Por Germán Ayala Osorio
El machismo, la patanería y la
misoginia de Abelardo de la Espriella me hizo recordar mi paso por el Ejército
nacional como soldado bachiller. Su visible obsesión por demostrar que es un “macho
que la tiene grande” me llevó a encontrar conexiones con aquello de
“ser costeño”. Es tal su preocupación que puso en calzas prietas a una
periodista a quien le compartió una fotografía en la que al parecer se le nota “el
bulto”. Episodio que se hizo viral.
Perteneciente al 4to contingente
de 1983, serví a la Patria en dos instalaciones militares: inicialmente y por
cuatro meses, en el Batallón Juan José Rondón (La Guajira); y los restantes ocho
meses en el Batallón de Servicios Número 2 (Baser 2) ubicado en la ciudad de
Barranquilla.
Al oficial responsable del reclutamiento
le pareció “interesante” revolver muchachos caleños (varios menores de edad,
entre estos, yo) de clase media baja, con remisos costeños que ya eran padres
de familia. Sus edades oscilaban entre los 24 y los 34 años. Muchos de aquellos
venían de zonas como Cereté (Montería), María La Baja (Bolívar) y Tolú (Sucre),
entre otros territorios de la costa Caribe. Se trataba de hombres “básicos”,
con una empobrecida base cultural que los acercaba a comportamientos
primitivos.
Por supuesto que en un ambiente militar
el discurso machista afloraba con naturalidad. Entonces, apareció el tema de las
relaciones amorosas con las burras que se le endilgan de tiempo atrás a
los costeños de la costa Caribe. Nadie hablaba de zoofilia. Y es en
este punto en donde nos conectamos con el anuncio de Abelardo de la Espriella: “tengo
un gran pene”, quiso gritar el aspirante a llegar al Solio de
Bolívar en su asqueante encuentro con periodistas (hombres) del programa Piso 8,
que validaron la patanería del candidato presidencial y permitieron que De la Espriella intimidara y violentara a la colega insistiéndole que bajara la mirada hasta el "bulto".
Los reclutas remisos de aquella época
se jactaban de lo mismo. No se trata de un determinismo regional (cultural) por
aquello de ser costeños, pero llama la atención que a pesar de haber estudiado derecho
y filosofía del derecho, De la Espriella se parece mucho a los premodernos y
machistas hombres con los que compartí mi servicio militar.
En las reyertas discursivas entre
caleños y costeños, en aquel hostil ambiente castrense de los años 80 apareció
el asunto que hoy ocupa a feministas que rechazaron con vehemencia el
comportamiento misógino y vulgar del perfumado abogado penalista: el tamaño
de la verga, la mondá, pipí, pájaro o el pene, necesario para poder tener
relaciones con “María casquitos” (es decir, las burras) y por supuesto para
satisfacer a las mujeres. Los viejos remisos hablaban con orgullo de sus aventuras
zoofílicas que los convertían en verdaderos sementales. ¿Será que Abelardo, el
Gran Varón, es un semental?
Abelardo de la Espriella fue
criado en Montería (Córdoba). Es decir, es “costeño” y habla como tal. Por ello resulta curioso
que el candidato de la ultraderecha y del uribismo no hable de mondá, sino de
pene. Habría que esperar una segunda entrevista con la periodista María Lucía Fernández
para que la aplomada presentadora le pregunte si ha tenido relaciones con alguna
representante del gremio de “María casquitos”. Huelga recordar que Fernández incomodó
a alias “Papucho” en reciente diálogo en las instalaciones de Caracol Noticias cuando
le recordó su tristemente célebre frase “la ética no tiene nada que ver con
el derecho”.
Esa preocupación masculina por el
tamaño del miembro viril está asociada al sistema patriarcal, a los miedos masculinos
y al machismo derivado de una cultura dominante en la que la mujer suele ser
vista como un objeto sexual pasivo y su cuerpo un territorio que puede ser
conquistado, intervenido y sometido en cualquier momento. La publicidad sexista
tiene algo o mucho de responsabilidad en las maneras como los colombianos nos
representamos a la Mujer.
Dejemos atrás mi pasado como
soldado y recordemos la frase del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal cuando
resultó electo gobernador del Valle del Cauca: “no voy a gobernar con el
culo sino con la cabeza”, espetó el autor de Cóndores no entierran todos
los días, ante las reacciones homofóbicas de sus detractores que vieron
como inmoral que un declarado homosexual llegara al poder regional.
Si el escritor vallecaucano al
parecer gobernó con la cabeza y no con el culo, es apenas lógico preguntarle a
alias Papucho si en caso de llegar a la Casa de Nariño gobernará con su “enorme
pene” o con la cabeza. Para el caso y a juzgar por sus discursos públicos al
parecer el país no podrá esperar mucho de Abelardo de la Espriella en lo que
respecta a la discusión sesuda de asuntos públicos. De la Espriella es igual de
básico, vulgar, primitivo y premoderno a los remisos viejos a los que hago
referencia en esta columna, los mismos que se jactaban de “haber comido” burras
durante su adolescencia. Si aún viven, lo más probable es que griten “solo
De la Espriella con esa mondá”.
Adenda: el presidente
Petro, nacido en Ciénaga de Oro (Córdoba) dejó salir eso de “ser costeño o
cordobés”: “No me interesa qué hizo el señor Trump en la cama. Ni le
preguntaré. Ni a ningún periodista chismoso le debe interesar qué hago yo en
la cama. Hago cosas muy buenas y pienso. Y nadie se olvidará de
mí porque seré inolvidable ahí”.