Por Germán Ayala Osorio
Ver al presidente de la República
con una pistola al cinto “patrullando” las desoladas calles de Santa Marta, sitiada
por los mafiosos de camuflado de la Sierra Nevada y “ayudando” a capturar delincuentes callejeros
en la capital del Valle, afectada por el terremoto del 10 de agosto, obliga a preguntarse
quién y para qué se gobierna realmente el país cuando el jefe de Gobierno, en
lugar de ocuparse de manera directa de los asuntos coyunturales y estratégicos que
exigen respuestas del Estado, prefiere desdibujar su condición civil y olvidarse
de atender los factores y las circunstancias objetivas y subjetivas que producen
y reproducen las dinámicas de violencia de las Autodefensas Conquistadoras de
la Sierra Nevada (o los Pachencas) y por supuesto las que convirtieron a Cali
en una ciudad en la que pululan los sicarios y el comercio de armas legales e ilegales.
En Santa Marta, La Guajira, Medellín y Cali, entre otros territorios, la
gobernanza criminal se impuso como realidad económica, social, cultural y
política, superando la legitimidad del poder tradicional.
El registro noticioso de los
operativos encabezados por el presidente de la República obedece a una muy bien
pensada estrategia de marketing político postelectoral, pero hay algo más: veo improvisación,
incapacidad para pensar sistémicamente los problemas policiales y el orden
público, así como la intención de no discutir, de cara al país, los problemas y
desafíos estructurales que sí o sí deben enfrentar juntos el Estado y la sociedad.
Hablo, por ejemplo, de los efectos ecológicos y socio ambientales del fenómeno
del Niño que, para el caso colombiano se podrían tornar aún más difíciles por la
insistencia en un modelo agro extractivo que viene sometiendo a un fuerte
estrés a valiosos ecosistemas naturales, entre estos, a las fuentes hídricas
que se secan por la intensidad del Niño, pero también por el pésimo manejo de
las cuencas y subcuencas comprometidas. Es tiempo de revisar el modelo de la
gran plantación, en particular la hegemonía de los monocultivos de la caña de
azúcar en el valle geográfico del río Cauca y la palma africana que ganan
terreno en la altillanura. Y por supuesto, la extensión del monocultivo de la
coca. Esa discusión debería de darla el jefe del Estado, en lugar de estar
jugando a las pistolitas.
El terremoto del 10 de agosto es
una oportunidad para revisar el modelo urbanístico de una ciudad como Cali que
además de segregacionista, deviene desorganizada, caótica y sin una planeación
sistémica y sostenible ecológica y ambientalmente. En ese punto, se esperaría
ver a De la Espriella sentado con las autoridades académicas y políticas
locales discutiendo un nuevo modelo de ciudad que se pueda replicar en Pereira
y otras ciudades y pueblos que resultaron afectados por el sismo. Pero no. El
presidente prefiere jugar al sheriff, en lugar de liderar procesos de
cambio y ajuste que preparen a esas ciudades y pueblos para soportar otro
terremoto de una mejor manera, pero, sobre todo, para que superen las
gobernanzas criminales que se legitimaron y se entronizaron en la administración
pública.
Más allá de los hechos de
corrupción del gobierno anterior, Gustavo Petro le propuso al país discusiones
conceptuales y académicas alrededor de temas sensibles como el modelo de
desarrollo, la importancia del agua, la conservación de la Amazonia y de las selvas
del Chocó Biogeográfico y la supervivencia de pueblos ancestrales y comunidades
y campesinas; el cambio climático y la transición energética.
Un país acostumbrado a resolver a
las malas sus diferencias y conflictos, durante cuatro años vio a un presidente
citando economistas y pensadores, confrontando a los agentes económicos y
políticos responsables en gran medida de los problemas socioambientales,
ecológicos y de planificación urbana que en perspectiva insostenible ofrecen
ciudades como Santa Marta, Cartagena, Cali, Barranquilla, Medellín y Bogotá,
entre otras más.
Hoy ese mismo país ve a un presidente como De la Espriella gritando Viva Cristo Rey, firme por la Patria,
caminando entre despojos mortales de bandidos y “patrullando” empistolado. Y
citando a Diomedes Díaz, a quien elevó a la condición de “filósofo”. El mismo
que fue procesado y condenado por el crimen de Doris Adriana Niño. ¿Habrá leído
Abelardo, por lo menos a Estanislao Zuleta?
Abelardo Gabriel de la Espriella
Otero pasó por la universidad, es egresado de la Sergio Arboleda, pero parece despreciar
las discusiones conceptuales, el pensamiento crítico e incluso los ejercicios
de prospectiva.
Una sociedad se hace inviable
cuando al momento de escoger entre un lápiz, el diálogo de saberes y un arma de
fuego, opta por esta última. Cuando el país ve por televisión al presidente de
la República “enfierrado” y gritando consignas religiosas, sus connacionales,
en particular los jóvenes estudiantes, pueden terminar minimizando e incluso despreciando
la lectura, la praxis académica, la discusión conceptual y el diseño de
categorías de análisis. Le quedan más de tres años en la presidencia. Ojalá sus
asesores y amigos más cercanos le hablen al oído a De la Espriella para ver si
le hacen entender que este país no necesita ver a un presidente jugando a ser
combatiente.
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