Por Germán Ayala Osorio
Cada cuatro años las audiencias concurren
a votar por proyectos políticos pensados por candidatos presidenciales que
creen a pie juntillas y con la fe del carbonero que es posible gobernar a una
sociedad como la colombiana que se mueve entre consolidadas taras
civilizatorias, un invencible ethos mafioso y una equívoca idea de
para qué sirve el Estado.
El racismo y el clasismo son
quizás las más fuertes taras civilizatorias que como sociedad exhibimos y
arrastramos, lo que facilita la exclusión de bastos territorios en donde
sobreviven comunidades campesinas, pueblos afros e indígenas, asumidos por la
clase política y empresarial como “gente incómoda” que debe ser excluida
o eliminada simbólica y ojalá físicamente. Ninguno de los candidatos presidenciales
se atreve a hacer referencia a esas taras y mucho menos a proponer caminos
educativos para superarlas y proscribir las prácticas socioculturales que las
reproducen.
Si miramos con atención el origen
de los candidatos y lo que representan social y políticamente, entonces podemos
entender la fortaleza de esas dos taras: Paloma Valencia Laserna, la “muñeca” del
expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez es una digna representante del
racismo y el clasismo. Valencia odia a los indígenas, a los negros y al
campesinado. Sus propuestas de “dividir el Cauca entre mestizos e indígenas”
y “poner a aguantar hambre a los indígenas que bloqueen la Panamericana”
no son “salidas en falso”: se trata de expresiones de odio construidas
históricamente y validadas a través de políticas públicas. Baste con nombrar la
política de seguridad democrática para entender que esas taras civilizatorias
se reproducen desde el Estado y sectores privilegiados. A la guerra interna van
indígenas, afros y campesinos pobres. Los hijos de la élite ni siquiera prestan
servicio militar.
Abelardo de la Espriella comparte
con Valencia ese lugar de enunciación desde el que desconoce el valor cultural
y antropológico de aquellas comunidades subalternas víctimas del racismo y el
clasismo. El abogado que considera que la ética nada tiene que ver con el ejercicio
del derecho es, además de fatuo, el más elegante reproductor de esas dos
fallas. Aunque se muestra como “salvador de los pobres”, su patrioterismo termina
por reproducir esas taras civilizatorias de las que vengo hablando.
Aunque el ethos mafioso podría
considerarse como una tara civilizatoria más, para efectos de esta columna se
asume como un problema cultural grave que los aspirantes a llegar a la Casa de
Nariño confían en que es posible de superar o transformar. Entonces, hablan de “acabar
con la corrupción” público privada, expresión clara de la existencia de ese
ethos que nos identifica como sociedad mafiosa, ventajosa y corrupta.
Cepeda propone una “revolución
ética” casi imposible de ejecutar y lograr en una sociedad que deviene moral y
éticamente confundida. Confusión que todos los días se alimenta desde las empresas
mediáticas, convertidas de tiempo atrás en faros inmorales en virtud de que
como actores políticos terminan por encubrir y legitimar las andanzas de los
politicastros que han gobernado al país desde los inicios de la República.
La idea que del Estado tienen Cepeda,
Valencia y De la Espriella, para citar solamente a los tres que puntean en las
encuestas, sirve para constatar que las señaladas taras civilizatorias y el
ethos mafioso adquieren el carácter de circunstancias estructurales difíciles
de proscribir. El ungido de Petro cree en un Estado que proteja la vida y los
derechos de los más vulnerables; mientras que la nieta de Guillermo León
Valencia y el abogado defensor de Alex Saab, empresario cercano al régimen
venezolano, ofician como agentes neoliberales que le apuestan a la privatización
de esa forma de dominación que llamamos Estado y por ese camino, servirles a
unas cuantas familias que desdicen de sus propios procesos de mestizaje.
Gobernar a Colombia bajo esas
condiciones y circunstancias es una enorme utopía, pues todos los días nos
afianzamos como un colectivo distópico cuyos miembros se acostumbraron a vivir
en medio de procesos deshumanizantes que nos acercan a estadios barbáricos.
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