Por Germán Ayala Osorio
Todos los presidentes de la
República dejan ver, a través de sus mandatos, mucho de sus historias
personales, atadas a un culto a la personalidad que crece exponencialmente desde
el preciso momento en el que les imponen la banda presidencial. Unos alcanzan a
generar estados megalómanos, mientras que otros logran darles manejo prudente a
sus egos, naturalmente henchidos por ostentar la dignidad presidencial. Veamos
algunos casos.
Juan Manuel Santos, por ejemplo,
por ser hijo de la rancia oligarquía bogotana asumió su llegada a la Casa de
Nariño como un hecho natural fruto de su origen de clase. En lo que corresponde
al manejo de su ego, se puede decir que fue mesurado.
Álvaro Uribe Vélez, contrario al origen
de clase de Santos, venía de un oscuro mundo político alejado de la pompa, la “decencia”
y el buen gusto. En lo que toca a su ego, Uribe prefirió auto asumirse como un recio
Mesías para un país indisciplinado y caótico. Por ser un producto mediático millones
lo asumieron como “irremplazable” y él mismo se lo creyó.
Iván Duque Márquez es el típico caso del profesional
mediocre que se topó con la oportunidad de salir del anonimato, así fuera para pasar
a la historia como el títere de Uribe. En muchas ocasiones Duque dejó ver su
fatuo carácter fruto de un ego golpeado por su gris pasado como profesional y su
inexperiencia política. Al final de su gobierno actuó como un verdadero frierabrás,
es decir, fanfarrón y jactancioso. “De qué me hablas, viejo” es la frase que
recoge ese comportamiento.
El caso de la llegada de Petro al
solio de Bolívar resultó moralmente inaceptable para millones de colombianos
por el hecho de haber militado en el M-19, una guerrilla de origen urbano,
diferente a las otras estructuras subversivas. Su proyecto político,
reivindicante y profundamente confrontador del Establecimiento lo convirtió en
un líder popular y populista. Petro exhibió grados de megalomanía, en parte
resultado de la gran aceptación social de su mandato y figura “revolucionaria”.
En lo que respecta al caso del actual
presidente Abelardo Gabriel de la Espriella Otero resulta conveniente recoger
lo dicho por el ensayista Julio César Londoño, quien en su columna Sobre
reptiles y milagros señaló que “Abelardo es más ególatra que
Petro”. Y si, tiene razón el
escritor vallecaucano. De la Espriella es posudo con tendencias a mostrarse como
un “dandi” metrosexual. Su narcisismo es evidente y su megalomanía también.
Tanto así, que mandó a cotizar unas monedas protocolarias en las que exalta su imagen
de therian, el tardío desarreglo identitario con el que se identifica con un
tigre. Aunque es joven, no es precisamente un adolescente, etapa en la que se
presenta ese tipo de “anomalía” en la definición de la personalidad.
Aunque Duque y Petro acuñaron
monedas protocolarias alusivas a sus periodos presidenciales, la que mandó a
cotizar De la Espriella es un culto, de mal gusto, a su personalidad que raya con
lo cursi.
Veamos los elementos gráficos de
la moneda: en la parte superior de uno de los lados aparecen las palabras Honor
y Lealtad ancoradas misionalmente al Ejército, aunque faltaría el vocablo Patria.
Luego, aparece la cabeza de un tigre con ojos color esmeralda que hace
aún más temible la expresión de ataque con la que es representado el gran
felino. De esta manera insiste en validar su desarreglo identitario. Debajo
de la imagen del felino están las iniciales de su nombre ADLE.
En el fondo la Casa de Nariño, la
bandera colombiana y el periodo presidencial 2026-2030 fijado en dos pilares.
En esa misma cara de la moneda protocolaria aparece la frase Jefatura para
la Protección Presidencial, con la que el presidente hace un reconocimiento
en vida al equipo que lo cuida y protege todos los días.
Llaman la atención los detalles
del reverso de la moneda. En la parte de arriba se anuncia que viene el
reconocimiento al Jefe para la Protección Presidencial. Luego, aparece
la representación de un miembro del GOES, unidad élite de la Policía
Nacional. Acompaña a esa imagen lo que podría ser una máscara espartana y la
representación de una mujer que podría representar a su esposa o quizás a una fémina
cumpliendo labores de espionaje o figura de una corporación. Y en la parte baja
el nombre Carlos Andrés Caicedo, expolicía responsable de la seguridad
del presidente de la República.
Aunque Duque y Petro cayeron en
la práctica megalómana de mandar a acuñar costosas monedas protocolarias, el
caso de Abelardo los supera con creces por obedecer a una actitud extremadamente
egocéntrica, narcisa e infantil por la alusión al reconocido felino que no hace
parte de nuestra biodiversidad. Además, la exaltación a dos de las fuerzas
armadas sobre las que ejerce control y poder en su calidad de comandante supremo
desdibuja no solo su condición civil, sino que pinta sobre la imagen del Estado
el espíritu militarista que lo acompaña como jefe de Gobierno y que le permite saludar
como si fuera militar y quizás pensar como tal, en un país con una historia
reciente de violación de los derechos humanos atribuida a uniformados del
Ejército nacional. Quienes no lo votaron y comparten con De la Espriella su origen
costeño (de la costa Atlántica) podrán calificar la moneda protocolaria como una cosa
corroncha, de mal gusto. O podrían decir que en medio de la cacareada “crisis
fiscal” gastar plata en semejante “lobería” es propio de un espantajopos. Como
sea, ya valimos mondá, podrían gritar en el mercado de Bazurto de Cartagena o
en el malecón de Barranquilla una vez la moneda cobre vida.
Adenda: imagino que le hará llegar al degenerado presidente de los Estados Unidos una de las monedas en agradecimiento por haberle ayudado a llegar al solio de Bolívar y por el apoyo a pacificar por las malas el país. Será noticia el detalle y la reacción de Trump, quien dijo que la "cae muy bien el tigre".
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