Por Germán Ayala Osorio
La exposición pública de la vida
sexual del expresidente Gustavo Petro está atada a un proceso de aniquilamiento
moral del que participan la prensa hegemónica, liderada por la revista Semana y
las particulares circunstancias que ofrece una sociedad morronga, puritana, solapada,
camandulera, doble moral, machista, bochinchera, transfóbica y homofóbica como
la colombiana en la que el miembro viril (también conocido como verga, falo, polla, pájaro, chimbo, pipí, paquete o mondá) es el instrumento usado por hombres poderosos para
someter a las mujeres representadas por el grueso de la sociedad como “objetos
sexuales, cosas que se comen y territorios en disputa”.
En espacios privados y estatales
esa es una realidad: acostarse con un hombre para mantener el puesto o ascender
laboralmente es parte del paisaje. Así mismo, el acoso sexual-laboral de
hombres en posiciones privilegiadas como decanos, congresistas, rectores, o presidentes
de compañía. Es posible que mujeres accedan también por gusto o seducidas por
quien ostenta poder. “Tirarse al jefe” puede incluso ser asumido como un reto
femenino. En el caso de Petro, en su calidad de presidente de la República y ahora
en la condición de expresidente, tirárselo se entiende en dos direcciones: la
moral-mediática y la sexual.
Al principio, Petro fue señalado de
ser transexual, cacorro y maricón, “delitos” que espantaron a los sectores societales
más conservadores que aún asumen como una “enfermedad mental o desarreglo
identitario” a quienes de manera abierta se declaran y definen como homosexuales.
Eso sí, la homosexualidad femenina no se mide con el mismo rasero moral con el
que se critica a la masculina por una razón clave: ser macho en Colombia hay que demostrarlo
todos los días o por lo menos parecerlo. Es casi una obligación constitucional.
Hacen parte de esas
circunstancias que rodean a esa sociedad machista, gazmoña, morronga y
altamente sexualizada, las representaciones que de la mujer tiene Gustavo Petro
como hombre y la imagen y huella que él quiere asentar en la historia política
del país. Al parecer, le interesa que los historiadores (ras) lo recuerden como
un político que subió el salario mínimo en un 23 por ciento, intentó reformas sociales,
se enfrentó a la oligarquía y porque es un macho “que hace cosas muy buenas
en la cama”.
Como jamás sucedió en el pasado,
la cachondez del político progresista se asume como un asunto de Estado por
todo lo que representa para el país la figura presidencial– y en el mundo- en
el que todos los días hombres poderosos se enfrentan para dejar claro quién la
tiene más grande, o es más berraco, macho y valiente, lo que en el común de
la gente se traduce como un “hombre con las guevas suficientes”.
De la Espriella,
en campaña, quiso que una mujer periodista, al aire, confirmara que su “paquete”
era efectivamente grande como él cree que lo es. Una necesidad evidente de aclarar
que es un macho cabrío sobre el que también recaen dudas, a juzgar por los contenidos en redes sociales. Aunque se le fueron encima por semejante acto de
violencia, millones de mujeres votaron y lo llevaron, junto con otros millones
de bots, a la Casa de Nariño. En ese momento, la sororidad no apareció, pudo más el odio hacia Petro y lo más seguro la oportunidad de un contrato laboral sin necesidad de prestar servicios sexuales.
Insisto: es casi una obligación
constitucional para los hombres, cotidianos y con poder, demostrarse así
mismos, pero en especial a la sociedad y a sus círculos más cercanos que se es
bueno en la cama, que la tienen grande y a partir de ahí acumular el
mayor número de mujeres “pasadas por las armas”.
En el caso de Petro y de acuerdo con
Vicky Dávila, periodista conservadora, uribista y abelardista, se trataría de
más de 40 mujeres que Petró habría penetrado a cambio de contratos o a partir
de relaciones consensuadas como parece advertirse del video que circula en las
redes sociales o cloacales en el que aparecen Petro y Deicy Jiménez, su amante,
víctima y victimaria moral besándose y conversando como pareja.
En el portal La Silla Vacía se
registró el hecho noticioso, político y moral en la voz de la denunciante que, en
lugar de acudir a la Fiscalía, prefiere ir a las redes sociales y a Semana,
convertida esta última en la fina y exclusiva hoguera en la que se cocina a fuego
lento al expresidente: “Hoy publico este video como prueba de que estoy
diciendo la verdad”, dijo Jiménez desde su cuenta de Instagram, donde reveló la
grabación. “Los colombianos merecen saber quién es Gustavo Petro. Confío
en la justicia y le pido a esa justicia y al gobierno que no permita que ni a
mi familia ni a mí nos pase nada. Si algo nos llega a suceder hago responsable
a Petro”.
Por supuesto que es grave que se usen recursos públicos para transacciones sexuales encubiertas en contratos laborales. Si así sucedió, que Petro y quienes le colaboraron asuman las respectivas responsabilidades políticas y judiciales. Hasta el momento no se habló de violaciones. En este punto recuerdo que la periodista Claudia Morales le contó al país que su jefe, un hombre poderoso, la violó. Cientos de miles de colombianos están seguros de que el responsable de semejante atrocidad es un expresidente de la República. Ese execrable hecho confirma que las relaciones sexuales consensuadas o no hacen parte de las dinámicas del poder (político o económico) al que siempre estuvieron y siguen estando sometidas las mujeres en Colombia y en el mundo.
Alguien con poder político confrontó en el pasado a sus más cercanos
amigos porque “no sabían cuidar las comunicaciones”. Para el caso de Petro es claro que no supo manejar su vida
privada, lo que lo tiene al borde del más feroz y vergonzante proceso de
aniquilamiento moral. Intentan tirarse a Petro como político y al proyecto
político que representa. Ya veremos qué pesa más en este circo de país: si la
moralizante visión de Vicky y la de los sectores de la opinión que la siguen y le
creen, o si el sistema patriarcal termina por disculpar a Petro porque simplemente
actuó como se esperaba que lo hiciera: como un macho pichador.
Adenda: muchas mujeres abelardistas y uribistas que hoy critican la escandalosa y libidinosa vida sexual de Petro, apoyan al degenerado presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, un consumado pederasta. La doble moral nuevamente aparece. Son las mismas que en algún momento se sintieron atraías y seducidas por Epstein, el otro pederasta y cómplice de las violaciones de cientos de niñas en la isla aquella.

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