Por Germán Ayala Osorio
La congresista del Pacto
Histórico, Gloria Arizabaleta tomó la inconstitucional y arbitraria decisión de
suspender provisionalmente al presidente Gustavo Petro hasta el 21 de junio de
2026, día en el que se desarrollará la segunda vuelta presidencial. Los
enemigos y detractores del gobierno consideran que se trata de una “jugadita de
Petro”, sin saber muy bien quién sería el beneficiado. La
“periodista-periodista” Vicky Dávila, hoy respaldando a De la Espriella, dice
que se trata de una jugada política del jefe del Estado y la congresista.
De las mesnadas del Pacto
Histórico respondieron que no se trata de eso y que Arizabaleta estaría
buscando protagonismo, cumplirle el sueño a la derecha de sacar así por unos
días del cargo al presidente de la República y por supuesto generar una crisis
política e institucional que termine por afectar la campaña de Iván Cepeda, así
como la naturalización de una maniobra tramposa que desdice de todos aquellos
que dicen respetar y defender las instituciones y la institucionalidad.
Arizabaleta fue la misma
congresista “que absolvió al inepto ex fiscal general @FBarbosaDelgado
escondiéndose para ayudarlo”, informan desde una cuenta de X. Desde las huestes del periodismo se advierte
que “un Representante a la Cámara NO puede suspender a un presidente. NO
existe tal suspensión. La Representante Arizabaleta lo sabe. O desconoce el
trámite legislativo, o está siendo parte de una treta política. De esas hay
muchas, pero ésta se mete en un terreno muy delicado. No son tiempos para jugar
con las instituciones”. Eso sí, la periodista responsable del texto citado
trabaja para una de las tantas empresas mediáticas que hicieron eco del
exabrupto jurídico de Arizabaleta: presidente Petro suspendido, gritaban
titulares sensacionalistas. De las ganas de tumbarlo, les tocó contentarse con intentar
una espuria suspensión. Hasta donde los llevó el odio.
Es posible pensar que sí se trate de una estrategia electoral pensada en nuevamente hacer ver al presidente Petro como una "víctima" de la "derecha neoliberal, fascista y enemiga del pueblo". Despertar nuevamente esos sentimientos de rechazo en la base popular, a pocos días de las elecciones puede indicar que hay miedo en las huestes petristas y que sienten que está difícil remontar en segunda vuelta.
En Colombia y en particular en su
clase política y dirigente confluyen casi todas las taras civilizatorias posibles
que rodean la vida societal de una nación premoderna e incivilizada como la
colombiana. Al racismo, clasismo, arribismo, misoginia, homofobia y a la aporofobia
hay que sumar la leguleyada o su versión más institucional, la interpretación
jurídica de la constitución y las normas alejada, supuestamente, de
cualquier interés político. El caso de Arizabaleta es ejemplarizante.
Todas estas taras se hicieron aún
más visibles durante los cuatro años del gobierno Petro por cuenta de la
defensa que su gobierno hizo de los más vulnerables, de comunidades afros,
campesinas e indígenas, víctimas de cientos de “tarados[1]”
que las practican con total libertad. Hasta el 6 de agosto del año en curso intentarán
doblegar al presidente Petro, el más incómodo de todos los que pasaron por la
Casa de Nariño. No les importan las instituciones. Su defensa es mera retórica:
lo de ellos es el ejercicio del poder por encima de las leyes y la constitución
y en favor de sus pérfidos intereses de clase. Dicen respetar la institucionalidad,
pero apoyan el arbitrario proyecto político de Abelardo de la Espriella. Sueñan
con poner en el Solio de Bolívar al que tiene un perfil autoritario y fascista.
Un “destripador” de gatos y de todo aquel que piense distinto. Definitivamente,
son tarados.
[1]
Para efectos de esta columna, se consideran “tarados”
a aquellos individuos y grupos de poder que a pesar de saber que exhiben esas
taras civilizatorias, poco o nada hacen para intentar superarlas. Por el
contrario, a diario reafirman su defensa y el orgullo que les produce ser misóginos,
aporofóbicos, leguleyos, clasistas, arribistas y clasistas.
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