Por Germán Ayala Osorio
La polarización política y la
crispación ideológica que se vive en el país de tiempo atrás se trasladó a los
núcleos familiares en los que ocurren “enfrentamientos” entre petristas y uribistas.
Primas, primos, tíos, tías, padres y madres se enfrascan en discusiones que terminan
en “peleas” que fracturan los entornos de familias unidas.
Y tal como sucede en el ámbito de
las redes sociales y la opinión pública, en las familias colombianas las
discusiones suelen alimentarlas la información sesgada que entregan los medios
hegemónicos (uribizados), las lecturas de los activistas que defienden sin
matices al gobierno Petro, la falta de antecedentes de los participantes, un
alto déficit de lectura critica de la historia y del devenir del Establecimiento
colombiano y quizás lo más preocupante el débil dominio conceptual de quienes participan de
esas discusiones acaloradas en las que las opiniones ligeras y mediatizadas se
ponen por encima de las categorías de las ciencias sociales que entran en juego
en esos altercados. Ojalá los más vociferantes, sean petristas o uribistas, lleguen leídos y cargados de argumentos.
Se trata, entonces, de diálogos
acalorados en los que sobresalen la doxa, las contradicciones conceptuales y
las lecturas moralizantes con las que se reducen las complejidades del país a un
asunto entre “buenos” y “malos”. Ese es quizás el origen de esas discusiones
que se tornan eternas y que afectan las relaciones entre primos, hermanos y
padres.
Lo más sensato para evitar
rupturas al interior de las familias es partir de unos conceptos mínimos para
que las conversaciones transcurran de la mejor manera. Es muy común en esos
espacios escuchar confusiones entre los conceptos de Estado y Gobierno, usados erróneamente
como sinónimos. Luego, exponer las acepciones de legitimidad y hegemonía, conceptos
clave para tratar de analizar los hechos que a diario ocurren en el país; y para
quitarle a los hechos noticiosos ese carácter de realidad absoluta con el que
llegan a cada ciudadano, las tías y los primos uribistas y petristas deberían
de entender las lógicas informativas de los medios masivos y ojalá avanzar en
el análisis del discurso periodístico (lo dicho y lo no dicho), los tratamientos
de las imágenes y los intereses corporativos (políticos y económicos) de las empresas
mediáticas. Todo lo anterior, sostenido en la aplicación del enfoque de
sistemas, factor definitivo al momento de iniciar discusiones políticas.
Evitar las lecturas apasionadas
también ayuda a que las confrontaciones de ideas transcurran en un ambiente de mutuo
respeto. Cada palabra y gesto cuentan en esos momentos en los que cada familiar
intenta convencer al otro. Las malquerencias que desatan Petro y Uribe
contaminan los escenarios dialógicos. No es posible exponer argumentos cuando
se odia. Y para avanzar en diálogos respetuosos, lo mejor es que cada uno de
los participantes reconozca que la corrupción público-privada, la pobreza, la
discriminación, el racismo, el clientelismo y la desigualdad, entre otros, son problemas
estructurales que devienen atados a una cultura dominante y a unas prácticas de
las que de manera directa o indirecta han participado los miembros de las
familias divididas entre petristas y uribistas. La conciencia de clase resulta
clave en esos eventos dialógicos: saber de dónde vengo siempre será importante
al momento de definir qué sectores de poder estoy defendiendo o atacando.
Eso sí, lo mejor que pueden hacer
los que participan de esas acaloradas discusiones es aceptar la condición
aviesa de los seres humanos, en particular la de los politicastros que pululan
en el país. Enemistarse por la política y los políticos jamás valdrá la pena. Aprender
a discutir al interior de las familias podría disminuir un poco los altos
niveles de crispación y polarización que vemos a diario en las redes sociales y
los medios masivos en torno a la campaña presidencial.
Así es, las discusiones al interior de las familias son intensas con este tema, es imposible no estar de acuerdo con la apreciación del otro pues se desencadena una lucha de palabras en tonos tan altos que podrían ser la envidia de los fanáticos al Karaoke.
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