lunes, 19 de octubre de 2026

DE LA BATALLA CULTURAL A LA GUERRA VERBAL

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Después de que se cumpliera la orden presidencial de retirar del Museo Nacional por lo menos 30 piezas que daban cuenta de episodios de la historia cultural del país, la facultad de Artes de la universidad de los Andes, ciudadanos del común, historiadores, artistas y políticos del Pacto Histórico rechazaron la medida. Frente a las instalaciones del señalado recinto de conservación cultural hubo manifestaciones pacíficas e incluso profesores de la señalada alma mater dieron clases al aire libre sobre el significado político y simbólico de la arbitraria decisión.

Por tratarse de un ejercicio de violencia simbólica de origen oficial, cientos de ciudadanos respondieron con cánticos, arengas o consignas que recogen imaginarios colectivos que tocan de manera directa al pasado del abogado Abelardo De la Espriella y al de Paola Holguín. A ese tipo de violencia oficial o estatal se responde con un tipo de violencia verbal de origen popular.

En las manifestaciones se escucharon estribillos como “Abelardo, mafioso, el pueblo está furioso” y “Holguín, traqueta, el arte se respeta”. Es decir, a la violencia simbólica del gobierno se responde con violencia verbal fundada en los imaginarios colectivos que en torno al hoy presidente de la República y su ministra de Cultura se vienen consolidando de tiempo atrás. Esos imaginarios colectivos surgieron en gran medida gracias al registro noticioso de hechos públicos que hacen parte de una “verdad social” derivada de un ejercicio del periodismo que bien podemos llamar de contrapoder. Y por supuesto, fruto de interpretaciones de miembros de grupos sociales que se oponen al poder hegemónico.

No es necesario ahondar en las situaciones individuales sobre las cuales dichos imaginarios colectivos se anclaron a las formas en las que millones de colombianos se representan al presidente De la Espriella y a su ministra de Cultura.

Se trata de insultos que se acercan a las condiciones propias de la violencia simbólica en la medida en que no se busca atacar exclusivamente a las personas, sino al poder político que representan y del que provino la orden de retirar, por ejemplo, afiches de Bernardo Jaramillo, candidato presidencial de la UP asesinado por las sempiternas “fuerzas oscuras”, de Carlos Pizarro Leóngomez, el facsímil de la Séptima Papeleta y fotografías alusivas a las luchas feministas y de la población LGTBIQ+.

Al hacer parte de protestas y movilizaciones sociales, esos actos de habla, basados en imaginarios, no necesitan estar atados a una verdad jurídica que los desmienta porque devienen con tal fuerza deconstructiva que no hay quién pueda impedir su circulación y reproducción. Para el caso de la ministra de Cultura, ella misma ha desmentido los señalamientos que circulan contra su padre, que indican que fue “testaferro” del asesino serial y terrorista Pablo Emilio Escobar Gaviria. La verdad jurídica señala que el padre de Holguín jamás fue condenado por ser narcotraficante o testaferro. Lo destacable aquí es que la ministra Holguín es consciente de la existencia de esa negativa representación. El caso del expresidente Uribe es similar. En las movilizaciones populares acaecidas durante sus ocho años de gobierno, se escuchó la arenga “Uribe, paraco, el pueblo está berraco”. La fuerza perlocutiva de ese estribillo obligó al expresidente a referirse a la negativa representación social que sobre él pesa.

“Antes me decían mucho ‘Uribe paraco’. Ahora he ido a muchas universidades, he tenido un buen diálogo y ha sido más amable. Claro, me duele, porque aquí confundieron una política severa de seguridad con el paramilitarismo, entonces uno dice este país necesita seguridad ‘ay, paraco’, fortaleza, hay que meterles un bombazo a esos bandidos, ‘ah, paraco’. Entonces, yo desmonté el paramilitarismo y extradité; ni eso ha servido”.

Así como Holguín y Uribe Vélez son víctimas de la fuerza perlocutiva de esos actos de habla con los que son descalificados política y moralmente, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero también es consciente de la existencia de ese imaginario que lo señala como “mafioso”, derivado de haber sido “defensor de mafiosos”. Esto dijo Abelardo en una entrevista a un creador de contenido: “Fíjate lo que decían. Que yo defendía a mafiosos. Cuando tú hablas de mafiosos, es una persona que se dedica al narcotráfico. Yo nunca he defendido a narcotraficantes, eso es una leyenda urbana”.

Lo cierto es que la contrarrevolución cultural en la que están empeñados en ejecutar De la Espriella y Holguín está soportada en una violencia simbólica que en algún momento podrá superar la violencia física que ya ejerció el ESMAD contra los manifestantes. La censura oficial de los símbolos y hechos históricos que dan cuenta de los tropiezos que arrastra la sociedad colombiana en sus atormentados procesos civilizatorios despertó rabia e indignación en los marchantes. Esos sentimientos hacen parte sustantiva de las arengas con las que se deslegitiman al presidente de la República y a su ministra de Cultura. Bienvenidos a la Patria Milagro o Miseria. Para el caso, son lo mismo. 

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