Por Germán Ayala Osorio
Nadie discute que el proyecto de país
que impulsa la candidatura de Iván Cepeda Castro es diametralmente distinto al
que tienen en sus cabezas Paloma Valencia Laserna y Abelardo de la Espriella, los
candidatos de la derecha y la ultraderecha uribizadas. En esta columna no voy a
exponer las diferencias entre los programas diseñados por cada uno de los candidatos
presidenciales.
Más allá del sentido de los eslóganes
de las campañas y de quién finalmente resulte electo presidente o presidenta de
la República de Colombia, después del 7 de agosto hay realidades que seguirán su
curso en medio del cambio que busca consolidar Cepeda y el regreso al pasado al
que nos llevarían Valencia Laserna y/o Abelardo de la Espriella. Y es así
porque en Colombia hay realidades atávicas
fruto de taras civilizatorias que histórica y culturalmente nos definen como
sociedad premoderna, violenta y con altos grados de estupidez.
Hablo del ethos mafioso
que Cepeda ingenuamente cree poder proscribir con una “revolución ética” que,
para el caso, está atada diacrónicamente a la inmoralidad social y religiosa que
todos los días vemos registrada en los medios masivos de información, agentes igualmente
impúdicos al servicio de banqueros avaros y codiciosos. Por bien que le vaya a
Iván Cepeda en su eventual papel de jefe de Estado, la corrupción público-privada
continuará porque responde a las condiciones propias de una tara civilizatoria.
De hecho, en el gobierno Petro hubo hechos de corrupción que ensuciaron la maximalista
promesa del Cambio, al tiempo que confirmaron la condición perenne de esa falla
que arrastramos como sociedad. Al final, es un rasgo distintivo de la condición
humana.
La violencia armada que
ejercen las “guerrillas” hace parte de ese grupo de taras civilizatorias que
dicen mucho de la pérdida del sentido de la historia, la política, la
democracia y del sentido común de los comandantes de esas agrupaciones por
fuera de la ley. Los atentados terroristas, masacres, hostigamientos,
secuestros, retenes ilegales, ataques y enfrentamientos con policías y militares
continuarán indefinidamente: haya o no haya diálogos de paz y se insista en la
Paz Total o en la Guerra Total.
El anacronismo de las disidencias
farianas, del ELN y del Clan del Golfo, entre otras agrupaciones, coincide perfectamente
con la tercera ley de la estupidez humana que Carlos Cipolla definió así: “Una
persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de
personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo
un perjuicio[1]”.
La tercera ley que propone
Cipolla se aplica a ciudadanos del común, a los miembros de la élite, de la clase
política y eclesiástica y a todo aquel que, en ejercicio del poder, por pequeño
que sea, actúa con el objetivo de afectar la vida de uno o de más ciudadanos.
El modelo de desarrollo,
amparado en la deforestación por la vía de la potrerización de selvas y otros valiosos
ecosistemas naturales-históricos, en los monocultivos de caña de azúcar y
palma africana y en la especulación financiera que también toca al valor de la
tierra, seguirá su curso, poniendo en riesgo la sostenibilidad sistémica,
dejándole el camino libre al único tipo de sostenibilidad que le interesa
promover a los dueños del país: la económica. Esa es otra forma de estupidez.
Si Cepeda triunfa, el proyecto
progresista seguirá siendo atacado y torpedeado desde las altas cortes, el
Congreso y las empresas mediáticas, salvo que se logre en los primeros meses de
su mandato un acuerdo nacional con los agentes más representativos y anacrónicos
del Establecimiento colombiano.
En caso de darse un triunfo de
Abelardo de la Espriella, la estupidez de la que habla Carlos Cipolla será el
combustible con el que las altas cortes frenarán las reformas laboral y
pensional e intentarán reversar las medidas de corte social adoptadas por el gobierno
Petro. Este Bukele criollo, histriónico y con visos de misoginia será el imán
que atraerá a todas las taras
civilizatorias que arrastramos como colectivo. Asusta pensar en todo lo que
podemos retroceder en materia de humanidad con un gobierno de Abelardo de la
Espriella.
Si Paloma Valencia logra acceder
al Solio de Bolívar, lo que en el país sucedería no se aleja mucho de la
espeluznante realidad social, política y económica planteada líneas atrás con un
eventual triunfo del abogado que se ufana al decir que “la ética nada tiene
que ver con el derecho”.
Después del 31 de mayo, o en su
defecto del 21 de junio, sea cual fuere el resultado electoral y político,
Colombia seguirá expresando sus atávicos problemas societales. Para cambiar nuestras
realidades se requiere de una “revolución
cultural” que arrancará cuando haya un acuerdo nacional, pero sobre todo del
reconocimiento de que nos odiamos y nos avergonzamos de nuestro proceso de mestizaje.
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