Por Germán Ayala Osorio
Figuras del “centro político”
acaban de publicar un manifiesto en el que expresan una serie de preocupaciones
alrededor de las formas en las que el gobierno conduce algunos asuntos de
interés nacional. Dicho documento, titulado La Constitución: Escudo de
Colombia, llega antes de que se cumplan dos meses de haber llegado a la
Casa de Nariño el falso outsider que vendieron los medios masivos y por
el que votaron agentes gremiales que, curiosamente, los firmantes de dicho manifiesto
defienden ante la arremetida presidencial en contra del presidente de la ANDI,
Bruce Mac Master, quien hizo público su voto por De la Espriella en una columna
que rápidamente “envejeció mal”.
Esto dijo el dirigente gremial, hoy
confrontado y vetado por el jefe del Estado: “La elección que tenemos
enfrente no es una decisión cualquiera. Estamos hablando del futuro de la
democracia, el de la economía, la libre empresa, el empleo, la propiedad
privada, la separación de poderes, de un modelo con límites democráticos para
evitar abusos”.
Entre los firmantes aparecen exministros
del gobierno Petro y de otras administraciones, Alejandro Gaviria Uribe y José
Antonio Ocampo, así como Juan Daniel Oviedo, quien fuera fórmula vicepresidencial
de la candidata presidencial Paloma Valencia y reconocidos académicos.
Son cuatro asuntos sobre los que
discurren los firmantes del Manifiesto: la guerra cultural, ejercicio del poder
presidencial, relaciones con la prensa y libertad sindicatos y gremios. Veamos
algunos apartes del documento con el objetivo de develar los alcances de lo
explicitado en el Manifiesto.
En lo que respecta a la “Guerra
Cultural”, en el texto se lee lo siguiente: “Este factor de confrontación
social, que viene de tiempo atrás y ocurre en muchas partes del mundo, se
agudizó durante el pasado gobierno y subsiste en el actual así los
referentes ideológicos sean distintos”.
Aunque Petro no habló de batalla
cultural, si usó su popular y aclamada figura política para confrontar al viejo
Establecimiento y a las decisiones económicas y políticas cargadas de
sentimientos y actitudes a todas luces aporofóbicas, clasistas y racistas. Si
se comparan las actitudes de Abelardo de la Espriella que hoy confrontan quienes
firman el Manifiesto, con las de Petro, no hay manera de asimilarlas a las
apuestas del actual gobierno con su dichosa y peligrosa “batalla cultural”. Así
las cosas, esa lectura del Manifiesto deviene exagerada. Eso sí, no se puede negar
que Petro ideologizó la discusión de todos los asuntos públicos.
Consideran quienes refrendan el
contenido del Manifiesto que la declaratoria de “guerra cultural” es contraria
a la Constitución. Y sin duda es así.
“El uso recurrente de la
expresión “Viva Cristo Rey” en los discursos presidenciales nos preocupa: fue
usado como grito de guerra en los violentos enfrentamientos de los partidos
políticos en el siglo pasado. Ese precedente trágico no puede
ignorarse. Ciertos nombramientos de ministros pueden augurar políticas
encaminadas a restringir los derechos de aquellos cuya vida sexual es diversa,
a sesgar la educación por motivos religiosos, y a la intención de imponer en
las aulas una visión cerrada de la historia de nuestra nación”.
En el punto número dos, Ejercicio
del poder presidencial, los firmantes del Manifiesto caen en el error de
destacar la política comunicacional del presidente de la República. Sostener
que lo hace “con buen criterio” cuando las evidencias hablan de censura,
autocensura y de la construcción de realidades dramatizadas y recreadas como el
patrullaje del presidente con un arma al cinco por algunas calles de Santa
Marta acerca a los signatarios del documento a ese discurso centrista que con
algo de razón se califica como “tibio o medroso”. Esto dice el texto: “Con
buen criterio, el presidente está empeñado en generar una disciplina comunicacional
que le dé claridad a sus propósitos. Sin embargo, centralizar en
él mismo la difusión de los mensajes puede tener consecuencias negativas”.
A renglón seguido, los suscriptores
del Manifiesto advierten del peligro de esa férrea disciplina comunicacional
fundada claramente en la incapacidad de Abelardo para articular un discurso hilvanado
y la evidente molestia que le genera ser confrontado y preguntado por asuntos que
claramente no domina.
“La disciplina adoptada puede
conducir a un gobierno autoritario y unipersonal semejante a otros
que le sirven al presidente de la Espriella de paradigma. La destitución
del director del DANE, a pesar de que esa entidad goza de autonomía técnica, y
de que la difusión de sus informes es pública y obedece a una programación
estricta, debilita la credibilidad de esa institución”.
El país sabe que De la Espriella admira
a Bukele y a Milei, jefes de Estado con tendencias totalitarias. Hacen bien quienes
firman el documento en señalar que el presidente colombiano sigue el paradigma político
en el que están instalados esos dos y quizás otros más autócratas, reyezuelos o
dictadorcitos bananeros.
En el punto tres, que corresponde
a las Relaciones con la prensa, los signatarios del mencionado documento lanzan
una velada crítica al evidente proceso de politización e ideologización de los
medios públicos durante el gobierno Petro. Claro que hubo excesos, lo que trae
nuevamente la discusión acerca de la incapacidad institucional de consolidar
medios públicos con visión de Estado que evite o por lo menos minimice su uso
para defender gobiernos.
En el Manifiesto se lee: “El
gobierno ha tomado la decisión de reducir y despolitizar los medios de comunicación
estatales. Respaldamos esa política. Sin embargo, cabe advertir que la
libertad de prensa tiene dos dimensiones diferentes: la de informar y la de
recibir información veraz y oportuna (art.19).
En este contexto nos preocupan: • Los cierres intempestivos de
programas de opinión política en medios de comunicación privados. Cuando esa circunstancia coincide con la
antipatía, real o presunta, de los gobernantes hacia determinados periodistas,
la conclusión obvia es que pudo haber censura gubernamental, la cual, por
supuesto, no tiene que ser explícita. • La estrategia de no conceder ruedas
de prensa abiertas a los diferentes medios. Si el presidente y otros altos
funcionarios escogen a sus interlocutores, surge la sospecha de que
previamente se ha pactado la exclusión de temas y preguntas incómodas”.
En este punto, quienes suscriben
el documento omiten hacer referencia a la autocensura, práctica que puede resultar
peor que la censura oficial a la que fueron sometidas las periodistas de Blu
radio. Además, se cuidan de señalar que efectivamente hubo censura. Al decir
que “pudo haber censura gubernamental” se esconde una realidad
que contradice el sentido y el objetivo del Manifiesto. Nuevamente el lenguaje
centrista (medroso y tibio) aparece en el texto.
En lo que corresponde al cuarto
punto, Libertad sindicatos y gremios, llama la atención la defensa que hacen
los firmantes del Manifiesto de la soberanía popular a la que de manera
permanente apeló el entonces presidente Petro, y que fue asumida por sus
críticos, enemigos y detractores, incluidos agentes del Centro político, como
una forma de meter miedo con los constantes llamados a una Asamblea Nacional
Constituyente, a las concentraciones y movilizaciones masivas que recibió en
respaldo el gobierno anterior.
“Cuando el poder político
fluye desde el Estado hacia los ciudadanos puede surgir la tiranía; si se
configura desde abajo, la democracia florece. Por eso dice la Constitución que
“La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del que emana el poder
público” (art.3). El pueblo somos los ciudadanos como titulares de los derechos
políticos (art.40), que podemos ejercer solos o asociados con otros (art. 38)”.
En este último punto dejan claro
los suscriptores del Manifiesto su rechazo al veto que impuso De la Espriella
al presidente de la ANDI. “Existen abundantes indicios para creer que
el gobierno pretende interferir en el funcionamiento de los gremios.
En tal caso, sería por entero lógico que se intentara una estrategia semejante
con relación a las organizaciones sindicales. Así unos y otros pasarían a ser
dependencias gubernamentales. La libertad para defender sus intereses dejaría
de existir”.
El texto en mención puede asumirse
como un primer llamado de atención- realmente una alerta- al gobierno de
Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, a los medios, al empresariado y al
resto de la sociedad de los riesgos que vislumbran quienes firman el
Manifiesto. Ya veremos cuál Abelardo responde al contenido del Manifiesto, si
el presidente-actor, el presidente-pastor o el presidente-combatiente. O quizás
decida guardar silencio o les mande a decir que no tiene tiempo de responderles porque anda ocupado actuando para la cámara y el camarógrafo de la presidencia.
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