Por Germán Ayala Osorio
La Patria Milagro o el milagro a
secas atrajo a millones de colombianos creyentes y temerosos de Dios a votar por
el proyecto regenerador, en lo moral e ideológico, que encarna Abelardo de la
Espriella Otero, visto por muchos como la “oveja descarriada” que volvió al
rebaño (dejó de ser ateo) para entregarse en cuerpo y alma a Cristo Rey. Ese
feliz retorno al corral se asume, en esas comunidades religiosas, como un primer
milagro.
La aceptación social y política
del poderoso eslogan y visión de Estado está atada a varios factores,
sentimientos o circunstancias contextuales sobre las cuales vale la pena
discurrir en esta columna. Pueden ser más e incluso se pueden reagrupar. Estos
son: 1. El odio
a Petro. 2. El miedo al comunismo. 3. La oportunidad para excluir. 4. La
necesidad de un líder religioso. 5. La inconciencia de clase
y 6. Los excesos de la democracia liberal. Empecemos con el número 1.
El constante hostigamiento de las
grandes empresas mediáticas hacia el entonces presidente de la República y al hombre que
estaba detrás de esa dignidad dio vida a lo que los estudiosos de la comunicación
de masas reconocen como los “efectos sociales de los media”. Efectivamente, se
generó tal nivel de animadversión hacia Gustavo Petro que votar por cualquiera
que pudiera vencerlo e incluso ofreciera encarcelarlo se entendió como una
esperanza casi bíblica en quienes llegaron a las urnas convencidos de que el otrora ateo era
lo mejor para ellos y el país. Incluso en peleas de pareja el apellido Petro
fue usado como adjetivo para descalificar: “sos tan mentiroso(a) como Petro” escuché
un par de veces.
Sigamos con el segundo. A pesar
de las evidencias cotidianas, incluso registradas en los propios medios de
información masivos, que demostraban que no había llegado el comunismo o el
socialismo a Colombia de la mano de Petro, en las calles, en redes sociales y en
espacios institucionales, privados y públicos, el “coco” del comunismo-neocomunismo-socialismo
seguía intimidando a ciudadanos pobres y de clase media. Incluso, gente formada
y estructurada entró en el pánico generalizado que producía la presencia fantasmal
del “comunismo”.
Pasemos al factor número tres. La
sociedad colombiana se caracteriza por ser goda, clasista, gazmoña, camandulera,
doble moral, racista y aporofóbica. La narrativa a la que apeló el progresismo
para develar esas condiciones propias de una sociedad premoderna e incivilizada
generó el efecto contrario: en lugar de avergonzar a los clasistas, aporofóbicos,
camanduleros y racistas, ese discurso reivindicativo en favor de los más pobres
y vulnerables le abrió las puertas a De la Espriella, el típico “levantado” que
desprecia la vida de todos aquellos que no tienen cómo exhibir “clase, poder, mujeres,
ropa fina y buen gusto”. Se trata, por supuesto, de una estrategia con la que
se pretende ocultar un evidente proceso de deshumanización y del padecimiento
del efecto Macbeth.
El sueño de tener a un líder
religioso en la Casa de Nariño se cumplió para los fanáticos religiosos que,
con Biblia en mano, llevaban años esperando ese momento divino para dejar salir
su desprecio por las conquistas liberales expresadas en los derechos y la visibilidad
de las perseguidas vidas de los miembros de la población LGTBIQ+. Las apuestas del
movimiento feminista también entraron en el radar despreciativo de los llamados
“Provida”, que se oponen a la despenalización del aborto y ven con ojos
pecaminosos a las mujeres que se niegan a la maternidad. De la Espriella Otero
repartió Biblias a sus ministros como un gesto incontrastable de su reconversión,
de su voluntad por borrar el carácter laico del Estado y por supuesto de su
decisión de dar la “batalla cultural” que nos devuelva a las cavernas aquellas
en las que se levantaron nuestras abuelas y madres. Mujeres prácticamente obligadas a tener 10, 12 o más hijos para satisfacer las arrecheras de sus maridos y da cuenta de la obediencia a la iglesia católica que les decía todos los domingos que Dios les dio la obligación de procrear.
El quinto elemento se mueve entre
la cultura y la política. Millones de colombianos que “lograron salir adelante”
(estudiaron, tienen casa propia y viven de un salario) se olvidaron de sus
raíces campesinas y de las dificultades estructurales con las que lidiaron sus
padres para poder darles una vida mejor. La esperada conciencia de clase se difuminó
con el paso del tiempo, acompasada esa negación-desaparición en la inclusión en
grupos sociales en los que por supuesto lo primero que se niega es el origen de
clase, de dónde se viene. Por eso les resulta tan fácil odiar a los pobres, votar por los hijos y
amigos de los responsables históricos de las difíciles condiciones de cientos
de miles familias que en el pasado y aún hoy luchan para sacar adelante a sus
hijos.
Y por último el sexto factor bien
podría servir de gran contenedor en el que es posible guardar los cinco
anteriores: los excesos de la democracia liberal. Asuntos como los derechos y
libertades ciudadanas, asumidas por los sectores conservadores y godos que acompañan
a De la Espriella en su falsa p ero efectista cruzada moral, vienen siendo asumidos como un
riesgo para la vida religiosa y contemplativa y claro, para las élites premodernas,
terratenientes y laboralmente explotadoras que se oponen al reconocimiento de
derechos y libertades. La democracia en sí misma, para esos sectores societales,
constituye un mal superior para quienes asumen que el poder y la cultura hegemónica
están legitimados por los valores cristianos de sus más visibles y poderosos
agentes: son altruistas, generosos; generan empleo y eso de exigir derechos constituye
un desagradecimiento de parte de los empleados. No importa cómo consiguieron
sus fortunas, es la “gente
de bien”.
Después de un mes
en el poder ya una parte de la sociedad, quizás la mejor formada en pensamiento
crítico y comprensión lectora, es consciente de los riesgos que trae la
consolidación de un régimen de mano dura y regenerador moral e ideológico como
el de Abelardo de la Espriella Otero, el pastor-presidente que a petición de
casi 13 millones de creyentes, el Señor Jesucristo les hizo el milagro de sentarlo
en el itinerante solio de Bolívar.