Por Germán Ayala Osorio
Desfilar en medio de 23 bolsas blancas
con cadáveres en su interior, como lo hizo el pastor-presidente, hace parte del
cruel y obsceno espectáculo que en adelante se convertirá la lucha contra las estructuras
narco criminales que aún insisten en llamarse “guerrillas” en el marco de un
conflicto armado degradado. Con ese corto pero significativo desfile necro
político, Abelardo de la Espriella le apunta a superar en sadismo a lo que vivimos
durante los tiempos de la Seguridad
Democrática (2002-2010).
Si bien las imágenes de televisión
no hacen parte constitutiva de un proyecto de tanatoturismo o necroturismo, sí
sirven para recrear la idea de que hay un presidente- un verdadero comandante
en jefe- decidido a acabar con todos los bandidos, así sean menores de edad. Pacificar
al país a las malas es el sueño erótico y ético-político de la derecha. Tanto
así, que al general Rito Alejo del Río lo llamaron el “pacificador de Urabá” en
los tiempos en los que Uribe dormía en bases militares para exigir “más y mejores
resultados operacionales”. Al final, fue tanta la presión de ese fiero
comandante supremo, que los mismos héroes militares que combatieron a los
terroristas, asesinaron a 7.837
civiles a los que hicieron pasar como guerrilleros caídos en combate. La prensa
y la narrativa oficial hablan de “falsos positivos”, eufemismo con el que se
oculta una realidad incontrastable e inmoral: se trata de crímenes de Estado,
de lesa humanidad. Los militares que perpetraron esos crímenes dejaron de pensar
y monetizaron la vida de los jóvenes caídos. ¿Volverán los “falsos positivos”?
Aunque el presidente De la Espriella y la prensa
hablan de “dar de baja”, en realidad estamos frente a asesinatos producidos en
el contexto de un bombardeo en el que también cayeron tres menores de edad. En
el lenguaje de la guerra que comparten “guerrilleros” y las fuerzas estatales deshumanizar
al enemigo será siempre el objetivo. Unos y otros se llaman “cerdos”,
animalización que les facilita darle manejo a la pesada carga moral que supone
lleva quien asesina y descuartiza a otro ser humano. Cuando los guerreros, legales e ilegales, gritan avanzar, la humanidad retrocede.
De ahí que exhibir en bolsas- así
sean blancas- los cadáveres mutilados de los narcoterroristas que cayeron en el
bombardeo no minimiza la intención de validar la narrativa que indica que lo
que hay en las bolsas son despojos, carne calcinada y finalmente, basura. Imagino
que en este punto algún lector dirá, para confirmar, que efectivamente los
terroristas son excrementos, pedazos de carne o inmundicias. Ese relato se ha
naturalizado en Colombia y tiene un inicio: calificar como desechables a los habitantes
de calle. Sin duda alguna, una patadita- y no de la buena suerte- al sentido de humanidad.
No se trata de defender la “naturaleza”
política de los “guerrilleros” y mucho menos sus acciones terroristas, simplemente
señalo que no es necesario convertir sus muertes en trofeos y por esa vía
contribuir al viejo proceso de heroización de quienes los despedazaron en
nombre de la ley, de los “buenos somos más” y de la legitimidad de un Estado
que, para el caso, poco o nada hizo para que los menores asesinados no fueran
reclutados por los criminales al mando de alias Iván Mordisco. Y mucho menos
hizo cuando las entonces Farc-Ep
reclutaron de manera forzada a 18.667
menores de edad, a los que convirtieron en “máquinas de guerra”. ¿En dónde
estaba el Estado? Ah, verdad que solo hay Estado en las grandes ciudades.
El nombre de la operación militar
en la que el Ejército colombiano abatió a los 23 narcoterroristas que
emocionaron en grado máximo a De la Espriella, confirma que todo lo que hace y
en adelante hará el gobierno del presidente-pastor está fundado en la Biblia o
hace parte de los relatos que se conocen de ese mega relato. La llamó operación
Azarías. En una rápida búsqueda en internet, se lee que fue “…hijo de
Amasías y que comenzó a reinar en Judá a los dieciséis años y gobernó
durante cincuenta y dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jecolías.
Fue considerado un rey que agradó al Señor, aunque no eliminó los
santuarios de las colinas donde el pueblo ofrecía sacrificios, lo que provocó
que Dios lo castigara con lepra, obligándolo a vivir aislado hasta su muerte”.
Aunque De la Espriella fue
elegido para gobernar cuatro años, la continuidad de esos resultados militares,
su exaltación mediática, a lo que hay sumar los tempranos resultados que ya va
arrojando la “batalla cultural”, pueden llevar a que sus aúlicos en el Congreso
y varios hijos de la élite empresarial y política propongan una reforma
constitucional que le asegure un periodo más o hasta lograr los 12 años en la Casa
de Nariño que buscó desesperadamente quedarse Uribe Vélez. No podemos descartar
que De la Espriella le diga al país, en unos años, en medio de un desfile entre
cadáveres, que el Señor le habló y le ordenó continuar “limpiando” al país de
terroristas, aunque los Señores de la Guerra criollos sigan incólumes enriqueciéndose
con el negocio de la guerra. También corre el riesgo de que el mismo Señor lo
castigue a vivir aislado y con lepra. No sabemos qué tan lejos está Abelardo de
ser nuestro propio Azarías.
Adenda: el saludo militar- ridiculizado al máximo- por Abelardo y vestirse de verde oliva lo va acercando peligrosamente al perfil de dictadorzuelo de Nicolás Maduro Moros e incluso, del propio Fidel Castro Ruz. Cuidado.