jueves, 28 de mayo de 2026

LO QUE DEJA LA ACTUAL CAMPAÑA PRESIDENCIAL

 


Por Germán Ayala Osorio

 

Próxima a terminar, la actual campaña presidencial confirma realidades que hacen pensar en que cualquier promesa de cambio debe pasar, inexorablemente, por una “revolución cultural” que hasta el momento nadie está dispuesto a liderar, ni desde el Estado y mucho menos desde las huestes de una sociedad civil fragmentada y tocada por la codicia. Todos los aspirantes presidenciales hablan de un “cambio” que supere las condiciones anómalas en las que sobreviven millones de colombianos, alimentadas por las perversas institucionalidades privadas y estatales; prometen un cambio pero ignoran las complejidades de una sociedad como la colombiana que se mueve entre la premodernidad y la modernidad.

Una de esas realidades toca de manera directa a las empresas mediáticas cuya naturaleza política sobrepasó su tradicional rol (des) informativo reconocido socialmente como vital para la generación de una opinión pública capaz de mantener y defender la idea formal, procedimental y precaria de la democracia colombiana.

Bastaron los cuatro años del gobierno Petro para que sus propietarios, directivos y periodistas terminaran atrapados en las lógicas propagandísticas y los reduccionismos de influenciadores, bodegas y youtubers en un mundo inundado de información e incomunicado por la gracia de los celulares y los nuevos lenguajes pensados y diseñados para no reconocernos. Bajo esas circunstancias, la crisis ética y la pérdida de credibilidad del periodismo deviene incontrastable pero perfectamente compatible con los nuevos tiempos de las escuelas de periodismo en las que el análisis del discurso periodístico y la posibilidad de confrontar a los medios masivos quedaron prácticamente proscritos.

La consolidación de las redes sociales, en particular TikTok e Instagram, como los nuevos escenarios de socialización constituye otra realidad que nos deja la actual campaña presidencial; en esas plataformas las propuestas de los candidatos presidenciales y el manejo de todo tipo de sensaciones confrontan a las viejas dinámicas del periodismo tradicional que se ve superado por la estética del Entretenimiento y la Reducción de la Complejidad (ERC) que se promueven en esas dos redes.

Atada a esa estética, la Política se va vaciando de sentido lo que permite su reducción a las formas de la persuasión emocional fundada en el miedo y el odio, sentimientos propios de una sociedad como la colombiana, con todo y los miembros de sus élites, que desdice de sus procesos de mestizaje. Por ese camino se naturalizó el racismo y el clasismo como taras civilizatorias visibles que, de la mano de la aporofobia, la misoginia y el sistema patriarcal imperante, continúan validando a “machitos” como Abelardo de la Espriella, Santiago Botero y Álvaro Uribe Vélez; los dos primeros, candidatos presidenciales y el tercero, expresidiario y referente de cientos de miles de hombres violentos, básicos, impulsivos, malhablados, cafres, mentirosos, corruptos, feminicidas, mafiosos, acosadores sexuales y laborales.

Pronto terminará esta campaña electoral que sirvió para confirmar la vigencia inmoral de Uribe y de todo lo que él representa social y políticamente. Justo en las mesnadas uribistas están los más significativos obstáculos para avanzar hacia estadios civilizatorios y culturales que nos acerquen, por fin, a vivir como República. Eso sí, haber sido derrotados en el 2022 por el progresismo que encarnó en ese momento Gustavo Petro es un avance y un cambio, pero aún falta mucho. Incluso, un triunfo de Cepeda tampoco será suficiente para el objetivo máximo de superar la desigualdad, la pobreza y el ethos mafioso.

Una victoria de Paloma Valencia o de Abelardo de la Espriella se asume como un retroceso en materia socioambiental, ecológica, económica y política; pero también sería la confirmación de que como país estamos condenados a vivir bajos las condiciones de una plutocracia y/o kakistocracia que ellos dos representan.

 

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