Por Germán Ayala Osorio
El gobierno entrante de Abelardo
de la Espriella Otero dejó claro desde la campaña que no habrá mesas de diálogo
con los grupos armados ilegales, a los que les dio un mes de plazo para
someterse a la justicia. Se trata de una legítima decisión político-militar del
nuevo presidente de la República muy atada a los intereses de latifundistas y
ganaderos que llegarían a recuperar tierras o a apropiarse de las que abandonen
comunidades rurales y campesinas, por efectos del recrudecimiento de las
hostilidades por el paso de la fallida Paz Total, a la guerra total; en ese escenario
habría masivos desplazamientos forzados de campesinos. Ya veremos hacia dónde
lo llevan las acciones criminales de las disidencias farianas, el clan del
Golfo y el ELN.
En donde sí parece que se va a necesitar
una mesa de diálogo con urgencia es entre las principales figuras de la oposición
petrista y el presidente De la Espriella. Entre Petro y el primer presidente
therian que se sentará en el Solio de Bolívar. El problema es que hasta el
momento nadie se ofreció para acercar a las partes. Mientras tanto, la prensa
hegemónica-hoy abelardista- continúa azuzando los enfrentamientos con sesgados tratamientos
periodísticos que dan cuenta de que tomaron partido y por cuatro años defenderán
al gobierno de Abelardo de la Espriella.
Si bien los ataques entre las
huestes petristas y abelardistas aún no se traducen en reyertas callejeras, a
nivel de redes sociales y en la vida política de la capital los niveles de crispación
y odio crecen con el paso de los días. De continuar así el cruce de improperios
y mutuas descalificaciones, la transición del mando el 7 de agosto será una
ceremonia cargada de símbolos negativos atados a la violencia discursiva
(simbólica) que viene desde la campaña presidencial.
El pesado ambiente vivido en la
transición del poder del entonces subpresidente Iván Duque Márquez al presidente
Gustavo Petro se superaría con creces si entre las partes no asumen posturas
civilizadas y republicanas que le manden al dividido país mensajes de tranquilidad.
El ambiente está más que caldeado
en Bogotá por cuenta de las denuncias- al parecer con evidencias- del presidente
Petro con las que probaría que efectivamente hubo fraude electoral. El presidente es Iván Cepeda, espetó el
presidente saliente. En su cuenta de X dijo: “Nosotros tenemos
toda la información sobre desde que servidor IP situado en los Ángeles,
California, de propiedad de los hermanos Bautista, integrado a la operación de
escrutinios se utilizaron algoritmos que variaron la votación sustancialmente a
favor de Abelardo, los algoritmos que viciaron el resultado
electoral se usaban con el censo electoral de los que nunca votan para ser
reemplazados por votantes que podían hacerlo varias veces o sin votantes en las
mesas de jurados homogéneos”.
Como consecuencia de lo dicho por
Petro, De la Espriella ordenó a su vicepresidente- que viene actuando como si
fuera el nuevo jefe del Estado- suspender las actividades del accidentado
empalme, convertido en un tira y afloje entre las mesnadas que los mandatarios
saliente y entrante representan.
Así las cosas, ni los buenos
oficios y exhortaciones a la calma de obispos, de los expresidentes, eventuales
comisiones de sabios que reaparezcan con espíritu pacificador y mucho menos los
llamados a superar las mutuas animadversiones servirían para que haya paz
política en el país.
Lo más recomendable es que De la
Espriella Otero renuncie a la ciudadanía gringa y abandone la pretensión de juzgar
en Colombia y extraditar hacia los Estados Unidos al expresidente Petro. Eso
ayudaría a bajar los ánimos. Y del lado
de Petro y sus huestes que se deje de lado la narrativa con la que deslegitima la
pírrica victoria de la ultraderecha ese fatídico 21 de junio. Si le metieron la
mano o no a las elecciones, por el bien del país, hay que aceptar y permitir
que De la Espriella asuma el poder político y militar sobre la Nación. Hay una
tarea política por emprender: vigilar de cerca hacia dónde intentará llevar el país
el nuevo jefe del Estado; cuestionar y denunciar arbitrariedades y delitos
cuando se presenten.
Estamos, quizás, ante la más
grande ruptura y distanciamiento político, ideológico, moral y ético-político entre
dos disímiles visiones de país, que podría superar a la que vivió el país durante
los enfrentamientos entre Liberales y Conservadores. Y el detonante de un nuevo
Bogotazo podría ser el juzgamiento político y extradición de Petro a los
Estados Unidos. Todos están jugando con candela. ¡Una mesa de diálogo ya!