Por Germán Ayala Osorio
Después de que se cumpliera la orden
presidencial de retirar del Museo Nacional por lo menos 30 piezas que daban
cuenta de episodios de la historia cultural del país, la facultad de Artes de
la universidad de los Andes, ciudadanos del común, historiadores, artistas y políticos del
Pacto Histórico rechazaron la medida. Frente a las instalaciones del señalado recinto
de conservación cultural hubo manifestaciones pacíficas e incluso profesores de
la señalada alma mater dieron clases al aire libre sobre el significado
político y simbólico de la arbitraria decisión.
Por tratarse de un ejercicio de violencia
simbólica de origen oficial, cientos de ciudadanos respondieron con cánticos,
arengas o consignas que recogen imaginarios colectivos que tocan de manera
directa al pasado del abogado Abelardo De la Espriella y al de Paola Holguín. A ese
tipo de violencia oficial o estatal se responde con un tipo de violencia verbal
de origen popular.
En las manifestaciones se
escucharon estribillos como “Abelardo, mafioso, el pueblo está
furioso” y “Holguín, traqueta, el arte se respeta”. Es decir, a la
violencia simbólica del gobierno se responde con violencia verbal fundada en los
imaginarios colectivos que en torno al hoy presidente de la República y su
ministra de Cultura se vienen consolidando de tiempo atrás. Esos imaginarios
colectivos surgieron en gran medida gracias al registro noticioso de hechos públicos
que hacen parte de una “verdad social” derivada de un ejercicio del periodismo
que bien podemos llamar de contrapoder. Y por supuesto, fruto de
interpretaciones de miembros de grupos sociales que se oponen al poder
hegemónico.
No es necesario ahondar en las
situaciones individuales sobre las cuales dichos imaginarios colectivos se
anclaron a las formas en las que millones de colombianos se representan al
presidente De la Espriella y a su ministra de Cultura.
Se trata de insultos que se
acercan a las condiciones propias de la violencia simbólica en la medida en que
no se busca atacar exclusivamente a las personas, sino al poder político que
representan y del que provino la orden de retirar, por ejemplo, afiches de Bernardo
Jaramillo, candidato presidencial de la UP asesinado por las sempiternas “fuerzas
oscuras”, de Carlos Pizarro Leóngomez, el facsímil de la Séptima Papeleta y
fotografías alusivas a las luchas feministas y de la población LGTBIQ+.
Al hacer parte de protestas y
movilizaciones sociales, esos actos de habla, basados en imaginarios, no
necesitan estar atados a una verdad jurídica que los desmienta porque devienen
con tal fuerza deconstructiva que no hay quién pueda impedir su circulación y
reproducción. Para el caso de la ministra de Cultura, ella misma ha desmentido
los señalamientos que circulan contra su padre, que indican que fue “testaferro”
del asesino serial y terrorista Pablo Emilio Escobar Gaviria. La verdad
jurídica señala que el padre de Holguín jamás fue condenado por ser
narcotraficante o testaferro. Lo destacable aquí es que la ministra Holguín es
consciente de la existencia de esa negativa representación. El caso del
expresidente Uribe es similar. En las movilizaciones populares acaecidas
durante sus ocho años de gobierno, se escuchó la arenga “Uribe,
paraco, el pueblo está berraco”. La fuerza perlocutiva de ese
estribillo obligó al expresidente a referirse a la negativa representación
social que sobre él pesa.
“Antes me decían mucho
‘Uribe paraco’. Ahora he ido a muchas universidades, he tenido un
buen diálogo y ha sido más amable. Claro, me duele, porque aquí confundieron
una política severa de seguridad con el paramilitarismo, entonces uno dice
este país necesita seguridad ‘ay, paraco’, fortaleza, hay que meterles un
bombazo a esos bandidos, ‘ah, paraco’. Entonces, yo desmonté el paramilitarismo
y extradité; ni eso ha servido”.
Así como Holguín y Uribe Vélez son
víctimas de la fuerza perlocutiva de esos actos de habla con los que son
descalificados política y moralmente, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero también
es consciente de la existencia de ese imaginario que lo señala como “mafioso”,
derivado de haber sido “defensor de mafiosos”. Esto dijo Abelardo en una entrevista
a un creador de contenido: “Fíjate lo que decían. Que yo defendía a
mafiosos. Cuando tú hablas de mafiosos, es una persona que se dedica al
narcotráfico. Yo nunca he defendido a narcotraficantes, eso es una leyenda
urbana”.
Lo cierto es que la contrarrevolución
cultural en la que están empeñados en ejecutar De la Espriella y Holguín está
soportada en una violencia simbólica que en algún momento podrá superar la
violencia física que ya ejerció el ESMAD contra los manifestantes. La censura
oficial de los símbolos y hechos históricos que dan cuenta de los tropiezos que
arrastra la sociedad colombiana en sus atormentados procesos civilizatorios despertó
rabia e indignación en los marchantes. Esos sentimientos hacen parte sustantiva
de las arengas con las que se deslegitiman al presidente de la República y a su
ministra de Cultura. Bienvenidos a la Patria Milagro o Miseria. Para el caso, son lo mismo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario