sábado, 12 de septiembre de 2026

LAS CLAVES DE LA PATRIA MILAGRO


Por Germán Ayala Osorio

 

La Patria Milagro o el milagro a secas atrajo a millones de colombianos creyentes y temerosos de Dios a votar por el proyecto regenerador, en lo moral e ideológico, que encarna Abelardo de la Espriella Otero, visto por muchos como la “oveja descarriada” que volvió al rebaño (dejó de ser ateo) para entregarse en cuerpo y alma a Cristo Rey. Ese feliz retorno al corral se asume, en esas comunidades religiosas, como un primer milagro.

La aceptación social y política del poderoso eslogan y visión de Estado está atada a varios factores, sentimientos o circunstancias contextuales sobre las cuales vale la pena discurrir en esta columna. Pueden ser más e incluso se pueden reagrupar. Estos son: 1. El odio a Petro. 2. El miedo al comunismo. 3. La oportunidad para excluir. 4. La necesidad de un líder religioso. 5. La inconciencia de clase y 6. Los excesos de la democracia liberal. Empecemos con el número 1.

El constante hostigamiento de las grandes empresas mediáticas hacia el entonces presidente de la República y al hombre que estaba detrás de esa dignidad dio vida a lo que los estudiosos de la comunicación de masas reconocen como los “efectos sociales de los media”. Efectivamente, se generó tal nivel de animadversión hacia Gustavo Petro que votar por cualquiera que pudiera vencerlo e incluso ofreciera encarcelarlo se entendió como una esperanza casi bíblica en quienes llegaron a las urnas convencidos de que el otrora ateo era lo mejor para ellos y el país. Incluso en peleas de pareja el apellido Petro fue usado como adjetivo para descalificar: “sos tan mentiroso(a) como Petro” escuché un par de veces.

Sigamos con el segundo. A pesar de las evidencias cotidianas, incluso registradas en los propios medios de información masivos, que demostraban que no había llegado el comunismo o el socialismo a Colombia de la mano de Petro, en las calles, en redes sociales y en espacios institucionales, privados y públicos, el “coco” del comunismo-neocomunismo-socialismo seguía intimidando a ciudadanos pobres y de clase media. Incluso, gente formada y estructurada entró en el pánico generalizado que producía la presencia fantasmal del “comunismo”.

Pasemos al factor número tres. La sociedad colombiana se caracteriza por ser goda, clasista, gazmoña, camandulera, doble moral, racista y aporofóbica. La narrativa a la que apeló el progresismo para develar esas condiciones propias de una sociedad premoderna e incivilizada generó el efecto contrario: en lugar de avergonzar a los clasistas, aporofóbicos, camanduleros y racistas, ese discurso reivindicativo en favor de los más pobres y vulnerables le abrió las puertas a De la Espriella, el típico “levantado” que desprecia la vida de todos aquellos que no tienen cómo exhibir “clase, poder, mujeres, ropa fina y buen gusto”. Se trata, por supuesto, de una estrategia con la que se pretende ocultar un evidente proceso de deshumanización y del padecimiento del efecto Macbeth.

El sueño de tener a un líder religioso en la Casa de Nariño se cumplió para los fanáticos religiosos que, con Biblia en mano, llevaban años esperando ese momento divino para dejar salir su desprecio por las conquistas liberales expresadas en los derechos y la visibilidad de las perseguidas vidas de los miembros de la población LGTBIQ+. Las apuestas del movimiento feminista también entraron en el radar despreciativo de los llamados “Provida”, que se oponen a la despenalización del aborto y ven con ojos pecaminosos a las mujeres que se niegan a la maternidad. De la Espriella Otero repartió Biblias a sus ministros como un gesto incontrastable de su reconversión, de su voluntad por borrar el carácter laico del Estado y por supuesto de su decisión de dar la “batalla cultural” que nos devuelva a las cavernas aquellas en las que se levantaron nuestras abuelas y madres. Mujeres prácticamente obligadas a tener 10, 12 o más hijos para satisfacer las arrecheras de sus maridos y da cuenta de la obediencia a la iglesia católica que les decía todos los domingos que Dios les dio la obligación de procrear. 

El quinto elemento se mueve entre la cultura y la política. Millones de colombianos que “lograron salir adelante” (estudiaron, tienen casa propia y viven de un salario) se olvidaron de sus raíces campesinas y de las dificultades estructurales con las que lidiaron sus padres para poder darles una vida mejor. La esperada conciencia de clase se difuminó con el paso del tiempo, acompasada esa negación-desaparición en la inclusión en grupos sociales en los que por supuesto lo primero que se niega es el origen de clase, de dónde se viene. Por eso les resulta tan fácil odiar a los pobres, votar por los hijos y amigos de los responsables históricos de las difíciles condiciones de cientos de miles familias que en el pasado y aún hoy luchan para sacar adelante a sus hijos.

Y por último el sexto factor bien podría servir de gran contenedor en el que es posible guardar los cinco anteriores: los excesos de la democracia liberal. Asuntos como los derechos y libertades ciudadanas, asumidas por los sectores conservadores y godos que acompañan a De la Espriella en su falsa p ero efectista cruzada moral, vienen siendo asumidos como un riesgo para la vida religiosa y contemplativa y claro, para las élites premodernas, terratenientes y laboralmente explotadoras que se oponen al reconocimiento de derechos y libertades. La democracia en sí misma, para esos sectores societales, constituye un mal superior para quienes asumen que el poder y la cultura hegemónica están legitimados por los valores cristianos de sus más visibles y poderosos agentes: son altruistas, generosos; generan empleo y eso de exigir derechos constituye un desagradecimiento de parte de los empleados. No importa cómo consiguieron sus fortunas, es la “gente de bien”.

Después de un mes en el poder ya una parte de la sociedad, quizás la mejor formada en pensamiento crítico y comprensión lectora, es consciente de los riesgos que trae la consolidación de un régimen de mano dura y regenerador moral e ideológico como el de Abelardo de la Espriella Otero, el pastor-presidente que a petición de casi 13 millones de creyentes, el Señor Jesucristo les hizo el milagro de sentarlo en el itinerante solio de Bolívar.

 

 

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