miércoles, 27 de mayo de 2026

DESPUÉS DE LA PRIMERA VUELTA...

 



Por Germán Ayala Osorio

 

Nadie discute que el proyecto de país que impulsa la candidatura de Iván Cepeda Castro es diametralmente distinto al que tienen en sus cabezas Paloma Valencia Laserna y Abelardo de la Espriella, los candidatos de la derecha y la ultraderecha uribizadas. En esta columna no voy a exponer las diferencias entre los programas diseñados por cada uno de los candidatos presidenciales.

Más allá del sentido de los eslóganes de las campañas y de quién finalmente resulte electo presidente o presidenta de la República de Colombia, después del 7 de agosto hay realidades que seguirán su curso en medio del cambio que busca consolidar Cepeda y el regreso al pasado al que nos llevarían Valencia Laserna y/o Abelardo de la Espriella. Y es así porque en Colombia hay realidades atávicas fruto de taras civilizatorias que histórica y culturalmente nos definen como sociedad premoderna, violenta y con altos grados de estupidez.

Hablo del ethos mafioso que Cepeda ingenuamente cree poder proscribir con una “revolución ética” que, para el caso, está atada diacrónicamente a la inmoralidad social y religiosa que todos los días vemos registrada en los medios masivos de información, agentes igualmente impúdicos al servicio de banqueros avaros y codiciosos. Por bien que le vaya a Iván Cepeda en su eventual papel de jefe de Estado, la corrupción público-privada continuará porque responde a las condiciones propias de una tara civilizatoria. De hecho, en el gobierno Petro hubo hechos de corrupción que ensuciaron la maximalista promesa del Cambio, al tiempo que confirmaron la condición perenne de esa falla que arrastramos como sociedad. Al final, es un rasgo distintivo de la condición humana.

La violencia armada que ejercen las “guerrillas” hace parte de ese grupo de taras civilizatorias que dicen mucho de la pérdida del sentido de la historia, la política, la democracia y del sentido común de los comandantes de esas agrupaciones por fuera de la ley. Los atentados terroristas, masacres, hostigamientos, secuestros, retenes ilegales, ataques y enfrentamientos con policías y militares continuarán indefinidamente: haya o no haya diálogos de paz y se insista en la Paz Total o en la Guerra Total.

El anacronismo de las disidencias farianas, del ELN y del Clan del Golfo, entre otras agrupaciones, coincide perfectamente con la tercera ley de la estupidez humana que Carlos Cipolla definió así: Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio[1].

La tercera ley que propone Cipolla se aplica a ciudadanos del común, a los miembros de la élite, de la clase política y eclesiástica y a todo aquel que, en ejercicio del poder, por pequeño que sea, actúa con el objetivo de afectar la vida de uno o de más ciudadanos.

El modelo de desarrollo, amparado en la deforestación por la vía de la potrerización de selvas y otros valiosos ecosistemas naturales-históricos, en los monocultivos de caña de azúcar y palma africana y en la especulación financiera que también toca al valor de la tierra, seguirá su curso, poniendo en riesgo la sostenibilidad sistémica, dejándole el camino libre al único tipo de sostenibilidad que le interesa promover a los dueños del país: la económica. Esa es otra forma de estupidez.

Si Cepeda triunfa, el proyecto progresista seguirá siendo atacado y torpedeado desde las altas cortes, el Congreso y las empresas mediáticas, salvo que se logre en los primeros meses de su mandato un acuerdo nacional con los agentes más representativos y anacrónicos del Establecimiento colombiano.

En caso de darse un triunfo de Abelardo de la Espriella, la estupidez de la que habla Carlos Cipolla será el combustible con el que las altas cortes frenarán las reformas laboral y pensional e intentarán reversar las medidas de corte social adoptadas por el gobierno Petro. Este Bukele criollo, histriónico y con visos de misoginia será el imán que atraerá a todas las taras civilizatorias que arrastramos como colectivo. Asusta pensar en todo lo que podemos retroceder en materia de humanidad con un gobierno de Abelardo de la Espriella.

Si Paloma Valencia logra acceder al Solio de Bolívar, lo que en el país sucedería no se aleja mucho de la espeluznante realidad social, política y económica planteada líneas atrás con un eventual triunfo del abogado que se ufana al decir que “la ética nada tiene que ver con el derecho”.

Después del 31 de mayo, o en su defecto del 21 de junio, sea cual fuere el resultado electoral y político, Colombia seguirá expresando sus atávicos problemas societales. Para cambiar nuestras realidades se requiere de una “revolución cultural” que arrancará cuando haya un acuerdo nacional, pero sobre todo del reconocimiento de que nos odiamos y nos avergonzamos de nuestro proceso de mestizaje.



[1] Tomado de Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana. Carlos M. Cipolla.

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