jueves, 29 de octubre de 2026

SABER-PENSAR Y EL PATRULLERITO DE LA NOCHE

 




Por Germán Ayala Osorio

 

En estos tiempos en los que la razón instrumental y la bestialización de la humanidad confluyen en el ejercicio del poder político, el saber-pensar para explicar los orígenes, intereses y efectos de los hechos que dan cuenta de ese proceso de deshumanización se convierte en el último esfuerzo para tratar de detener lo que viene sucediendo en el mundo.

Sobre esos hechos, atados a una selecta misantropía, señalo el genocidio en Gaza a manos del ejército sionista de Israel como su más terrible ejemplo, así como las consecuencias del arrasamiento de la Amazonia brasilera y colombiana y la negación del cambio climático; también, la complacencia de ese fantasma llamado “comunidad internacional” con orates como Netanyahu y Trump, y los seguidores de este último que mandan- no gobiernan- en varios países de América Latina; y no puede dejar por fuera a lo que algunos llaman el “neoliberalismo religioso” del que hacen parte evangélicos, católicos y cristianos que se oponen al aborto, pero aplauden el genocidio contra el pueblo palestino.

A lo anterior se suman las redes sociales convertidas en el refugio de millones de adolescentes que huyen de sus entornos familiares en los que las pocas preguntas que sobre la vida se hacen sus padres, los ahuyentan y lanzan a esos entornos digitales en los que no hay “rollos”, solo diversión. Esas mismas redes sociales resultaron determinantes en las recientes elecciones de Brasil y Colombia. En las de aquí, el estratega del ganador de la contienda electoral reconoció que “las elecciones se ganan entendiendo emociones y sentimientos”. El desprecio por el saber-pensar fue evidente. Ahora manda el algoritmo.

Las protestas en varios países europeos, en la propia tierra del Tío Sam y las recientes movilizaciones en Chile y Colombia contra los gobiernos de Katz y De la Espriella dan cuenta de una problemática global que mucho tiene que ver con el saber-pensar que, curiosamente se debilita como propósito de universidades privadas que se la jugaron decididamente por el modelo virtual y la falta de rigor académico que lo acompaña y que se fortalece con el uso de la IA en la construcción de ensayos y en otros ejercicios reflexivos propios de la academia.

En la Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk señala que “la antigua socialdemocracia había anunciado el lema «saber es poder» como una receta prácticamente racional. Y en ello no se lo pensó mucho. Se consideraba que había que aprender algo adecuado para, posteriormente, tenerlo más fácil. Una confianza pequeñoburguesa en la escuela era la que había dictado la frase. Esta confianza está hoy día en descomposición. Solamente entre nuestros jóvenes y cínicos estudiantes de medicina hay una línea nítida que lleva de la carrera al standard de vida. Casi todos los restantes viven con el riesgo de aprender para el vacío. Quien no busque el poder, tampoco querrá su saber, su equipamiento sapiencial, y quien rechaza a ambos ya no es, en secreto, ciudadano de esta civilización. Son numerosos los que ya no están dispuestos a creer que habría que «aprender algo» primeramente para, después, tenerlo un poco más fácil”.

Aunque no es exclusivo de esta época, hay quienes aspiran hoy a gobernar y tener poder con los menores elementos conceptuales y menor conocimiento alrededor de la condición humana porque les facilita las cosas y la vida misma a la hora de ordenar o mandar. Y no hablo exclusivamente de aspirantes a convertirse en presidentes de la República, también tienen ese mismo perfil empresarios, dirigentes gremiales, CEO, gerentes, influenciadores y rectores. Eso los hace proclives a despreciar la vida de los intelectuales, escritores, artistas, poetas y librepensadores, en especial cuando estos defienden ideas y conquistas liberales, derechos humanos y los de la Naturaleza.

Para el caso colombiano, es visible la negación del saber-pensar en quienes votaron por el proyecto de profundización neoliberal y “contrarrevolución cultural” que encarna el presidente, sus ministros y los cientos de miles de aúlicos que le aplauden sus “patrullajes” y sus “bienvenidas” a la patria milagro que hace a bandiditos de poca monta a los que confronta e intimida a corta distancia.

De la Espriella no ha exhibido en sus ya casi tres meses de gobierno una sola reflexión profunda en torno a la vida, al modelo de desarrollo, o al cambio climático. En sus alocuciones no hay cabida para ese tipo de disquisiciones porque, a pesar de ser un profesional, el saber-pensar no lo motiva a despertar en los jóvenes e incluso en los viejos que lo siguen, el interés por leer y reflexionar. Y mucho menos le interesa dignificar la institución presidencial, dejando como huella preguntas y disquisiciones sobre el futuro de la humanidad.

Mientras avanza el deterioro del planeta y los procesos civilizatorios alrededor del mundo colapsan por la fuerza de la razón instrumental de los negocios, incluido el de la guerra y el narcotráfico, en Colombia se fortalece la idea que a menor conocimiento más preparado se está para mandar y dirigir. El patrullerito-presidente seguirá jugando con su radio y pistola al cinto porque su vida está inexorablemente atada al saber-hacer o mejor, a saber-obedecer o saber-seguir con el guion que le trazaron sus financiadores internos y Trump-Rubio, la dupla ignara, fatua, fierabrás, indocta e inculta que está detrás del Escudo de las Américas. 

 

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