Por Germán Ayala Osorio
La censura a las periodistas Camila
Zuluaga y Ana Cristina Restrepo y al caricaturista Vladdo por solicitud- orden o petición- del
presidente Abelardo Gabriel de la Espriella Otero apenas si fue registrado por
los medios masivos. Los que lo hicieron, le dieron la misma importancia a un
atraco callejero o el tradicional cosquilleo en Transmilenio. Es decir, una cosa normal. Por el contrario, en la red X los tres casos
recibieron más atención que en los medios hegemónicos cuyos propietarios, banqueros
y grandes empresarios, pusieron en el solio de Bolívar a De la Espriella. Eso
explica el silencio y por supuesto, la echada de las comunicadoras.
La gran prensa
corporativa y con ella los colegas de Zuluaga, Restrepo y Vladdo guardaron silencio
frente a la salida a su salida del aire y lo que es peor, callaron frente al
significado político de la acción presidencial y sus efectos en la democracia.
La academia, en particular las facultades de comunicación social-periodismo y
la propia FLIP hicieron lo propio. El miedo es generalizado. Las escuelas de
periodismo prefieren no decir nada para no afectar sus relaciones con las
empresas mediáticas en las que hacen prácticas sus egresados; se suma, por
supuesto, las simpatías ideológicas de decanos y rectores de universidades
privadas pendientes del regreso del programa Ser Pilo Paga. La FLIP criticó la
directiva presidencial con la que el presidente deja claro que su gobierno les
hablará exclusivamente a los medios “amigos”, pero no dijo nada frente a la burda censura oficial.
En los Estados Unidos el
arbitrario y degenerado presidente Donald Trump vetó a la cadena CNN, lo que
constituye un acto de censura oficial que no solo viola la protección
constitucional (la primera enmienda), sino que puso a prueba a la prensa
americana. Pocos días después de establecida la mordaza, CBS, ABC, NBC y Fox
anunciaron que dejarán de cubrir las actividades públicas de Trump, como hacían
junto a CNN. Lo harán por turnos. Sin duda alguna, una postura política que
expone los miedos del presidente de los Estados Unidos a ser criticado y
confrontado; esa postura asumida por el carcamal anaranjado lo acercó a las asumidas por cualquier presidentico
de las sempiternas repúblicas bananeras forjadas desde la Casa Blanca. A quien
le urge censurar para gobernar tranquilo deja ver sus miedos, su incapacidad
para argumentar y el fastidio que le genera reconocer a los periodistas como
interlocutores válidos.
Una vez registrado el hecho noticioso
generado por las cadenas de televisión norteamericanas, casi de
inmediato varios tuiteros aprovecharon para reclamarles a los medios
tradicionales de Colombia el haberse hincado ante De la Espriella y sobre todo,
por no haber rechazado la censura contra las dos periodistas y el caricaturista.
La solidaridad del gremio fue casi nula. Se quedó en algunos respaldos
individuales. El señor Caicedo, en su cuenta de X, publicó este trino: ¿Qué
pensarán en Colombia los arrodillados de @BluRadioCo @NoticiasCaracol @rcnradio
@CaracolRadio @NoticiasRCN?
De la Espriella y Trump se
parecen mucho: rechazan a los periodistas que los cuestionan y que intentan cumplir
con actividades informativas de contrapoder. Para el caso colombiano, la
directiva presidencial con la que prácticamente se establece una relación
informativa exclusiva con “medios amigos” deviene como una acción de mordaza contra
aquellos medios o periodistas que están prestos a incomodarlo con preguntas
relacionadas, por ejemplo, con los dineros que le giró su amigo y confeso delincuente,
Alex Saab. Pensar que De la Espriella pueda recibir en la Casa de Nariño al
incisivo Daniel Coronell ni siquiera resulta utópico, es sencillamente, ciencia
ficción. Recordemos que De la Espriella tiene demandados a varios periodistas que osaron cuestionarlo.
Bien por las cadenas de
televisión de los Estados Unidos y muy mal por las empresas mediáticas
colombianas. Claro, nos llevan años en cultura democrática y en respeto a las
libertades de prensa y opinión. En Colombia, pensar distinto, incomodar al
poder y ejercer el derecho a opinar suelen ser mal vistos por el poder
político. En el fondo, los medios americanos tienen claro qué es eso de la dignidad
y el profesionalismo. En Colombia esos conceptos aún no llegaron a las salas de
redacción porque hay muchos periodistas que les da miedo “patear la lonchera”,
pero se sienten a gusto fungiendo como estafetas del Palacio de Nariño.
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