jueves, 23 de abril de 2026

LA UTOPÍA DE GOBERNAR A COLOMBIA

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Cada cuatro años las audiencias concurren a votar por proyectos políticos pensados por candidatos presidenciales que creen a pie juntillas y con la fe del carbonero que es posible gobernar a una sociedad como la colombiana que se mueve entre consolidadas taras civilizatorias, un invencible ethos mafioso y una equívoca idea de para qué sirve el Estado.

El racismo y el clasismo son quizás las más fuertes taras civilizatorias que como sociedad exhibimos y arrastramos, lo que facilita la exclusión de bastos territorios en donde sobreviven comunidades campesinas, pueblos afros e indígenas, asumidos por la clase política y empresarial como “gente incómoda” que debe ser excluida o eliminada simbólica y ojalá físicamente. Ninguno de los candidatos presidenciales se atreve a hacer referencia a esas taras y mucho menos a proponer caminos educativos para superarlas y proscribir las prácticas socioculturales que las reproducen.

Si miramos con atención el origen de los candidatos y lo que representan social y políticamente, entonces podemos entender la fortaleza de esas dos taras: Paloma Valencia Laserna, la “muñeca” del expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez es una digna representante del racismo y el clasismo. Valencia odia a los indígenas, a los negros y al campesinado. Sus propuestas de “dividir el Cauca entre mestizos e indígenas” y “poner a aguantar hambre a los indígenas que bloqueen la Panamericana” no son “salidas en falso”: se trata de expresiones de odio construidas históricamente y validadas a través de políticas públicas. Baste con nombrar la política de seguridad democrática para entender que esas taras civilizatorias se reproducen desde el Estado y sectores privilegiados. A la guerra interna van indígenas, afros y campesinos pobres. Los hijos de la élite ni siquiera prestan servicio militar.

Abelardo de la Espriella comparte con Valencia ese lugar de enunciación desde el que desconoce el valor cultural y antropológico de aquellas comunidades subalternas víctimas del racismo y el clasismo. El abogado que considera que la ética nada tiene que ver con el ejercicio del derecho es, además de fatuo, el más elegante reproductor de esas dos fallas. Aunque se muestra como “salvador de los pobres”, su patrioterismo termina por reproducir esas taras civilizatorias de las que vengo hablando.

Aunque el ethos mafioso podría considerarse como una tara civilizatoria más, para efectos de esta columna se asume como un problema cultural grave que los aspirantes a llegar a la Casa de Nariño confían en que es posible de superar o transformar. Entonces, hablan de “acabar con la corrupción” público privada, expresión clara de la existencia de ese ethos que nos identifica como sociedad mafiosa, ventajosa y corrupta.

Cepeda propone una “revolución ética” casi imposible de ejecutar y lograr en una sociedad que deviene moral y éticamente confundida. Confusión que todos los días se alimenta desde las empresas mediáticas, convertidas de tiempo atrás en faros inmorales en virtud de que como actores políticos terminan por encubrir y legitimar las andanzas de los politicastros que han gobernado al país desde los inicios de la República.

La idea que del Estado tienen Cepeda, Valencia y De la Espriella, para citar solamente a los tres que puntean en las encuestas, sirve para constatar que las señaladas taras civilizatorias y el ethos mafioso adquieren el carácter de circunstancias estructurales difíciles de proscribir. El ungido de Petro cree en un Estado que proteja la vida y los derechos de los más vulnerables; mientras que la nieta de Guillermo León Valencia y el abogado defensor de Alex Saab, empresario cercano al régimen venezolano, ofician como agentes neoliberales que le apuestan a la privatización de esa forma de dominación que llamamos Estado y por ese camino, servirles a unas cuantas familias que desdicen de sus propios procesos de mestizaje.  

Gobernar a Colombia bajo esas condiciones y circunstancias es una enorme utopía, pues todos los días nos afianzamos como un colectivo distópico cuyos miembros se acostumbraron a vivir en medio de procesos deshumanizantes que nos acercan a estadios barbáricos.




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