Por Germán Ayala Osorio
El gesto y acción de aplaudir viene
desde la Antigüedad y su historia hace parte sustantiva de los procesos civilizatorios
en los que las expresiones de admiración, agradecimiento, exaltación misma de una
obra, una acción o decisión despiertan emociones o el reconocimiento de un
colectivo por lo que hacen o dicen otros seres humanos. Los aplausos, entonces, ocupan
un lugar importante en la política, las artes y en general en lo que conoce
como la cultura.
Los aplausos, cuando son
espontáneos, lo hecho por quien es el receptor de esos encomios resulta profundamente
valioso y significativo para el público que así lo siente y reconoce. Hay otros,
por supuesto, que están pensados más como elementos ceremoniales, casi protocolarios,
en los que un maestro o maestra de ceremonia los indica o promueve. Esos aplausos
no son del todo sinceros. Entre más espontáneos resulten, más valor adquieren y
más cerca estarán de hacer parte de la memoria colectiva e individual. Incluso,
pueden llegar a convertirse en un símbolo social y político de gran recordación
y de esa manera hacer parte de una coyuntura sociopolítica.
En política, ese tipo de enaltecimientos
sonoros suelen venir plagados de la hipocresía que acompaña a las relaciones de
los políticos profesionales y sus públicos, muchos de estos sus clientes, lisonjeros
profesionales o los sempiternos lagartos que para el caso de Colombia
son una especie endémica con particulares características. Se trata de una
especie que depreda la dignidad de la política y de quienes le apuestan a practicarla
con altura moral.
Igual como acontece con los
aplausos en el mundo de las artes, los que ofrecen los públicos de manera generosa
y franca son los mejores y profundos. Pero cuando un político en particular le
exige a su público e incluso a los áulicos obligados a escucharle que lo aplaudan,
es en ese preciso momento en el que se desnaturaliza el aplauso y se convierte
en loa hipócrita, fruto de una exigencia con tintes de amenaza. Cuando un
político exige un aplauso se empequeñece de tal manera que es aceptado dentro
de la crítica política obviar su nombre por la indignidad que acompaña reclamar
ser aplaudido.
“Aplaudan, por qué no aplauden”
es una frase-meme que ya es usada en el país de las redes sociales para burlarse
y criticar al protagonista de semejante escena bochornosa. No es necesario
recordar el nombre de quién se atrevió a exigir el aplauso. Lo que es clave
indicar es lo que dejó ver al expresar ese acto de habla: inseguridad,
necesidad de ser reconocido así sea momentáneamente porque interiorizó que para
ocultar sus incompetencias qué mejor que los inmerecidos aplausos.
Es propio de reyezuelos y
dictadores bananeros estar acompañados de lagartos y zalameros profesionales, aparte
de sus ministros y ministras, claro está. Gobernar suele exponer en quienes
ostentan la majestad de un alto cargo, como el de ser presidente de una República,
no solo vacíos emocionales y problemas de formación profesional, sino actitudes
ególatras que se potencian por los aplausos recibidos de manera espontánea o los
exigidos.
Cuando los presidentes resultan
ser vanidosos, fatuos o fierabrases, ese tipo de encomios sonoros no resultan
sinceros. Hacen parte del show que esos mismos presidentes suelen montar para ocultar
inseguridades e incluso las evidentes dudas frente a lo que deben hacer como
jefes de Estado. Esas alabanzas, encomios, loas, cortesías, adulaciones y
halagos solo sirven para ocultar impericias o ineptitudes. Para el caso,
recordé ese aparte de la canción Agúzate de Boby Cruz y Richi Rey “Y es por
eso que yo digo de esta manera que este individuo no sabe en qué se
metió”.

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