Por Germán Ayala Osorio
Circulan ya toda clase de “explicaciones”
a los malos resultados obtenidos por Colombia en las pruebas Pisa. En
particular, en comprensión de lectura y análisis crítico el bajonazo llama la
atención de políticos, académicos, periodistas y expertos en educación; esos
dos factores están inexorablemente atados a realidades socioculturales complejas
y diferenciadas territorial y étnicamente en una sociedad como la colombiana
que históricamente subvaloró la lectura de libros y el ejercicio de pensar, y
estigmatizó las prácticas orales de miembros de comunidades ancestrales que al
llegar a la universidad se chocaron con las lógicas de producción académica fundadas
en la escritura y con los criterios de validación del pensamiento a partir del
eurocentrismo. Más claro: si no citas a Foucault el análisis categorial no es
válido. O, ni se te ocurra citar a Mariátegui o a Eduardo Galeano. Y mucho
menos a mujeres intelectuales, feministas y americanistas.
Con el paso del tiempo y en particular
en las universidades privadas la clientelización
del estudiantado
fue contribuyendo al empobrecimiento de la práctica docente, sometida a las
presiones de las directivas y de los estudiantes-clientes que encontraron,
estos últimos, en ese cambio, la oportunidad para usar a su favor los problemas
y vacíos emocionales originados en sus núcleos familiares, alimentados en los
colegios y por esa vía ocultar lo que realmente pasaba: pereza para pensar, desinterés
por aprender, discutir de manera argumentada, discernir y escribir ensayos. Los estudiantes
que llegan a las universidades no pueden sostener la atención en videos de más
de cinco minutos. ¿Qué pasó en los colegios y en las casas?
El plagio hasta hace unos años fue
una práctica común y un negocio para aquellos estudiantes que dominaban la técnica
escritural y el pensamiento crítico; luego vino el chat gpt y ahora con
la ayuda de la IA, los estudiantes-clientes asisten a la universidad a jugar a
autoengañarse: pagan millones de pesos, creen que engañan a sus profesores,
mientras disfrutan y se “forman” en las redes sociales, fuente generadora de
recursos económicos para muchos y de reconocimiento social para otros tantos. A
lo mejor en los colegios pasa igual: las tareas se las hace la IA y de esa
manera los padres se ahorran la penosa tarea de discutir y pensar con sus hijos
e hijas.
Este dato que arroja los
resultados de los estudiantes colombianos evaluados es llamativo: El 56 % de
los estudiantes colombianos usa inteligencia artificial, la mayor tasa en
Latinoamérica, para resolver las tareas.
No se trata, por supuesto de
demonizar a las redes sociales y al uso de la tecnología, pues siempre habrá
quienes sabrán hacer un uso inteligente y provechoso de lo que estas ofrecen.
Esos resultados ameritan análisis complejos y sistémicos que deben tocar a las familias,
a los colegios, a los propios estudiantes; al contexto sociocultural de un país
que de muchas maneras valida la trampa y la búsqueda de esguinces a las normas.
Colombia es un país de mentirosos: mienten el Estado, los gobiernos, los
presidentes, los empresarios, los curas, militares…; políticos que mienten
sobre sus títulos académicos; políticas que compran títulos universitarios o
cometen plagio en la escritura de sus tesis.
Quienes caen en lecturas
simplistas para encontrar las razones de esos malos resultados en las pruebas
Pisa, parecen venir de ese universo de estudiantes que por comodidad se
alejaron, por decisión propia o presiones contextuales, del paradigma de la
complejidad para entrar en el modelo de la simplificación de las realidades en la
que operan el periodismo, las redes sociales, la vida cotidiana y probablemente
las dinámicas familiares en las que ya no se dialoga y discuten asuntos
públicos que nos interesan a todos. Los hijos interactúan hoy más con los celulares
que con sus padres. Es más, los
dispositivos móviles se los facilitan sus progenitores para “tranquilizarlos” y
para que dejen a los adultos conversar (pocos casos), ver el partido de fútbol,
el programa favorito o usar sus celulares a plenitud.
La adaptación de los currículos universitarios,
eliminando o reduciendo los cursos de humanidades y suprimir el pensamiento crítico,
va justamente en la dirección que le conviene al sistema mundo capitalista que
se alimenta de gente muy hábil para hacer negocios, manipular mercados, jugar
en Wall Street y hacer de la estupidez visible en las redes sociales un nuevo
valor humano. Todos ellos, se caracterizan por haberse alejado del paradigma de
la complejidad, acompañado de una profunda deshumanización de las relaciones
sociales, el empobrecimiento de la empatía y el desinterés por entender,
comprender y sentir los efectos negativos que dejan actividades antrópicas
altamente disruptivas.
Las evidencias del cambio
climático y los avances en la creación artificial de la vida humana por la vía
de los robots humanoides parece no preocuparles porque quizás hay una circunstancia
que suele no tenerse en cuenta para analizar los deficientes resultados de las
pruebas Pisa y el devenir como especie dominante: nuestra finitud. Si hemos de
morirnos en cualquier momento, para qué dedicar tiempo- o malgastarlo- cuando
para estar en el mundo de hoy no necesito de categorías de análisis y mucho
menos del pensamiento crítico y sistémico. Basta con lo que veo y escucho en
las redes sociales, pues ese es el mundo en el que hoy conviven los jóvenes
evaluados en las señaladas pruebas. Muchos de ellos, criados en familias
disfuncionales, padres ausentes, madres cabeza de hogar, víctimas de disímiles
forma de discriminación y violencias simbólicas y físicas; familias
empobrecidas culturalmente en las que poco se lee y se cultiva la escritura con
todo su poder liberador y creador de realidades.
Como todo asunto coyuntural que pasa
por los medios masivos, los malos resultados de las pruebas Pisa quedarán ahí
como una realidad que seguirá asumiéndose y se tratará de revertir desde la
misma mirada simplista que hoy los examina. Insisten en buscar culpables,
Fecode, los docentes y por supuesto los estudiantes evaluados. Quizás el “muerto”
no hay que buscarlo río abajo, sino río arriba.
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