Por Germán Ayala Osorio
La estética del poder que exhibe
todos los días el inquilino de la Casa de Nariño deviene atada a un inverso teatro
de lo absurdo en el que él, como figura pública y máxima autoridad administrativa
de la Nación, representa el mal ejercicio de la política y de lo político, así
la prensa hegemónica insista en registrar sus apariciones circenses y el juego
de roles en el que está inmerso bajo una narrativa que lo hace ver como un
presidente que gestiona, ejecuta y gobierna. Por supuesto que se trata de
una falsa narrativa muy propia de un periodismo oficialista y de unos
periodistas que fungen realmente como estafetas, mandaderos e incluso como
nefastos activistas políticos. Baste con escuchar a varios de estos en Mañanas Blu y Noticias Caracol para entender que ellos también están actuando. Por tratarse
de un derecho fundamental, las actuaciones de aquellos periodistas se consideran
altamente perjudiciales para la democracia. Eso sí, nutren la falsa conciencia
de una opinión pública manipulada por la teatralización de la política y del
oficio periodístico.
Baste con ver la “pinta” del
actor-presidente para entender que estamos ante una estética patriarcal de
nuevo cuño en la que irrumpe, radio en mano y pistola al cinto, el clásico
macho proveedor y violento que está obligado a exhibir su virilidad ante un
público femenino y masculino que lo reclama. Se trata, por supuesto, de un
juego de un hombre adulto que está disfrutando de la suerte de ser el presidente
de Colombia. En el paro armado decretado por bandidos en Santa Marta, entró a cuadro
pistola al cinto y el radio dispuesto a “patrullar” las calles de la sitiada
ciudad. Días después, en Cali, le dio la “bienvenida” a la Patria Milagro a un vendedor minorista
de droga. Lo mismo hizo en un hangar momentos antes de ser extraditado hacia
los Estados Unidos un criminal conocido como alias Araña. Solo le faltó a
Abelardo decirle la ya popular y cinematográfica frase “hasta la vista, baby”.
Lo negativo del asunto es que esa
dignidad presidencial la ha infantilizado y ridiculizado de tal manera que los millones
de colombianos que no lo votaron asumen de manera contraria ese cargo idealmente
pensado para personas inteligentes, formadas y comprometidas con las responsabilidades
constitucionales asignadas. Al ver las constantes escenas, finamente preparadas
en los laboratorios del marketing político, es claro que reducen la presidencia a un papel que cualquiera puede interpretar porque para eso hay asesores, estrategas y las
empresas mediáticas dispuestas a matizar, maquillar y ocultar errores en la interpretación
e incluso los vacíos del guion neoliberal, antiderechos, conservador-regenerador y altamente
disruptivo desde lo ecológico y ambiental que está siguiendo al pie de la
letra. Abelardo no está gobernando, está actuando. Lo que sucede es que las escenas en las que participa son las cortinas que no dejan ver lo que realmente está pasando en los territorios.
Junto al alcalde de Cali, Alejandro
Eder, se burla de las víctimas del terremoto al volver un espectáculo la
decisión de demoler edificios afectados por el terremoto del 10 de agosto. Con
los anuncios de las demoliciones, Eder y Abelardo venden la idea de que están brindándole
a los damnificados prontas soluciones de vivienda después de más de dos meses
de ocurrido el evento sísmico. Las propiedades de la SAE prometidas para ser entregadas
a las víctimas hacen parte de los pendientes que como Estado local y nacional
arrastran estos dos actores de reparto... de ilusiones. La crudeza de las realidades de ciudades como Pereira, Dosquebradas
y Cali, entre otras, confrontan esa realidad novelada, editada y con música
incidental que proyectan estos dos actores-mandatarios.
A lo anterior hay sumar la
estética que proyecta el patrioterismo que con evidentes rasgos de revanchismo ideológico
promocionan a diario los integrantes del gobierno y congresistas de la bancada
oficialista. La “batalla y la contrarrevolución culturales” hacen parte del
mismo guion de esa película que empezó a grabarse el 7 de agosto de 2026. Se
trata de un azaroso largometraje pensado, en una primera etapa, para cuatro
años, pero que puede extenderse por un periodo similar.
Con la entrada en escena de
Alejandro Ordóñez Maldonado, empieza un capítulo que hace pensar a los críticos
audiovisuales e incluso a los cineastas que siguen de cerca a esta película que
se graba y se edita en vivo, que habrá un giro de la comedia hacia ejemplarizantes
escenas de terror muy al estilo de la película Psicosis. El exprocurador y
hasta hace poco embajador de Colombia ante la OEA hará las veces de Tomás de
Torquemada. Hay suspenso y grandes expectativas entre los públicos para ver lo
que podría ser la mejor actuación de Ordóñez, experimentado actor de reparto de
puestos, de acuerdo con el Consejo de Estado que en el pasado anuló su
reelección como Procurador justamente por incurrir en prácticas clientelistas. Su regreso a
la gran pantalla es visto por las mesnadas abelardistas como un milagro en la
medida en que se asume que “Monseñor” Ordóñez resucitó de entre los muertos (quemados o políticos desahuciados). Los estudiosos de la fe
consideran que ese tipo de milagros son la antesala del esperado regreso de Cristo
Rey.
Hay que estar atentos porque en cualquier momento se escucha la claqueta para dar inicio a otra escena de esta película que atrapa y asusta. Sin duda alguna, una costosa producción cinematográfica en recursos públicos, de la biodiversidad e incluso de vidas pérdidas.

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