Por Germán Ayala Osorio
En el enfrentamiento verbal y
político entre Carlos Suárez Rojas, estratega de la campaña de Abelardo Presidente
y Juanita León, directora del portal La Silla Vacía hay de fondo una discusión conceptual
en torno a la naturaleza política de todas las empresas mediáticas y a la siempre
discutible “objetividad periodística”; ambos asuntos abordados por la academia
y usados selectivamente por el amigo y estratega del hoy presidente de la
República para “descalificar” al portal que lo confronta periodística y
políticamente.
Tomo apartes de la respuesta que
Suárez Rojas, presidente de la Junta Directiva de Ecopetrol, le envió desde su
cuenta de X a la periodista y empresaria Juanita León, con el propósito
de plantear el equívoco en el que incurre el funcionario. Al final de la
columna, recojo algunas ideas de lo dicho por Juanita León a su poderoso
interlocutor.
“… tú y La Silla Vacía
se reservan el papel de narrador omnisciente: esa voz que todo
lo sabe, todo lo interpreta y a todos sentencia. Antes de seguir, quiero dejar
en claro lo siguiente: El Portal activista, La Silla Vacía, ha decidido
declarar unilateralmente su enemistad conmigo y con el Gobierno del Presidente
De La Espriella…”
Resulta a todas luces peligroso e
inconveniente que Suárez apele a la vieja doctrina extendida del enemigo interno
para exponer a la empresa de información como enemiga del gobierno y del
propio Suárez. Ya De la Espriella, en campaña, catalogó al petrismo y a los
petristas de “enemigos de la Patria”, asunto no menor en un país violento como
Colombia en el que actores armados, legales e ilegales, suelen perseguir, estigmatizar
y asesinar a quienes previamente fueran calificados como “enemigos de la causa”
u objetivos militares; y como presidente sacó del aire a dos periodistas de Blu
radio y tumbó al presidente de la ANDI.
La prensa puede ser considerada
crítica, en oposición e incómoda, pero jamás incluirla en el arbitrario listado
de enemigos de un presidente, gobierno o de un funcionario. Hablar de “enemistad
pública declarada” obedece a un anuncio de guerra política que bien puede
terminar en otra de carácter económica.
No creo en las leyes mordaza. Por
más que mientan los medios, hay otras formas para contrarrestar campañas
mediáticas consideradas por un gobierno o un sector de la sociedad como contraproducentes
o dañinas. En lo que creo es que las audiencias deben ser formadas en el
análisis del discurso para descifrar los intereses, ocultos y visibles, que se
defienden desde las empresas mediáticas. Cualquier intento por acallar a un
medio o a un grupo de periodistas es física cobardía, expresión clara de
intolerancia y la decisión de fungir como déspotas y fascistas.
“Yo quiero que, cada vez que
te lean, todos recuerden esto: lo tuyo no es la investigación de un medio
imparcial sobre el presidente y su estratega. Lo tuyo es la
intervención de un actor político financiado por grupos económicos
perfectamente identificables. Lo tuyo es defender los intereses de tu
inmensamente rica familia, que contrata con el Estado o con sus empresas en
condiciones que dejan mucho que desear. Lo tuyo es promover una agenda
propia y operar mediante un método tan sencillo como eficaz: construyes una
narrativa, la empaquetas, la distribuyes y la repites hasta convertirla en
ambiente. Después, cuando esa narrativa produce efectos, te refugias en
la solemnidad del periodismo para fingir que nada tuviste que ver con ellos”.
En mis tiempos de analista de
medios dentro del ámbito universitario me referí a las empresas mediáticas
hegemónicas como “actores políticos” por varias razones: la primera, porque el
periodismo es una forma de poder y éste siempre devendrá con características
políticas en la medida en que al ejercicio periodístico se suelen sumar
políticos profesionales, empresas que pautan y por supuesto, los propietarios
de estas a los que le interesa mantener a flote ese instrumento de poder,
político y económico, llamado información; la segunda, porque actúan en la arena
pública en la que los asuntos políticos, cubiertos bajo los valores/noticia,
están naturalmente atados a las correlaciones de fuerza, a los intereses de la
clase empresarial y política que rondan a los medios bien a través de la pauta,
las fuentes que se consultan de manera rutinaria o los que de manera explícita
o implícita deciden defender editorial y periodísticamente. Y la tercera,
porque el lenguaje periodístico, con todo y sus dobleces, guarda una estrecha
relación con lo político, entendido este último como expresión discursiva de
las complejidades, las tensiones y los conflictos propios de la condición
humana.
Es tan político el ejercicio
periodístico, y tan metidos están los medios en las dinámicas de la política,
que ha bastado con una llamada a un director de un medio para detener informes
periodísticos que denuncian actos de corrupción.
Carlos Suárez cree que afecta
negativamente a La Silla Vacía al calificarla de actor político. Y se equivoca Juanita
León en no dar la discusión conceptual que el país mediático y político deben
dar alrededor de esa inocultable naturaleza y perfil de los medios de
comunicación: son actores políticos. Punto.
Suárez olvida que los medios que
hoy acompañan a De la Espriella y le cubren la espalda también son actores políticos
y apelan a los mismos tratamientos sesgados que según el presidente de la Junta
Directiva de Ecopetrol hace La Silla Vacía. Y aquí entra el segundo concepto:
la objetividad. La objetividad es quizás una de las mayores mentiras que se
enseñan como valor periodístico (moral) en las escuelas de periodismo o comunicación
social. No es posible ser objetivo por cuanto el periodista deviene con una
historia personal y familiar que de muchas maneras sesga su mirada sobre hechos
públicos; a lo que se suman la línea editorial, las directrices que le dan los
editores y los usos particulares del lenguaje periodístico que el periodista reconoce
en los titulares y la redacción misma de las notas publicadas. Hay intentar y apostarle a ser riguroso.
En su larga perorata, Suárez fustiga
prácticas periodísticas en las que incurre La Silla Vacía, que son las mismas
en las que por ejemplo incurren la revista Semana, de los Gilinski y el periódico
El Tiempo, ambos banqueros que apoyan a De la Espriella.
“La Silla Vacía puede llamarse
medio de comunicación. Para mí, hace tiempo decidió comportarse como un actor
político. Y los actores políticos reciben respuesta política. Por ejemplo,
luego hablaré de tu financiación y de los nexos con Ecopetrol. Así que quítate
la máscara y juguemos de tú a tú. Publica cuanto quieras. Ataca cuanto puedas.
Pero no pretendas ser, al mismo tiempo, jugadora, árbitro y cronista del
partido”.
En el extenso trino de Suárez hay
una desafortunada frase que León interpreta como una amenaza velada. “No
desconozco tu derecho a publicar. Desconozco tu pretensión de golpear
como adversaria y ser protegida como árbitro. Tampoco
quiero silenciarte, Juanita: sería regalarte el papel de mártir y poner
a cantar a tu coro de auxilio — esas si bodegas - como Cambio y los demás
activistas que se disfrazan de periodistas —, siempre dispuesto a calificar de
persecución cualquier contradicción. Soy menos pretencioso: solo quiero
quitarte el disfraz e igualar el terreno”.
La frase en rojo deja ver la
arrogancia del funcionario y amigo del presidente que se da el lujo de “descabezar”
periodistas y líderes gremiales. ¿Acaso tiene el poder para silenciarla? ¿O
mejor, lo pensó? Frente a eso León dijo en su respuesta: “Que Suárez diga
que no quiere silenciar a La Silla también merece una precisión. Que un
medio pueda investigar y publicar sobre quienes ejercen poder no depende de que
las personas en el poder decidan tolerarlo ni es una concesión que le
hagan al periodismo. Es una garantía democrática. Suárez tiene todo el
derecho a controvertir nuestras investigaciones, cuestionar nuestros métodos y
aportar evidencia que contradiga lo que publicamos. Pero no le
corresponde decidir qué medios merecen ser escuchados, cuáles deben ser
desacreditados o cuándo resulta conveniente silenciarlos”.
Finalmente, Juanita León evita la discusión alrededor del calificativo “actor político”. Eso sí, en medio del unanimismo ideológico y mediático en el que transcurre la vida pública y privada en la "Patria Milagro", lo que hace La Silla Vacía de confrontar al poderoso Carlos Suárez y de incomodar al presidente De la Espriella abre una luz de esperanza. Con errores o sesgos, siempre debemos defender a quienes le apuestan a vigilar y molestar a los que ostentan poder. Esa es la esencia del periodismo.
Qué sano sería para la
democracia y el periodismo que todos se quitaran las máscaras para reconocer
una verdad histórica y cultural: los medios son actores políticos. Punto; y
otra coyuntural, hay empresas mediáticas que, por miedo a ser censurados, por conveniencia económica
y simpatías ideológicas están defendiendo al gobierno de Abelardo Gabriel de la
Espriella Otero que, en apenas dos meses, ya deja claro que su proyecto de país
es regresarnos al siglo XIX con su batalla cultural; en lo económico, a los
tiempos de César Gaviria Trujillo y su apuesta neoliberal; y en materia se
derechos humanos y orden público, a las nefastas circunstancias que rodearon la
aplicación de la Seguridad Democrática de Uribe y a las que acompañaron al
Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Dar esa discusión pública y sincera
sería un verdadero Milagro.

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