Por Germán Ayala Osorio
Las empresas mediáticas, entre
ellas Noticias Caracol,
llevan cuatro años insistiendo en que el “país está polarizado” entre dos
extremos ideológicos y políticos inconvenientes e irreconciliables;
curiosamente, esas circunstancias polarizantes sirvieron para exponer realidades
culturales que de otra manera jamás hubiesen salido a flote. Más claro: “gracias”
a la polarización
política una parte importante de la sociedad entendió que por primera vez hay
un proyecto de país que supera con creces al que el Establecimiento impuso de
tiempo atrás. Hablo del progresismo como propósito y camino para superar las
atávicas y naturalizadas formas de vida y ejercicios del poder que confluyen en
la figura jurídica Estado de Cosas Inconstitucional.
Al consolidar la narrativa de la
polarización política, el periodismo, siguiendo su lógica noticiosa, reduce la
complejidad que está detrás de los sentimientos, prácticas comunicativas,
acciones y pasiones que dan vida a ese fenómeno sociopolítico y cultural que angustia
a los periodistas, pero que ha resultado revelador para millones de colombianos
sometidos por el poder político
hegemónico de una élite rentista y precapitalista interesada exclusivamente en
privatizar el Estado y ponerlo a su servicio.
Por tratarse de una acción deliberada
de los agentes informativos tradicionales de reducir la polarización
a un problema de pasiones electorales impulsadas por caudillos, las audiencias,
analistas y políticos aceptan la existencia del fenómeno societal sin buscarle
explicaciones históricas, pero sobre todo a una realidad política que no es
exclusiva de Colombia: la radicalización de la derecha con todo y lo que ello
significa en materia del debilitamiento de garantías constitucionales y
derechos individuales, así como los riesgos ecológicos, ambientales y ético-estéticos
de un modelo económico extractivo que llevó al planeta a la situación crítica
que se traduce hoy en el cambio climático o la pluricrisis climática.
Sara Tufano,
en magistral columna publicada en El Tiempo en 2020, pulveriza la narrativa de
la polarización de esta manera: “La idea de que Colombia vive una intensa
polarización se popularizó durante la campaña presidencial de 2018. En ese
entonces, varios simpatizantes de la Colombia Humana explicamos que no se
trataba de la oposición entre dos extremos equivalentes, puesto
que mientras el proyecto uribista buscaba hacer trizas los acuerdos, la
Colombia Humana buscaba preservar el acuerdo de paz y ampliar la democracia.
En el debate público nos enfocamos en desmentir la idea de que la Colombia
Humana se situaba en un extremo del espectro político, ni podía ser equivalente
a la extrema derecha personificada por Álvaro Uribe, pero poco se habló del
origen de la idea de la polarización”.
Por supuesto que esa narrativa,
como lo indicó Tufano en la referida columna, beneficia al siempre fantasmal
centro político que, para la actual campaña presidencial, representan Claudia
López Hernández y Sergio Fajardo
Valderrama; estos dos aspirantes a sentarse en el Solio de Bolívar son
políticos ambivalentes y fichas del viejo Establecimiento ofrecen “superar la
polarización” negándose a señalar y criticar a los agentes patronales
responsables de haber generado durante más de 50 años las vergonzantes condiciones
de vida en las que llevan sobreviviendo millones de connacionales. Fajardo y López
caen en la trampa discursiva que se desprende de la narrativa periodística: pongamos
al progresismo y a sus más visibles exponentes en el mismo nivel de inmoralidad
e insostenibilidad sistémica del proyecto de país que encarnan candidatos como
Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, ungidos por el expresidente Álvaro
Uribe Vélez. Este último, el más efectista, radical y efectivo intérprete
de esa idea de sociedad y Estado que tienen los banqueros y otros agentes
económicos que hacen parte de esa élite responsable en grado sumo de la
desigualdad, la extrema pobreza y la concentración de la riqueza y la tierra en
pocas manos.
La disputa electoral y política
no está entre la extrema izquierda (Iván Cepeda) y la extrema derecha (Abelardo
de la Espriella).
Cepeda le apuesta a profundizar al democracia y las reformas sociales sin tocar
el modelo económico; mientras que de llegar a la Casa de Nariño el abogado “mata
gatos”, Abelardo de la Espriella, como sociedad estaríamos abocados a sufrir
retrocesos en materia de derechos y garantías constitucionales, incluidas por
supuesto las acciones medio ambientales tendientes a potrerizar selvas, autorizar
el fracking y a revivir la minería en páramos, en nombre del mismo modelo
extractivista que provocó la crisis climática que hoy padece el planeta. Un eventual
gobierno de Paloma Valencia
haría lo mismo que el otro ungido por el expresidiario Álvaro Uribe Vélez.
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