Por Germán Ayala Osorio
De la Espriella y Paloma Valencia
Laserna son hijos y dignos representantes de la Colombia premoderna,
insolidaria, violenta, neoliberal e individualista. Ambos promueven la idea de
un Estado corporativo puesto al servicio de precapitalistas y rentistas que desdicen
de sus procesos civilizatorios lo que les permite aportar a la consolidación
del racismo estructural y del siempre malicioso clasismo.
Usan los conceptos de Libertad, Capitalismo
y Democracia para meterle miedo a los colombianos a los que la derecha
mediática y política lleva más de 50 años asustándolos con el fantasma del
“comunismo”. Para Valencia y De la Espriella la libertad tiene la siguiente
acepción: “la facultad de que todos aquellos que ostentan poder hegemónico
puedan disponer de los recursos que brinda un país biodiverso como Colombia e
incluso de la vida de gente incómoda como indígenas, campesinos y pueblos afros”.
Frente a la idea de Capitalismo,
estos dos ladinos políticos y fichas del Establecimiento lo entienden en sus
etapas más tempranas. Más bien lo piensan desde el carácter feudal con el que
han logrado mantener relaciones de dominación económica, social y política que
convirtieron a Colombia en una mega hacienda repartida entre 4 ó 5 familias
poderosas que insisten en extender en el tiempo el modelo de la gran plantación
en donde realmente se sienten cómodos en sus roles de patronos, señores
feudales o neo encomenderos.
En cuanto al significado del
concepto Democracia, ambos policastros la asumen como un régimen de poder en el
que una minoría poderosa está obligada y autorizada, por tradición, a someter a
las grandes mayorías. Se sienten orgullosos de esa idea que señala que “Colombia
es la democracia más antigua de América”, frase eufemística con la que
lograron por muchos años minimizar o esconder las realidades antidemocráticas
de un régimen de poder mafioso y violento. Baste con recordar los episodios de
la época de la Violencia, la alianza paramilitar establecida por miembros de
una élite criminal y los gobiernos de Turbay Ayala, Uribe Vélez, Santos y
Duque. El común denominador de esas administraciones es la violación sistémica, sistemática y dirigida de los derechos humanos de aquella gente vista históricamente como
“indeseable e incómoda” de la que había, sí o sí, “sacar de circulación”. Las sobrevivientes
“guerrillas de izquierda” se parecen mucho a los actores políticos y armados con
los que la ultraderecha masacró campesinos, asesinó a los militantes de la UP y
capturó instituciones del Estado.
En contraste con lo que
representan Paloma Valencia, la “hija” de Uribe y el abogado pica pleitos
que insiste en que la ética nada tiene que ver con el derecho, el
candidato del progresismo, Iván Cepeda Castro llega a la contienda electoral
con unas conceptualizaciones disímiles alrededor de los vocablos Libertad, Capitalismo
y Democracia. Frente al primero, Cepeda cree en una libertad con límites para
los poderosos que se aprovecharon siempre de la captura mafiosa del Estado o
promovieron su debilidad para operar desde los intereses de clase de una élite
aviesa que manda aún sin una idea consolidada de Nación. En cuanto al
Capitalismo, Cepeda, al igual que Petro, cree que con ese sistema de producción
se puede garantizar bienestar colectivo. No habla de socialismo y mucho menos
de comunismo. Le apunta a socialdemocracia y a la generación de riqueza que
coadyuve a superar la vergonzante pobreza y las inequidades.
En el caso de la Democracia,
Cepeda cree en el diálogo horizontal entre diferentes para llegar a consensos;
le apunta al cumplimiento de lo prescrito en la Carta Política a través de
instituciones estatales, organizaciones sociales, partidos políticos y los
gobiernos progresistas instaladas en la Modernidad a la que siempre le huyeron
Valencia y De la Espriella. Cepeda defiende los derechos de las minorías
maltratadas, discriminadas y violentadas por privados y el propio Estado
capturado este último por las élites que representan los candidatos que Uribe
quiere imponer.
Que Paloma Valencia diga que
“Uribe es su papá” y que para Abelardo de la Espriella el político antioqueño
sea su “referente ético-político y un patriota ejemplar” explica con
claridad que para los dos candidatos presidenciales lo más importante no es el
Estado, las instituciones y la
construcción de una verdadera Democracia, sino los individuos con poder y
capacidad para someter a quienes reclaman el derecho a vivir bajo la protección
de un legítimo, ejemplar y viable Estado Social de Derecho. A manera de conclusión: Cepeda le apunta a
consolidar la Nación imaginada y soñada por quienes creen que nos merecemos,
como pueblo, otra suerte; mientras que la “hija” de Uribe y De la Espriella,
representan el pasado y le apuntan a mantener las condiciones propias de un
Estado fallido o semi fallido, escenario en el que la derecha se siente a
gusto.
Adenda: Sergio Fajardo y
Claudia López jamás supieron construir un centro político porque ellos
coquetean con la élite premoderna que lleva años manipulando los hilos del
poder económico y político. Sus candidaturas no le apuntan a un cambio, ni siquiera a un ajuste en las lógicas del poder hegemónico.
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