desfila entre los muertos generan miedo en sectores de la sociedad
por el posible regreso de la práctica sistemática de asesinar civiles para hacerlos
pasar como guerrilleros-bandidos-terroristas caídos en combate. De la Espriella
se regodea en público por la “hazaña” o gesta militar que además de pasajera, de
poco servirá para pacificar a las malas el país por una razón de fondo: al gobierno
del pastor-presidente no le interesa atacar y superar las circunstancias históricas,
subjetivas y objetivas que permiten el surgimiento de toda suerte de criminales.
Por el contrario, sus decisiones de política económica y el mismo modelo económico,
político y cultural están pensados para que debajo de cualquier piedra que se
levante en el país brote un ladrón que luego se convertirá en sicario; y posteriormente,
en comandante paramilitar o guerrillero.
Los menores de edad que cayeron
en las recientes operaciones Azarías y Amon, ambos nombres bíblicos, fueron víctimas
de las estructuras narcoguerrilleras que los reclutaron de manera forzada y
doblemente víctimas de un Estado que jamás los protegió y les brindó mejores condiciones
de vida. Al asesinarlos, el jefe del Estado cree que borra la primigenia
responsabilidad no asumida cuando lo único que logra es debilitar la legitimidad
estatal que De la Espriella cacarea constantemente, derivada del principio weberiano
del monopolio de la fuerza legítima atado al Estado asumido como una estructura
de dominación humana de la que se espera actos de violencia legítima de parte
de sus aparatos de represión.
El jefe del Estado está
ambientando el regreso de ese escenario luctuoso de la Seguridad Democrática a
través de sus actos de habla cargados de un preocupante desprecio por la vida y
el uso de los cadáveres para justificar políticamente los operativos. Es un craso
error insistir en que el Estado se legitima a partir de su deshumanización como
orden establecido.
El caso del criminal conocido con
el alias de “Bendito Menor” ratifica la crueldad y la descomposición moral del
Estado. Evitar, impedir o alargar la entrega del cuerpo del bandido asesinado
por agentes estatales tal y como lo denuncian sus familiares, consolida la imagen
que del Estado está naturalizando De la Espriella: un Estado indolente que se
burla del dolor de las familias de los criminales “neutralizados”. No, así no.
Adenda: hace poco el
pastor-presidente dijo sentirse como el “papá de 53 millones de colombianos”.
Por la inmoral y pomposa exhibición de cadáveres, De la Espriella no es un
padre cualquiera. Para el caso, sería un filicida, pues ordenó el asesinato de
hijos de esta patria, así hayan estado por fuera de ley. Mi padre, con todo y
sus defectos, jamás asesinó y mucho menos ordenó una ejecución.
Imagen tomada de El Colombiano.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario