Por Germán Ayala Osorio
Luiz Inacio Lula da Silva ganó,
logró su reelección. Ganó Brasil, pero también Latinoamérica y la humanidad. Este
octogenario, con apenas nueve dedos, de la mano de millones de brasileños, derrotó a Trump, a la
ultraderecha internacional; a los Cerimedo locales, a las viejas glorias del jogo
bonito que se alinearon con la derecha local; al sionismo, a Israel y a la
poderosa familia Bolsonaro. Al interior del país, y en materia religiosa, los
católicos vencieron a las poderosas iglesias evangélicas que actúan como verdaderos
partidos políticos. Estos traficantes de la fe se metieron de lleno en la
política electoral. Los casos de Brasil y Colombia resultan emblemáticos. Es también una derrota para lo que llaman ya el "neoliberalismo religioso".
Luiz Inacio Lula derrotó a la
godarria brasileña, esa misma que dice defender la “familia tradicional”. En un
ejercicio de doble rasero moral, persiguen y señalan a los miembros de la
población LGTBIQ+ e insisten en mantener la vigencia de un sistema patriarcal
que solo tiene para las mujeres el rol de reproductoras de hijos e hijas, esto
es, mano de obra barata para un sistema mundo capitalista que necesita de nuevas
víctimas para explotar. Lo peor de todo
es que defienden a los curas pederastas y a la godarria homosexual enclosetada
y perfumada de sus élites. Admiran a Trump, un consumado pederasta que en sus
años de juventud se divirtió de lo lindo violando niñas en la isla de su
amigo Epstein.
El triunfo de Lula da Silva es un
bálsamo, un respiro y una esperanza para el hemisferio, controlado y sometido
casi en su totalidad por la dupla Trump-Rubio con todo y su Escudo de las
Américas y las sempiternas políticas de expoliación y empobrecimiento de los
pueblos de esa parte de las Américas que estos dos llaman el “patio trasero”. Lula
se los volvió a decir: “No seremos el patio trasero de nadie”.
En esta parte del mundo, sobreviven
Uruguay, México y ahora Brasil como gobiernos progresistas. Colombia giró a la
ultraderecha y en menos de tres meses ya está sintiendo lo que significa ser el
“patrio trasero” de los Estados Unidos: Abelardo se comprometió a entregar las
tierras raras a los gringos y a mantener la falaz lucha contra las drogas,
mientras logran los “americanos” cultivar en sus pisos térmicos la mata de
coca. En estos momentos están afinando el control institucional de la
producción de cocaína para satisfacer a los cocainómanos y garantizar las
ganancias al sistema financiero mundial y en particular a Wall Street.
Ganó Lula, aunque al cierre de
esta columna Flavio Bolsonaro no reconoció aún la derrota que por más de cuatro
millones de votos le propinó Lula da Silva, pero si pidió anular los resultados
por la decisión de la autoridad electoral del Brasil de extender por dos horas
la jornada, a solicitud de ambas campañas.
El mundo y la aviesa condición
humana no cambiarán por la continuidad del gobierno progresista en el gran
Brasil, pero se siente un fresquito y se abre una luz de esperanza frente a la consolidación
de la funesta, mafiosa, neoliberal, enferma y criminal derecha trumpista en
este hemisferio. Esta parte del mundo dormirá mejor esta noche. Ya veremos
mañana.

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