Por Germán Ayala Osorio
El proyecto de país que encarna
Abelardo de la Espriella Otero deviene autoritario en lo político e ideológico
lo que supone la puesta en marcha de una cruzada religiosa (moral) que alienta lo que se conoce como “batalla
cultural”, nombre que el mismo gobierno le dio a su avanzada en contra de la
izquierda liberal, el feminismo y el progresismo; además, discurre violento
contra los ecosistemas naturales-históricos pues quienes apoyaron su campaña y
lo acompañan hoy en el gobierno son terratenientes, ganaderos (ganadería de baja producción que especula con el valor de la tierra), amigos y lobistas
de las multinacionales mineras, palmicultores y azucareros, entre otros, que no
solo hacen parte del grupo de negacionistas del cambio climático, sino que
insisten en apostarle al modelo de la gran plantación y a la extensión de
economías de enclave (minería a gran escala) en territorios protegidos por la
ley y por comunidades ancestrales que siempre avergonzaron a los hijos de la élite
que llevaron a De la Espriella al poder; y por supuesto que ese mismo proyecto
apunta a desandar los pasos que alcanzó a dar el gobierno progresista de Gustavo
Petro en materia de derechos sociales, libertades ciudadanas y comprensión histórica
de los daños infringidos por la derecha neoliberal en cabeza de César Gaviria
Trujillo, pasando por los gobiernos de Uribe y Santos, hasta terminar en la administración
del subpresidente Iván Duque Márquez. El fin del País de la Belleza está cerca.
Lo anterior es, digamos, el marco
contextual en el que es posible visibilizar los objetivos y alcances de un
proyecto político conservador en lo cultural e identitario, neoliberal en lo
económico y fascista en lo social y político en la medida
en que el Otro se asume como un potencial enemigo al que hay que desechar, excluir,
perseguir, estigmatizar, borrar y si es el caso darlo de baja porque no encaja
en la patria milagro, nombre con el que se busca que ese proyecto de país se
entronice como una apuesta moralizante que nos regresará al siglo XIX.
Frente a semejante desafío cultural el Pacto Histórico, como único partido en oposición y sus agentes más visibles están planteando una lucha política desorganizada y atomizada por los egos de una dirigencia que espera órdenes y pautas de su líder natural, Gustavo Petro Urrego. El excandidato presidencial Iván Cepeda Castro, colíder, ya demostró su débil liderazgo. A Cepeda hay que dejarlo tranquilo en su curul haciendo debates de control político. Su tiempo como candidato ya expiró. Hay que pensar rápidamente en otras candidatas o candidaturas. Es evidente que el propio Petro y la cúpula del PH no han diseñado una agenda nacional que ofrezca caminos de acción colectiva en los territorios por fuera de Bogotá con los cuales enfrentar la amenaza latente que rodea todas las decisiones y orientaciones que está tomando De la Espriella, un presidente que sigue actuando como si estuviera en campaña. Las divisiones y fracturas internas son evidentes. El PH debe superarlas cuanto antes. El círculo de poder que capturó a Petro y al propio partido debe comprender que insistir en operar como un partido poco democrático y alejado de los territorios no podrán recuperar el poder en el 2030.
El pastor-presidente no ejerce un liderazgo real soportado en la comprensión sistémica de los desafíos que le impuso el terremoto del 10 de agosto e incluso de lo que supone ejecutar al pie de la letra su proyecto de país; su visibilidad mediática deja ver vacíos conceptuales y un pragmatismo ancorado más en la inercia institucional, que en la comprensión real de lo que el país está esperando que haga como jefe de Estado. En este punto se viene a mi mente la canción Agúzate, de Bobby Cruz y Ricardo Rey, cuando dice: “Y yo pasaría de tonto si no supiera. Que uno tiene que estar mosca por dondequiera. Y es por eso que yo digo de esta manera que este individuo no sabe en qué se metió (ajá)”. Colombia es una nación compleja y un país difícil de gobernar. Insistir en su ridículo saludo militar, lanzar vivas a Cristo Rey, desfilar entre cadáveres, meterse con la autonomía universitaria (pública) y creer que es viable gobernar mirando por el espejo retrovisor más parece una estrategia para ocultar su incompetencia y la angustia de no saber realmente “en qué se metió”.
A la censura de dos periodistas y
el caricaturista Vladdo y la autocensura asumida por las empresas mediáticas en
virtud del miedo que les generó esos dos
hechos, se suman los silencios de la Academia y otros agentes de la sociedad civil como la iglesia católica frente a las apuestas de un gobierno
que con visos fascistas parece estarle apostando a ejecutar acciones insostenibles
en lo ecológico, cultural y socioambiental, legitimadas por actores económicos
y políticos que reducen la sostenibilidad a la viabilidad económica, fruto de
una transacción política alejada de realidades territoriales complejas.
En particular, el silencio de las facultades de comunicación social-periodismo, incluso las de sociología, filosofía, ambiente y sostenibilidad resulta atronador. Preocupa porque De la Espriella y su gobierno le están apostando fuerte a consolidar el unanimismo ideológico y político que durante ocho años el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez impuso con el apoyo de la gran prensa, la misma que hoy se hincó al poder amenazante del pastor-presidente que dice estar “firme por la patria”.
Superar en maldad a
la administración Uribe parece ser el objetivo (in)moral y político del
gobierno del tigre, con todo lo que significa identificarse con el nicho
ecológico de ese gran felino y depredador. Produce terror pensar en la posibilidad del regreso de los crímenes de Estado (falsos positivos) y otras ejecuciones extrajudiciales. ¿Volverán los gritos "nos están matando"?
No hay comentarios:
Publicar un comentario