viernes, 24 de julio de 2026

SE ACABÓ EL MUNDIAL Y EL FÚTBOL

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Se acabó el Mundial y millones de seres humanos sobrellevan la resaca que produce siempre el final del certamen planetario que prácticamente paralizó al mundo durante un mes largo. Quedan los memes del partido Argentina vs España, las rabietas de los gauchos por haber perdido la copa que ya tenían tejida en sus camisetas y las ya eternas críticas a la FIFA por el VAR y en particular por las relaciones políticas de  Infantino  con el presidente de los Estados Unidos. Se acabó el Mundial y también el fútbol. 

Esta columna es una forma de tramitar esa "resaca emocional". La reflexión gira en torno a la relación política-fútbol, una realidad cada vez más evidente, atravesada, además, por los intereses de actores económicos que se suman al desprestigio de la FIFA y del fútbol. Al fútbol lo está matando la codicia y la mezquindad de su dirigencia. Existen dudas alrededor de los resultados de los partidos. Hasta recaen dudas sobre el manejo del VAR. 

El fútbol, como deporte espectáculo, lleva la política y el poder impregnados en su naturaleza por cuenta de la representación que cada selección hace del Estado-nación de origen. Claro, desde un deber ser que se ve opacado y debilitado por los intereses comerciales de los jugadores, los de las empresas de apuestas y los de las firmas que los patrocinan a ellos y al propio Mundial que acaba de terminar; el incontrastable poder de la FIFA, convertida en una multinacional que garantiza la compra y venta de jugadores en lo que bien se puede asumir como una suerte de esclavitud de nuevo cuño; y finalmente, el real convencimiento patriótico de los miembros de cada selección que dicen defender a dentelladas a sus naciones, cuando realmente están luchando por el bienestar de sus familias; lucha por demás legítima que no debería de ensuciarse con el falso patriotismo (patrioterismo) de los protagonistas, convertidos todos en finas, intocables, intratables y costosas figuritas de Panini.

Y como en todo juego político y del poder, los jugadores, con la ayuda de las empresas mediáticas, apelan a dispositivos retóricos para mantener la atención de cientos de miles de sus connacionales que esperan cada cuatro años para escucharlos decir: vamos a darlo todo por el país”; “La camiseta de la selección es sagrada”; “Jugamos por la bandera". “No hay nada más grande que representar a tu país". Por mi país, por mi gente, por mi patria... salimos a dejar todo en la cancha". "No jugamos solo por nosotros, jugamos por millones que no pueden estar aquí. Esto es para ti, México/Argentina/Brasil/Colombia... esta victoria es de la patria". "Entrenamos juntos, sufrimos juntos, ganamos juntos... por la patria".

Sin duda alguna, figuras retóricas usadas para engañar a unas fanaticadas que buscan huir de las realidades políticas de sus países, pero que se encuentran con el mismo modus operandi de la política interna en cada una de las naciones representadas. El balompié dejó, hace muchos años, de ser un deporte para divertir a los aficionados: se convirtió en un vulgar instrumento de “embobamiento mundial” para matizar y ocultar el genocidio en Gaza y la guerra que viene librando Estados Unidos, uno de los anfitriones del Mundial, contra Irán.

Para el caso colombiano huelga recordar que a la camiseta de la “Sele” la ensuciaron e impregnaron de odio en un contexto social y político caracterizado por el enfrentamiento entre la derecha y la izquierda y la aparición de un anodino therian. Hasta la saciedad se habló del desaire y la patanería de los jugadores de la Selección Colombia con el presidente de la República y su hija Antonella Petro. James Rodríguez fue el capitán en ese momento que, transmitido en vivo y en directo, confirmó que esa Selección no iba en representación de todos los colombianos, sino de los sectores societales desde donde brotaron la animadversión y la inquina hacia la izquierda y el progresismo.

Si James y su combo revisaran con juicio el contexto y el sentido de lo expresado por Diego Armando Maradona en el 2001, quizás llegarían a la conclusión que ese día en el que miraron feo y con evidente desprecio al presidente de la República “mancharon la pelota” y la camiseta de la Selección. Aquí les dejo la frase: “El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.

La crítica deportiva dirá que James, Lucho Díaz y Jerry Mina ya pagaron: la Selección fue eliminada en la tanda de unos penales que aún siguen sin aprender a patear. En su último discurso como presidente de la República, Gustavo Petro dijo “perdieron por codicia y falta de humildad”, en referencia directa a las selecciones de Colombia y Argentina. 

Ojalá la dirigencia del fútbol colombiano emprenda una campaña para limpiar la camiseta de la “Sele”, pues el retiro de aficionados y la molestia de cientos de seguidores del “equipo nacional” se traduce en pérdidas económicas para quienes aprendieron a usar las señaladas figuras retóricas para manipular a la fanaticada. 

Lo cierto es que en cuatro años volverán las empresas mediáticas a manipular las emociones de los colombianos que anhelan que la Selección gane una copa del mundo para liberar penas, odios y fracasos, pero, sobre todo, para sentirse felices por un triunfo ajeno, que se vende como si fuera propio.



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