Por Germán Ayala Osorio
Hay consenso social alrededor de
que la corrupción público-privada deviene en una tara civilizatoria difícil de
superar en Colombia justamente porque las prácticas corruptas son la expresión
de un ethos mafioso que todos internalizamos. De allí que proponer “acabarla
o reducirla a sus justas proporciones” hace parte del juego retórico de
los candidatos presidenciales que, en viajes de superioridad moral, ofrecen
superar una tara que es funcional a los modelos social, político y económico,
de allí la dificultad para superarla, acabarla o reducirla. Habrá corrupción
por siempre en Colombia.
Sergio Fajardo Valderrama es muy
dado a darse esos viajes de superioridad moral. En lo corrido de la actual
campaña se presenta como la solución a los problemas del país. Para superar la polarización
y a los extremos, el matemático y profesor es la solución. Eso sí, jamás
explicó cómo lo haría.
Y para “acabar con la corrupción”,
Fajardo viajó al pasado para “robarle” a Regina 11 el símbolo anticorrupción:
la escoba, con la que aquella peculiar candidata quiso “barrer a los corruptos”
y con ellos a las prácticas mafiosas. El país aún se ríe de las ocurrencias de
Regina Betancourt de Liska, más conocida como Regina 11; y ya se escuchan las
carcajadas de millones de colombianos que disfrutan de las ocurrencias de un
profesor universitario con una evidente atrofia para crear símbolos con fuerza
de recordación.
En su afán de tomar distancia del
ridículo imaginario que se construyó alrededor de la escoba de Regina 11,
Sergio Fajardo señaló que su colorida escoba representa “el poder de los que
no tienen poder”. En términos progresistas, el exalcalde de Medellín parece
estarse refiriendo a otros “nadies”, que cree posible empoderar con el uso de una
insulsa barredera. Ahí está pintado Fajardo.
La idea de “limpiar” y “barrer la
corrupción” parte de un error conceptual: reduce la complejidad que acompaña la
operación del ethos mafioso al acto de barrer, cuando no ofrece atacar el
origen de las prácticas corruptas: el Establecimiento es corrupto y necesita de
la corrupción para mantenerse. La escoba de Fajardo, por ejemplo, jamás se
usaría para barrer las inmundicias de las EPS por una razón: el candidato presidencial
es un defensor a ultranza del sistema de salud cuyo espíritu corporativo
facilitó las decisiones de las juntas directivas de varias de esas entidades
que terminaron con la desviación de billonarios recursos.
La escoba de Fajardo no será
jamás un símbolo con sentido de realidad porque él mismo es selectivo en la
identificación de los problemas del país y cosmético en el planteamiento de soluciones.
Definitivamente, Fajardo, siendo Fajardo.
Imagen tomada de Infobae