Por Germán Ayala Osorio
Colombia es una sociedad patriarcal, machista y profundamente violenta con las mujeres. Esa verdad, que más parece una tara civilizatoria que una condición o una circunstancia fácilmente superable, tiene en el ejercicio de la política el escenario público-privado en el que con mayor claridad se notan el machismo y las prácticas de subvaloración, sexualización y dominación de los hombres sobre las mujeres. A las féminas se les reduce a adornos, objetos sexuales fácilmente alcanzables o reducidas a figuras propicias para hacer todo tipo de transacciones políticas.
La figura presidencial deviene atada
históricamente al género masculino, asumido por la cultura política como la
única fuente de donde es posible que broten candidatos con aspiraciones a
ocupar la Casa de Nariño.
Las candidatas presidenciales
mujeres no llegaron aún a instancias definitivas con la suficiente fuerza
social y política capaz de romper con la hegemonía masculina en el cargo más
importante del país: la presidencia de la República. La candidatura de Paloma
Valencia Laserna en las pasadas elecciones se quedó a mitad del camino por las maniobras
políticas asociadas al machismo del que siempre hizo gala el expresidente y
expresidiario Álvaro Uribe Vélez, el prototipo de macho cabrío y violento,
quien jamás se mostró convencido con la candidatura de Valencia Laserna por su
condición de mujer. Esta lectura la confirmó recientemente María Fernanda
Cabal, quien compitió, al interior del partido Centro Democrático, con la
senadora caucana y Paola Holguín por el guiño del patrón y dueño de esa
colectividad. Cabal les dijo a varios medios que a Uribe “ninguna le
gustábamos”.
Ahora bien, ese machismo y la
lectura sexualizada de la Mujer jamás en la historia reciente del país se había
notado tanto en lo más alto del poder político. Por cuenta del presidente
Petro, el discurso masculinizante, con toda su violencia simbólica, tocó la dignidad
presidencial en varias ocasiones.
Varias frases expuestas públicamente
por Petro generaron rechazo en las huestes feministas. Incluso, se
interpusieron acciones de tutela que, falladas a favor de las accionantes, obligaron
al presidente de la República a ofrecer públicas disculpas: “Una mujer
libre hace lo que se le dé la gana con su clítoris y con su cerebro, y si sabe
acompasarlo, pues será una gran mujer.” Otra frase que tocó las
fibras de las feministas y confirmó que en el ejercicio del poder político en
Colombia aún operan viejas masculinidades asociadas a las necesidades de los
hombres de reivindicar su condición de machos en una sociedad que les exige a
los varones comportamientos validados por el sistema patriarcal como ser
mujeriegos y ser “buenos polvos”. “Soy
muy bueno en la cama y ya alguien contará”, dijo Petro.
Las desafortunadas expresiones
del presidente Petro terminaron haciendo parte del juego periodístico en el que
cayeron los reales gustos-orientación sexual del jefe del Estado. De Petro se
dijo que era gay
y a pocos días de dejar el cargo los escándalos de corrupción en los que están
involucradas mujeres jóvenes y hermosas cercanas a él están sirviendo para revertir
esa “mala imagen” para consolidar de paso la que le corresponde como
heterosexual que se siente atraído por “niñas” bien dotadas físicamente.
El cuadro de las expresiones
machistas las completó el entonces candidato presidencial Abelardo de la Espriella,
quien, en un programa radial, al aire, dejó ver también su afán de reivindicar
su condición de macho cabrío, en medio de habladurías que cuestionarían su condición
heterosexual. Esto dijo De la Espriella: “me gané unos buenos votos
porque se me veía el paquete”. A renglón seguido, el entonces aspirante
y hoy presidente electo, intimidó a una mujer
periodista: la conminó a que le diera zum a una foto en la que, según él, “se
le notaba grande el paquete”.
Mientras que los actos de habla de
Petro y De la Espriella definen negativamente las condiciones de estadistas que
sus seguidores les reconocen, toma fuerza la narrativa que señala que en Colombia
hay una “guerra contra las mujeres” a juzgar por los crecientes feminicidios,
los abusos sexuales y otras formas de violencias de género. Por supuesto que
las desafortunadas frases de estos poderosos hombres aportan a la
naturalización del relato machista que se alimenta a diario de la necesidad- casi una obligación- de
los hombres de reivindicar su carácter de Machos berracos y por esa vía negar cualquier
duda o tendencia a participar o sentirse atraídos por las prácticas homosexuales.
Petro y De la Espriella son hijos
de la costa Caribe, territorio reconocido por las discursividades machistas e
incluso por las prácticas zoofílicas de las que aún muy seguramente se ufanan algunos
de los llamados “costeños”. Además de
compartir esa determinante condición territorial-cultural-identitaria, ambos
políticos confirmaron que el machismo y el sistema patriarcal se alimentan de
la necesidad de los hombres (machos) de ratificar a diario que efectivamente lo
son, porque los presidentes, sí o sí, y de acuerdo con el "mandato cultural nacional", deben ser probados heterosexuales.
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