Por Germán Ayala Osorio
En medio de un debate de control
político contra el ministro de Agricultura, Indalecio Dangond Baquero, el senador
y excandidato presidencial del Pacto Histórico, Iván Cepeda Castro lanzó serios
cuestionamientos contra el presidente de la República, Abelardo Gabriel de la
Espriella Otero.
Esto trinó Cepeda, a manera de
conclusión, horas después del debate: “Existe un nexo probado entre
Abelardo de la Espriella y narcotraficantes ligados al despojo de tierras, la
gran minería y al narcorrentismo. Esos vínculos quedaron
probados en el debate de manera documental y testimonial, y no fueron
controvertidos ni por el ministro de agricultura ni por los congresistas de las
bancadas de gobierno. De la Espriella es socio de
narcotraficantes”.
Las graves afirmaciones del
congresista ponen a prueba a varios sectores de poder político, social y mediático
que votaron en blanco en las pasadas elecciones o que decididamente lo hicieron
por De la Espriella como una forma de castigar lo que consideraron como el mal
gobierno de Petro. El desmonte de las decisiones y medidas administrativas
adelantadas por el gobierno progresista en favor de una reforma agraria
y del campesinado unen hoy a la derecha y a la ultraderecha en Colombia. Lo que
viene haciendo el ministro Dangond hace parte del recetario neoliberal y del
proyecto político que precisos agentes del Establecimiento defienden: concentrar
la tierra en pocas manos, imponer el modelo de la gran plantación, la economía
de enclave y los monocultivos de caña de azúcar y palma africana, entre otros;
acabar, física y simbólicamente con el campesinado, afectar la seguridad
alimentaria para imponer los intereses y las lógicas de quienes proponen
importar alimentos. Y finalmente, someter selvas y otros ecosistemas
estratégicos a procesos de transformación para favorecer intereses
inmobiliarios y explotación de riquezas, incluidas las “tierras raras” que el
actual gobierno se comprometió entregarle a los Estados Unidos.
Entre esas huestes de poder que podrán
usar o no lo dicho por Cepeda están los agentes académicos que recientemente criticaron
y se opusieron a los actos de censura ordenados por el presidente y su ministra
de Cultura contra el Museo Nacional, en el marco de lo que ellos mismos llaman “contrarrevolución
cultural” que no es otra cosa que borrar de la memoria colectiva nacional las
luchas feministas y a quienes se levantaron en armas, pero que se la jugaron
posteriormente por la paz como Carlos Pizarro; y a otros como Bernardo
Jaramillo que jamás apoyaron la lucha armada y que invitaron al país a darse la mano por la
paz. ¿Recogerán lo dicho por Cepeda para consolidar el bloque centrista en el
que dicen estar ubicados? Lo más probable es que no.
De igual manera, lo expresado por
Cepeda confrontará la solidez y la coherencia ético-política de los miembros del
Centro Democrático, partido gobiernista en cuyo interior hay políticos que critican
el talante autocrático de Abelardo, pero que no parecen interesados en acoger
como ciertos los hechos denunciados y mucho menos usarlos para confrontar la
legitimidad del actual gobierno. Hablo en particular de los congresistas Carlos
Meisel y Rafael Nieto Loaiza. El primero, desestimó la gravedad de los señalamientos
diciendo que lo “tenían preparado desde hace dos meses”. En lo que toca
a Loaiza, en reciente columna de opinión criticó el talante de Abelardo: “El
patrón no se define por un único exabrupto, sino por la acumulación de
conductas. Lo que viene ocurriendo ha dejado de ser una serie de incidentes
aislados y refleja un talante autocrático”.
El Centro Democrático, incluido
su referente, creador y líder espiritual, Álvaro Uribe Vélez, no usará los
hechos denunciados por Cepeda porque el congresista de izquierda en el pasado confrontó
política y judicialmente al expresidente antioqueño y a su hermano Santiago por
hechos muy parecidos a los que expuso contra De la Espriella. Cepeda dijo que
los hermanos Uribe Vélez “fueron amigos, socios comerciales y
colaboradores de clanes como los Ochoa, los Gallón Henao, los Villegas Uribe y
los Cifuentes Villa”. De igual manera, Cepeda y otros agentes políticos
los conectan con intereses de las estructuras paramilitares en el despojo de
tierras. El mismo Uribe se apropió del baldío El Laguito
2, predio que años atrás devolvió por
presiones de agentes políticos de izquierda.
Lo dicho por Cepeda constituye
también una prueba de fuego para la prensa hegemónica -ayer uribista, hoy
abelardista-, que aplaude a rabiar y reproduce las escenas grabadas por el
equipo de producción cinematográfica de Presidencia en las que De la Espriella cumple
el rol protagónico del Sheriff que saluda y da la bienvenida a la “patria milagro”
a bandidos de poca monta. El periodismo en Colombia poco o nada hará con lo expuesto
por Cepeda por una razón estructural: la “bancarización de la prensa” es una
realidad inobjetable en el país, así como la práctica de la autocensura que asumieron las grandes empresas mediáticas.
Y por supuesto, los hechos que presentó
Cepeda servirán hacia adelante como termómetro para definir al interior de la
izquierda y el progresismo candidaturas para el 2030. Igualmente, podrían
servir para atraer a las huestes del petrismo a aquellas figuras políticas y
mediáticas que criticaron la “tibieza” del entonces candidato presidencial por
no recoger información que hace parte de los imaginarios colectivos que de
tiempo atrás circulan en el país en torno a las relaciones de Abelardo Gabriel
de la Espriella Otero con mafiosos, más allá de su rol como abogado litigante. Sus
relaciones con Alex Saab han sido usadas por periodistas y políticos para
erosionar la legitimidad del hoy mandatario.
Uno de los grandes y feroces críticos
de Cepeda por no haber señalado de “mafioso” a De la Espriella es el creador de
la serie Matarife, Daniel Mendoza Leal, quien le dijo: “durante la
campaña tampoco hizo nada por decirle a ese tipo lo que era. […] Usted no fue
capaz de decirle narcotraficante al narcotraficante, paramilitar al paramilitar
y ladrón al ladrón, claramente. […] Ahora tenemos a un fascista que le ha
colaborado al genocidio y que nos va a vender nuestras riquezas.”
Ya veremos qué efectos políticos
y sociales generan los señalamientos de Iván Cepeda Castro. Enviar esas “pruebas”
a los Estados Unidos como lo anunció el congresista no servirá de nada mientras
Trump esté en la Casa Blanca. Además, históricamente los demócratas y republicanos
terminan pareciéndose cuando se trata de imponerle a Colombia sus políticas e
intereses. Lo cierto es que Cepeda reacciona tarde: De la Espriella ya está montado y no hay nada qué hacer. Si lo que hoy denuncia lo hubiera usado en la campaña quizás no habría impedido la llegada de Abelardo a la Casa de Nariño, pero sí habría evitado la ruptura al interior del PH.
Al interior del país, está claro
que los agentes de poder económico que instalaron a De la Espriella en el solio
de Bolívar desestimarán las denuncias del congresista pues primero están sus
intereses corporativos, que cualquier consideración ética o moral. La concentración
de la tierra y la explotación minera, la ganadería extensiva y los intereses
inmobiliarios están por encima de consideraciones ecológicas, ambientales, morales
y éticas.
El imaginario que dice que
Colombia es la “democracia más antigua y sólida de América Latina” está
inexorablemente atado a la historia del ethos
mafioso (corrupción público-privada y la injerencia directa de los
narcotraficantes en la economía y la política) que la sociedad en su conjunto
validó y naturalizó. El proceso 8.000 es
la prueba más clara e irrefutable de que los cimientos éticos y morales del
conjunto del Establecimiento colombiano devienen inexorablemente atados a los
intereses de narcotraficantes y paramilitares. Samper fue absuelto a pesar de
que se probó la entrada de dineros del Cartel de Cali a su campaña
presidencial.

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