viernes, 23 de octubre de 2026

HABLEMOS DE CINE




Por Germán Ayala Osorio

 

La estética del poder que exhibe todos los días el inquilino de la Casa de Nariño deviene atada a un inverso teatro de lo absurdo en el que él, como figura pública y máxima autoridad administrativa de la Nación, representa el mal ejercicio de la política y de lo político, así la prensa hegemónica insista en registrar sus apariciones circenses y el juego de roles en el que está inmerso bajo una narrativa que lo hace ver como un presidente que gestiona, ejecuta y gobierna. Por supuesto que se trata de una falsa narrativa muy propia de un periodismo oficialista y de unos periodistas que fungen realmente como estafetas, mandaderos e incluso como nefastos activistas políticos. Baste con escuchar a varios de estos en Mañanas Blu y Noticias Caracol para entender que ellos también están actuando. Por tratarse de un derecho fundamental, las actuaciones de aquellos periodistas se consideran altamente perjudiciales para la democracia. Eso sí, nutren la falsa conciencia de una opinión pública manipulada por la teatralización de la política y del oficio periodístico.  

Baste con ver la “pinta” del actor-presidente para entender que estamos ante una estética patriarcal de nuevo cuño en la que irrumpe, radio en mano y pistola al cinto, el clásico macho proveedor y violento que está obligado a exhibir su virilidad ante un público femenino y masculino que lo reclama. Se trata, por supuesto, de un juego de un hombre adulto que está disfrutando de la suerte de ser el presidente de Colombia. En el paro armado decretado por bandidos en Santa Marta, entró a cuadro pistola al cinto y el radio dispuesto a “patrullar” las calles de la sitiada ciudad. Días después, en Cali, le dio la “bienvenida” a la Patria Milagro a un vendedor minorista de droga. Lo mismo hizo en un hangar momentos antes de ser extraditado hacia los Estados Unidos un criminal conocido como alias Araña. Solo le faltó a Abelardo decirle la ya popular y cinematográfica frase “hasta la vista, baby”.

Lo negativo del asunto es que esa dignidad presidencial la ha infantilizado y ridiculizado de tal manera que los millones de colombianos que no lo votaron asumen de manera contraria ese cargo idealmente pensado para personas inteligentes, formadas y comprometidas con las responsabilidades constitucionales asignadas. Al ver las constantes escenas, finamente preparadas en los laboratorios del marketing político, es claro que reducen la presidencia a un papel que cualquiera puede interpretar porque para eso hay asesores, estrategas y las empresas mediáticas dispuestas a matizar, maquillar y ocultar errores en la interpretación e incluso los vacíos del guion neoliberal, antiderechos, conservador-regenerador y altamente disruptivo desde lo ecológico y ambiental que está siguiendo al pie de la letra. Abelardo no está gobernando, está actuando. Lo que sucede es que las escenas en las que participa son las cortinas que no dejan ver lo que realmente está pasando en los territorios. 

Junto al alcalde de Cali, Alejandro Eder, se burla de las víctimas del terremoto al volver un espectáculo la decisión de demoler edificios afectados por el terremoto del 10 de agosto. Con los anuncios de las demoliciones, Eder y Abelardo venden la idea de que están brindándole a los damnificados prontas soluciones de vivienda después de más de dos meses de ocurrido el evento sísmico. Las propiedades de la SAE prometidas para ser entregadas a las víctimas hacen parte de los pendientes que como Estado local y nacional arrastran estos dos actores de reparto... de ilusiones. La crudeza de las realidades de ciudades como Pereira, Dosquebradas y Cali, entre otras, confrontan esa realidad novelada, editada y con música incidental que proyectan estos dos actores-mandatarios.

A lo anterior hay sumar la estética que proyecta el patrioterismo que con evidentes rasgos de revanchismo ideológico promocionan a diario los integrantes del gobierno y congresistas de la bancada oficialista. La “batalla y la contrarrevolución culturales” hacen parte del mismo guion de esa película que empezó a grabarse el 7 de agosto de 2026. Se trata de un azaroso largometraje pensado, en una primera etapa, para cuatro años, pero que puede extenderse por un periodo similar.

Con la entrada en escena de Alejandro Ordóñez Maldonado, empieza un capítulo que hace pensar a los críticos audiovisuales e incluso a los cineastas que siguen de cerca a esta película que se graba y se edita en vivo, que habrá un giro de la comedia hacia ejemplarizantes escenas de terror muy al estilo de la película Psicosis. El exprocurador y hasta hace poco embajador de Colombia ante la OEA hará las veces de Tomás de Torquemada. Hay suspenso y grandes expectativas entre los públicos para ver lo que podría ser la mejor actuación de Ordóñez, experimentado actor de reparto de puestos, de acuerdo con el Consejo de Estado que en el pasado anuló su reelección como Procurador justamente por incurrir en prácticas clientelistas. Su regreso a la gran pantalla es visto por las mesnadas abelardistas como un milagro en la medida en que se asume que “Monseñor” Ordóñez resucitó de entre los muertos (quemados o políticos desahuciados). Los estudiosos de la fe consideran que ese tipo de milagros son la antesala del esperado regreso de Cristo Rey. 

Hay que estar atentos porque en cualquier momento se escucha la claqueta para dar inicio a otra escena de esta película que atrapa y asusta. Sin duda alguna, una costosa producción cinematográfica en recursos públicos, de la biodiversidad e incluso de vidas pérdidas. 

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