Por Germán Ayala Osorio
La actual campaña presidencial
parece condenada a la discusión moral que despiertan la homosexualidad, la
adopción de parejas del mismo sexo y la eutanasia. Otros asuntos aparecen en la
discusión electoral: la desbordada inseguridad en las principales ciudades y la
consecución de la paz, por las buenas o por las malas, en los territorios en
los que operan bandas postguerrilleras o narcoguerrillas. Quizás haya que volver
a hablar de Paz con la Naturaleza como una apuesta que supere la calentura
electoral de una campaña presidencial en la que se promueve el odio y la lucha
de clases.
La prensa hegemónica lleva por lo
menos dos semanas hablando de la homosexualidad de Juan Daniel Oviedo y los
impactos morales de su llegada a la campaña de Paloma Valencia, digna representante
de la Colombia homofóbica, morronga, mojigata, ladina, camandulera, simuladora,
farisea, melindrosa, puritana, timorata, cachonda, premoderna y rígida. A los
periodistas afectos a la derecha les fascina reducir la complejidad de las
realidades de un país diverso y biodiverso a enfrentamientos ideológicos (morales);
además de promover miedos alrededor de un “nuevo rayo homosexualizador” y del neocomunismo
que promueve Iván Cepeda.
Por supuesto, la crisis del
sistema de salud aparece como un tema de campaña mirado desde dos perspectivas:
la derecha, representada por Paloma Valencia ofreció pagar las deudas de las
EPS con recursos de la Nación, lo que no es otra cosa que “borrón y cuenta nueva”
de las prácticas corruptas que llevaron al colapso del sistema; y la del
progresismo que presentará nuevamente la reforma a la salud para ver si se
logra proscribir el ethos mafioso con el que las juntas directivas de las EPS
venían operando hasta que llegó Petro a tratar de ponerlos en cintura con la
ADRES y la vigilancia institucional sobre los otros eslabones que hacen del
sistema de aseguramiento en salud el escenario propicio para que unos cuantos se enriquezcan
a costillas del Estado y del bienestar de los pacientes (clientes).
El asunto del desarrollo
sostenible o de la sostenibilidad sistémica atado a la crisis climática (cambio
climático) parece relegado a un segundo plano por todas las campañas, empeñadas
en estas primeras semanas en presentar temas generales, propuestas a
problemáticas puntuales en realidades territoriales o simplemente a responder señalamientos
y ataques que empobrecen la discusión pública. Así las cosas, parecen
desvanecerse los constantes llamados de atención que por largos tres años hizo
el presidente Petro
en torno a la transición energética, el (re) ordenamiento del territorio
alrededor del agua, planteados en el actual Plan de Desarrollo; las reservas campesinas
y el diálogo urgente que hay que promover entre latifundistas, ganaderos y comunidades
interesadas en mantener las fincas eco nativas y el minifundio.
En el país se siguen planteando dinámicas de desarrollo económico que desconocen el valor estratégico de
la riqueza de ecosistemas
selváticos que se resisten a morir ante la arremetida de la ganadería
extensiva, la minería legal e ilegal, la exploración de petróleo, la
explotación de recursos del subsuelo como el coltán y por supuesto el modelo de la gran plantación
animado por la especulación inmobiliaria. Hay que sumar los efectos ecológicos
que dejan los bombardeos y la presencia de las bandas narcoguerrilleras en
selvas húmedas.
No hay en estos momentos en el
país un partido político que recoja las banderas del ambientalismo
de décadas pasadas. La Alianza Verde, por ejemplo, jamás maduró un discurso
ambiental. Le corresponde al Pacto Histórico volver a mirar los asuntos medioambientales
desde una perspectiva sistémica que reordene la ecuación con la que, de tiempo atrás,
se explica y legitima a diario el desarrollo sostenible e incluso el discurso de la sostenibilidad:
primero la economía, luego lo político y por último los efectos socioambientales
y ecológicos de una serie de actividades y lógicas antrópicas concebidas por
fuera del enfoque sistémico.
La crisis climática y la posibilidad del colapso de ese gran ecosistema llamado Tierra son más relevantes que las tendencias, gustos, orientaciones y decisiones sexuales de hombres y mujeres. Esos asuntos de la intimidad deben quedarse en la intimidad de los hogares. El morbo mediático no puede negarnos la posibilidad y necesidad de discutir qué hacer con la biodiversidad y de cómo la diversidad étnica se conecta con la conservación y aprovechamiento de los recursos que ofrece la Naturaleza.
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