Por Germán Ayala Osorio
Cada cuatro años el
Establecimiento juega con el destino de millones de colombianos que sufren las
consecuencias de la incontrastable mezquindad, ruindad e incapacidad-desinterés
de su más poderosos agentes de liderar procesos que lleven a consolidar por fin
y después de 200 años, una verdadera República. La historia demuestra que le
tienen pavor a pensar cómo sería una Colombia moderna, civilizada, educada y
formada, plural, diversa, con un desarrollo económico sostenible, con espíritu
sistémico y claros beneficios para las grandes mayorías.
El 7 de agosto del año en curso sus
más perniciosos agentes de poder instalaron en el solio de Bolívar a un abogado
que considera que la ética nada tiene que ver con el derecho; la
desafortunada y ejemplarizante frase coincide de muchas maneras con el histórico
actuar de una élite parásita que convirtió el subdesarrollo en el camino
predilecto para sostener las sempiternas prácticas de despojo, corrupción
público-privada y expoliación. Ser o estar en condición de subdesarrollo se
asume como un estado natural-cultural que no se puede cambiar. Una suerte de
determinismo que impide probar, por ejemplo, una revolución cultural que
haga posible superar y proscribir el ethos mafioso que desde arriba naturalizaron
y que los de abajo normalizaron. La “revolución ética” que propuso el entonces
candidato presidencial Iván Cepeda les debió generar una inmensa hilaridad pues
reconocen que las prácticas derivadas del ethos mafioso hacen parte del ADN de
la clase política y empresarial tradicionales.
Esa sentencia del
abogado-presidente opera como la bisagra moral, cultural y ético-política de la
anunciada “batalla cultural” que hoy asombra a prestigiosas universidades privadas
de la capital del país, en las que curiosamente, hijos de la élite se educan para
extender en el tiempo privilegios de clase y la captura mafiosa del Estado. Bienvenidos
son los llamados de atención que reconocidos académicos y personalidades hicieron
recién en el Quinto Manifiesto del Centro Político. En el primer párrafo dejan
ver sus preocupaciones por el sinuoso camino que Abelardo y sus patrocinadores
están llevando al país: “En este quinto manifiesto queremos recordar que los
principios fundamentales de la política exterior están consagrados en la
Constitución de 1991: soberanía nacional, integridad territorial,
autodeterminación de los pueblos, respeto al derecho internacional, solución
pacífica de las controversias, protección del medio ambiente e integración de
América Latina y el Caribe. Preservarlos es esencial para defender los
intereses nacionales y orientar decisiones que inciden en la democracia, la
seguridad, el desarrollo y el bienestar de los colombianos”.
Insisto: se aplaude la reacción
de ese grupo de personas que bien pueden agruparse en la expresión “élite
académica”, pero no es suficiente. También se pondera la reacción institucional
de las universidades Javeriana y Externado frente a la censura presidencial que
en contra de la historia cultural que salvaguardaba el Museo
Nacional. Resulta plausible y
sintomática alrededor de lo que puede estar pasando al interior de ese no homogéneo
mundo del llamado Establecimiento colombiano. Lo que es evidente es que varios
de sus miembros, especialmente banqueros, terratenientes y empresarios,
aplauden en privado la ruta por la que Abelardo Gabriel de la Espriella Otero
está llevando al país. Un itinerario que deviene provocador por el descontento
social que algunos expertos advierten que generará, que puede incluso parecerse
o superar al estallido social de 2021 que surgió de la actitud mezquina y torpe
del entonces inquilino de la Casa de Nariño, el inefable y fierabrás Iván Duque
Márquez. Hay que recordar que la molestia popular se venía consolidando desde
2019. El mal manejo de la pandemia de Duque terminó de potenciar el rechazo colectivo.
Es claro que Abelardo
Gabriel está jugando con candela. Está probando los propios límites éticos
y morales de los agentes del Establecimiento que lo instalaron en la Casa de Nariño,
sedes de Barranquilla y Bogotá y por supuesto, la resistencia de las clases
sociales, bajas y medias, que van sintiendo ya los “mordiscos de un tigre deslinderado
y depredador”. Lo que están haciendo las bancadas gobiernistas del Congreso y el
propio Abelardo ponen también a prueba la fortaleza, coordinación, capacidad,
liderazgo y la coherencia de las fuerzas y sectores progresistas de la sociedad.
Las condiciones de 2019, 2020 y
2021 no son las mismas. Las pasadas elecciones presidenciales demostraron que
para recuperar el poder en el 2030- si es que hay elecciones- se necesitará de nuevos
liderazgos en la izquierda y el progresismo. Los “Cerimedo” locales son una
realidad, de ahí que las redes sociales siguen siendo un escenario importante
para exponer los yerros del gobierno de Abelardo. El despertar de los “tibios”
debe abrir la posibilidad para que sus más visibles figuras se reúnan con las
del progresismo con el propósito de articular intereses de cara a enfrentar a
quienes quieren regresar al país a los aciagos tiempos de la constitución de
1886 y en particular al régimen fascista de Turbay Ayala.

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