Por Germán Ayala Osorio
El sistema patriarcal y el
machismo tienen en la Política- sí, con mayúscula- al mejor escenario para mantenerse,
extenderse en el tiempo y reproducir las narrativas y lógicas de dominación
sobre la mujer y los ecosistemas naturales, formas de violencia simbólica y
física esenciales en eso de ser hombre. Baste con mirar la historia de las
civilizaciones, el actual modelo de desarrollo extractivo y la experiencia
misma de la colonización antioqueña para comprender la fuerza de ese sistema y
de todo lo que se deriva de su operación.
Los presidentes de la República,
todos hombres para el caso colombiano, confirman que la Política es el escenario
en el que se reproducen taras civilizatorias como el racismo, el clasismo y por
supuesto el machismo que convierte a los políticos en hombres interesantes, deseados,
irremplazables y definitivos para otros hombres y para mujeres, todos y todas
dispuestas y capaces de hacer todo- y
todo es todo- con tal de vivir de la política, esto es, enriquecerse,
alcanzar visibilidad, reconocimiento y un lugar en la historia.
Quienes logran llegar al máximo
poder político- la presidencia de la República- suelen convertirse en caudillos
y en Mesías. A otros, por supuesto, solo les interesó llegar para cumplir las
tareas que les impusieron otros hombres que los sentaron en el Solio de Bolívar
para que fueran sus sirvientes: Iván
Duque es el ejemplo más reciente, aunque todos de una y otra manera terminan
hincándose al poder bien sea de banqueros, contratistas e incluso de mafiosos. Negocios
y cosas de machos. No en vano la escritora Carolina Sanín habla del “cacorraje
nacional” en detrimento del surgimiento de los liderazgos femeninos.
Otros buscaron llegar a la Casa
de Nariño porque así lo ordenaba la tradición familiar: es el caso de Juan Manuel
Santos, un “delfín” que sí o sí debía ser presidente. El caso de Vargas Lleras,
nieto de presidente, resulta emblemático porque tuvo todo para llegar a la casa
de gobierno, pero su nulo carisma, su rostro adusto, su clasismo y aporofobia
le impidieron alcanzar la “gloria”. Por ahí andan unos “delfines” a más de 2600
metros sobre el nivel del mar, a los que muy probablemente les pasará lo mismo
que le sucedió a Germán Vargas Lleras.
Otros llegaron extraviados, como
es el caso del poeta Belisario Betancur
Cuartas, un mandatario pusilánime que dejó de gobernar por un poco más de 48
horas: la tropera cúpula militar de la época le dio el mini golpe para retomar
el Palacio de Justicia tomado a sangre y fuego por un piquete del M-19. Los
uniformados no recuperaron el edificio porque lo quemaron y tampoco defendieron
la democracia como creyó que lo estaba haciendo el coronel y caballero Alfonso
Plazas Vega. Lo de caballero es porque era del arma de la Caballería. Muy
cerca de ese momento histórico atado a la constitución de 1886 está la figura
de Julio César Turbay
Ayala, cuya presidencia se recuerda como violenta por la aplicación del
Estatuto de Seguridad y la violación de los derechos humanos. Llegó al poder
para dar rienda suelta a su incontrolable cachondez: se cree que venía a Cali a
participar de bacanales con sus amigos los narcos.
El punto delirante llega cuando
se vuelven caudillos, se sienten Mesías e incluso amanecen un día sintiéndose como
los “papás” de los colombianos. Hay dos casos para citar: Álvaro
Uribe Vélez y recientemente Abelardo de la Espriella
Otero.
El primero, en su Manifiesto
Democrático, los 100 puntos de Uribe dejó clarísimo cómo se veía frente al
pueblo colombiano: “Aspiro a ser presidente sin vanidad de poder. La vida
sabiamente la marchita con las dificultades y atentados. Miro a mis
compatriotas hoy más con ojos de padre de familia que de político.
Aspiro a ser presidente para jugarme los años que Dios me depare en la tarea
de ayudar a entregar una Nación mejor a quienes vienen detrás. No quiero morir con
la vergüenza de no dar hasta la última lucha para que mi generación pueda tranquilamente
esperar el juicio de la historia”.
De la Espriella Otero no lo dejó
consignado en un manifiesto y mucho menos en su escueto programa de gobierno de
tres páginas. Lo dijo en Cali, dieciocho días después del terremoto que en
particular afectó a la capital del Valle del Cauca. Dijo sentirse el “papá”
de 53 millones colombianos. Qué locura tener un padre como De la
Espriella.
Antes de la llegada de ADLA a la
Casa de Nariño hay que referirse a Gustavo Petro Urrego, un huésped inesperado
para la élite tradicional-hombres poderosos- que jamás imaginó que un
exguerrillero se colgara la banda presidencial. Con Petro, llegó el populismo
de izquierda, en contraste con el más grande populista de la derecha: Álvaro
Uribe Vélez.
Petro será recordado por haber
bajado la pobreza estructural, subir el salario mínimo y dignificar así la vida
de millones de trabajadores y tratar de proteger los ecosistemas naturales, entre
otros logros. Pero también será recordado por los escándalos de corrupción, por
su debilidad ante la belleza femenina y comentarios sexualizados como el de “acompasar
el clítoris y el cerebro” y su auto referencia a que “hace cosas muy
buenas en la cama”.
La prensa hegemónica que lo hostigó
durante los cuatro años le está sacando en cara la existencia de un grupo de Mariposas
Amarillas, esto es, una red de mujeres esbeltas, hermosas y jóvenes que se
habrían beneficiado de millonarios contratos. Lo de las Mariposas Amarillas
despertó enfrentamientos entre mujeres y hombres en las redes sociales alrededor
del empoderamiento de esas jóvenes y hermosas mujeres, frente a otras que, en
alejados territorios, dieron la vida por defender las banderas del Pacto Histórico.
Es en este punto en el que de detengo para atar el ejercicio del poder político
y la Política con el sistema patriarcal y el machismo y lo que llamo la más
grande trampa tendida a las mujeres por ocultos “agentes” patriarcales: las cirugías
estéticas asumidas por muchas mujeres como el mecanismo para entrar al círculo
de poder de hombres poderosos, incluido por supuesto el presidente de la República;
y entendidas por los políticos como la oportunidad única de exhibir, como
objetos, perfectos cuerpos femeninos esculpidos por cirujanos (hombres) que encontraron en las inseguridades
de un importante número de mujeres y en el exacerbado machismo una mina de oro
al parecer inagotable.
Una de las más mediáticas de esas
mujeres que la prensa incluyó en el pequeño grupo de las Mariposas Amarillas
enfrenta en la red X críticas por su constante exhibición de sus
atributos físicos y su cercanía política al expresidente Petro. Incluso, pareciera
fungir como vocera del Pacto Histórico.
Recojo lo dicho por una tuitera que la confrontó: “…una cosa es disfrutar la
vida privada y otra muy distinta convertir la exhibición permanente del
lujo, las cirugías y el estatus en una especie de performance, mientras
alrededor suyo hay personas que llevan años dejándose la piel en las causas
progresistas sin haber tenido nunca acceso a esos espacios de poder y
reconocimiento… Porque si alguien recibe una visibilidad
extraordinaria gracias a su cercanía con el poder, tiene derecho a disfrutarla,
por supuesto, pero también debería preguntarse qué comunica y qué significa esa
exhibición para quienes la observan”.
En medio de la sobreexposición individual, narcisista y egocéntrica de las redes sociales, hombres y mujeres reproducen juntos lo que tanto daños les hace a las segundas. Justamente esas son las circunstancias que ayudan a que el sistema patriarcal se mantenga en pie y el machismo siga siendo minimizado por las mujeres que por cuenta propia aceptan ser miradas como objetos sexuales, como territorios en disputa.