jueves, 24 de septiembre de 2026

UN SHERIFF EN LA CASA DE NARIÑO

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Ver al presidente de la República con una pistola al cinto “patrullando” las desoladas calles de Santa Marta, sitiada por los mafiosos de camuflado de la Sierra Nevada  y “ayudando” a capturar delincuentes callejeros en la capital del Valle, afectada por el terremoto del 10 de agosto, obliga a preguntarse quién y para qué se gobierna realmente el país cuando el jefe de Gobierno, en lugar de ocuparse de manera directa de los asuntos coyunturales y estratégicos que exigen respuestas del Estado, prefiere desdibujar su condición civil y olvidarse de atender los factores y las circunstancias objetivas y subjetivas que producen y reproducen las dinámicas de violencia de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (o los Pachencas) y por supuesto las que convirtieron a Cali en una ciudad en la que pululan los sicarios y el comercio de armas legales e ilegales. En Santa Marta, La Guajira, Medellín y Cali, entre otros territorios, la gobernanza criminal se impuso como realidad económica, social, cultural y política, superando la legitimidad del poder tradicional.

El registro noticioso de los operativos encabezados por el presidente de la República obedece a una muy bien pensada estrategia de marketing político postelectoral, pero hay algo más: veo improvisación, incapacidad para pensar sistémicamente los problemas policiales y el orden público, así como la intención de no discutir, de cara al país, los problemas y desafíos estructurales que sí o sí deben enfrentar juntos el Estado y la sociedad. Hablo, por ejemplo, de los efectos ecológicos y socio ambientales del fenómeno del Niño que, para el caso colombiano se podrían tornar aún más difíciles por la insistencia en un modelo agro extractivo que viene sometiendo a un fuerte estrés a valiosos ecosistemas naturales, entre estos, a las fuentes hídricas que se secan por la intensidad del Niño, pero también por el pésimo manejo de las cuencas y subcuencas comprometidas. Es tiempo de revisar el modelo de la gran plantación, en particular la hegemonía de los monocultivos de la caña de azúcar en el valle geográfico del río Cauca y la palma africana que ganan terreno en la altillanura. Y por supuesto, la extensión del monocultivo de la coca. Esa discusión debería de darla el jefe del Estado, en lugar de estar jugando a las pistolitas.

El terremoto del 10 de agosto es una oportunidad para revisar el modelo urbanístico de una ciudad como Cali que además de segregacionista, deviene desorganizada, caótica y sin una planeación sistémica y sostenible ecológica y ambientalmente. En ese punto, se esperaría ver a De la Espriella sentado con las autoridades académicas y políticas locales discutiendo un nuevo modelo de ciudad que se pueda replicar en Pereira y otras ciudades y pueblos que resultaron afectados por el sismo. Pero no. El presidente prefiere jugar al sheriff, en lugar de liderar procesos de cambio y ajuste que preparen a esas ciudades y pueblos para soportar otro terremoto de una mejor manera, pero, sobre todo, para que superen las gobernanzas criminales que se legitimaron y se entronizaron en la administración pública.

Más allá de los hechos de corrupción del gobierno anterior, Gustavo Petro le propuso al país discusiones conceptuales y académicas alrededor de temas sensibles como el modelo de desarrollo, la importancia del agua, la conservación de la Amazonia y de las selvas del Chocó Biogeográfico y la supervivencia de pueblos ancestrales y comunidades y campesinas; el cambio climático y la transición energética.

Un país acostumbrado a resolver a las malas sus diferencias y conflictos, durante cuatro años vio a un presidente citando economistas y pensadores, confrontando a los agentes económicos y políticos responsables en gran medida de los problemas socioambientales, ecológicos y de planificación urbana que en perspectiva insostenible ofrecen ciudades como Santa Marta, Cartagena, Cali, Barranquilla, Medellín y Bogotá, entre otras más.

Hoy ese mismo país ve a un presidente como De la Espriella gritando Viva Cristo Rey, firme por la Patria, caminando entre despojos mortales de bandidos y “patrullando” empistolado. Y citando a Diomedes Díaz, a quien elevó a la condición de “filósofo”. El mismo que fue procesado y condenado por el crimen de Doris Adriana Niño. ¿Habrá leído Abelardo, por lo menos a Estanislao Zuleta?

Abelardo Gabriel de la Espriella Otero pasó por la universidad, es egresado de la Sergio Arboleda, pero parece despreciar las discusiones conceptuales, el pensamiento crítico e incluso los ejercicios de prospectiva.

Una sociedad se hace inviable cuando al momento de escoger entre un lápiz, el diálogo de saberes y un arma de fuego, opta por esta última. Cuando el país ve por televisión al presidente de la República “enfierrado” y gritando consignas religiosas, sus connacionales, en particular los jóvenes estudiantes, pueden terminar minimizando e incluso despreciando la lectura, la praxis académica, la discusión conceptual y el diseño de categorías de análisis. Le quedan más de tres años en la presidencia. Ojalá sus asesores y amigos más cercanos le hablen al oído a De la Espriella para ver si le hacen entender que este país no necesita ver a un presidente jugando a ser combatiente.

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