Por Germán Ayala Osorio
El triunfo electoral y político
de la ultraderecha que encarna Abelardo, el actor-presidente, abre el camino
para que se consoliden o se repotencien en el país, como prácticas cotidianas
difíciles de superar, el altruicidio y la adiaforización. El real riesgo
es que el país las reclame como propias para hacerlas parte del conjunto de
taras civilizatorias con las que ya nos ganamos el vergonzante lugar de una
sociedad premoderna, poco democrática, retrograda y violenta.
El primer concepto, propuesto por
Mbembe (2016) se entiende como una actitud proclive a ver al otro como un
peligro inminente, del que debo cuidarme. Es una negación del otro
en tanto que lo descifro como un riesgo. Si lo examinamos a la luz de
nuestra realidad jurídico-política y el ya naturalizado doble rasero moral, es
fácil conectarlo con la doctrina del enemigo interno que el entonces presidente
Uribe supo extender su aplicación hacia defensores del medio ambiente, de los
derechos humanos, periodistas, intelectuales y otros agentes críticos de la
seguridad democrática, vistos todos como “amigos de los terroristas o
terroristas vestidos de civil”. Ahora, en la “era del tigre”, esos mismos actores
sociales y políticos son vistos como “enemigos de la Patria” porque se presumen
seguidores de Petro o defienden las banderas progresistas y de izquierda.
El segundo concepto se define
como algo sin importancia y más recientemente como la capacidad de no reaccionar
como si algo le ocurriera no a personas, sino a cosas físicas, objetos. En
palabras de Bauman, este último concepto da cuenta de la “pérdida de
la sensibilidad moral en la sociedad, donde se trata de tomar los “…actos o
inacciones como moralmente neutros y evitar que las opciones entre ellos se
sometan a juicio ético, lo que significa eludir el oprobio moral”. Somos,
entonces, una sociedad altruicida y adiafórica.
Se respira en el país un ambiente
enrarecido motivado en gran medida por la infantilización[1]
de la función pública, del sentido del Estado y de la democracia de parte de un
presidente que camina entre cadáveres, lanza vivas a Cristo Rey que recuerdan
un pasado violento, anda con un arma al cinto, saluda como militar
y juega con un radio con el que autoriza desde demoliciones de edificios, hasta
bombardeos contra estructuras narcoterroristas del ELN. Mientras juega a
gobernar, la prensa hegemónica y corporativa todos los días le aplaude, al
tiempo que aporta, con el siempre moralizante lenguaje periodístico, a que vayamos
naturalizando el altruicidio y la adiaforización como las nuevas-viejas prácticas
de una sociedad clasista, racista, aporofóbica, homofóbica, transfóbica, gazmoña,
morronga, puritana, creyente y fanática que pondera el regreso de Alejandro Ordóñez
Maldonado, el político y fanático religioso que llega al gobierno para ejercer
como el líder espiritual de la anunciada “batalla y la contrarrevolución culturales”.
Su adoctrinante liderazgo no se limitará por supuesto a las relaciones entre el
Congreso y el Ejecutivo. No, claro que no. Esta especie de Torquemada criollo
será la cara visible del régimen ultraconservador con el que soñaron católicos y
evangélicos, entre otras sectas religiosas que odian a los miembros de la población
LGTBIQ´+ y se oponen, con Biblia y camándula en mano, a los derechos reproductivos
de las mujeres, al aborto y a la eutanasia.
Lo que está en juego en Colombia
no es menor ahora que la ultraderecha llegó para quedarse: la ya débil
democracia colombiana va poco a poco perdiendo sentido de realidad, eficacia jurídica
y legitimidad social y política por cuenta de la intolerancia cultural que
desde el Estado se alienta y promociona. Los responsables de ese retroceso son,
en su orden, las empresas mediáticas que, convertidas en actores políticos, erosionaron
hasta más no poder la legitimidad del gobierno anterior a través de un
ejercicio periodístico ideologizado; también son responsables los que votaron
por Abelardo- por odio a Petro- a sabiendas de que sucedería lo que ya ocurre
apenas dos meses después de su posesión. Igualmente deberán asumir responsabilidades
el expresidente Petro y las figuritas que usaron las redes sociales para hacer
alarde de su cercanía con el mandatario, al tiempo que exhibían sus atributos
físicos en una práctica de auto sexualización que facilitó la tarea de los periodistas
que las redujeron a meros objetos sexuales. Y por supuesto, los corruptos que horadaron
un proyecto político que se equivocó al vender una idea maximalista e irrealizable
de cambio, por lo menos en lo que toca a las costumbres políticas.
Insisto: asistimos a una
peligrosa y preocupante coyuntura política en la que además de distinguirnos
por ser “fachos” y proclives a querer eliminar al diferente, vamos a sumar dos
características más: adiafóricos y altruicidas. Será un verdadero milagro si al
llegar el 2030 queda algo de patria, democracia y derechos.
[1] Sobre el perfil del presidente-therian y su actitud
infantil atada a su incontrastable narcisismo hay quienes se atreven a decir
que obedecen a un trastorno de personalidad. Recién, en El Unicornio, Jaime
David Pinilla señaló en su columna que se trata de “…un trastorno de la
personalidad claramente tipificado en el manual diagnóstico y estadístico de
los trastornos mentales, más conocido como DSM-V: el narcisismo, según el cual,
este se define como «un patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el
comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía». Véase: https://elunicornio.com.co/la-presidencia-como-terapia-para-el-narcisista/
No hay comentarios:
Publicar un comentario