Por Germán Ayala Osorio
Entre Donald Trump, Gustavo Petro,
Andrés Pastrana y lo ocurrido con las niñas violadas en la isla del pederasta
Jeffrey Epstein hay varios elementos en común: el primero y el más evidente: se
trata de hombres con poder económico y/o político; el segundo, que las
actuaciones de Trump, Pastrana y Epstein en la burda, criminal y salvaje “cacería”
a las que habrían sometido a cientos de menores de edad y las alusiones de Petro
al clítoris, al cerebro de las mujeres, así como a que él “hace cosas buenas en
la cama”, están atadas política, social, lingüística y culturalmente a un mundo masculino,
masculinizado y masculinizante en el que todos los hombres nos sentimos en el
derecho de comentar, opinar, violar, tocar, discernir y decidir sobre el cuerpo
femenino, objeto de deseo y pulsión masculina. Al final, esas actividades, actuaciones y decires sirven para ocultar los miedos atados al momento en el que llegará
el declive en la producción de la testosterona y el final inexorable de esa masculinidad
asociada al “consumo” del cuerpo femenino.
El tercer elemento que une a estos hombres es que la mediatización de los señalamientos, con todo y evidencias desclasificadas por la justicia gringa, apenas si logran rozar sus imágenes de impolutos hombres con la que suelen recubrirse a los que ostentan algún tipo de poder: “gente de bien”, decimos en Colombia. Lo mismo pasa con los curas acusados de violar niños: los protege la iglesia católica, el Vaticano y sus Papas y al parecer el propio Dios que ellos dicen representar en esta tierra dominada por la aviesa naturaleza humana. Eso sí, las críticas de sectores feministas por los comentarios desafortunados de Petro no se hicieron esperar. El presidente fue condenado, mientras la prensa evita "juzgar" al expresidente Pastrana, mencionado cientos de veces en los archivos desclasificados,
Los tratamientos periodísticos y la autocensura para el caso colombiano con los hechos que salpican directamente al expresidente Andrés Pastrana coadyuvan en gran medida a que queden como meros escándalos y “deslices” de hombres con poder, a lo que suma el atronador silencio de mujeres que comparten con ellos el escenario político y los círculos de poder convertidos en el “teatro de operaciones” en el que se salvaguardan los secretos más íntimos de quienes conscientes del poder acumulado, dejan salir sus más aberrados deseos.
La participación de Ghislaine Maxwell,
la mujer proxeneta que reclutaba para Epstein a las menores de edad que finalmente
terminaron violadas por hombres poderosos bien podría dar vida a un cuarto
elemento que hace pensar en las mujeres que aceptan convivir y facilitan el
cumplimiento de las fantasías sexuales de aquellos que, incapaces de sostener
relaciones con mujeres adultas, optan por el camino que pudieron trazar con su
poder político y económico: violar niñas y adolescentes.
Dice la escritora Carolina Sanín
que “el poder de los hombres se sostiene en la complicidad de secretos de abuso
sexual y que la mujer es el sacrificio siempre ofrecido en unos mismos círculos”.
Sanín hizo una lectura interesante del pederasta Jeffrey Epstein: “Era guapo
Epstein, y eso nunca se menciona, como si avergonzara verlo o como si fuera
irrelevante en su crimen, cuando es relevantísimo. Hablemos de la belleza
masculina y su poder maléfico; tan distinta de la belleza femenina, que es
marca de vulnerabilidad y exposición”. Si la prensa, en lugar de insistir
en la autocensura en el caso de Pastrana y sus menciones en los documentos
desclasificados y de reducir lo ocurrido en la isla Epstein a un escándalo,
propusiera este tipo de lecturas y discusiones, a lo mejor ese poder masculinizante
del mundo podría empezar a erosionarse.
¿Será que el sexo y sus prácticas
están más atadas a la naturalizada pulsión de dominación que entra en juego en
las relaciones humanas, que a la construcción romántica de eso que llamamos “amor”?
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