lunes, 7 de septiembre de 2026

EXCORONEL PLAZAS VEGA A JUICIO



Por Germán Ayala Osorio

 

El asesinato del magistrado Carlos Horacio Urán Rojas a manos de miembros del Ejército Nacional vuelve a recordarles a los colombianos los hechos del holocausto del Palacio de Justicia ocurridos hace 40 años. De acuerdo con la familia del togado, la responsabilidad de la muerte recae en el entonces coronel Alfonso Plazas Vega, comandante operativo de la retoma del Palacio de Justicia.

Urán Rojas habría salido vivo de las instalaciones, de acuerdo con análisis que se hicieron de las imágenes de televisión que registraron las salidas del personal civil. Lo llamativo del caso es que el cuerpo del togado fue encontrado al interior del Palacio de Justicia, con un tiro de gracia que salió de una pistola 9 milímetros. En por lo menos dos ocasiones la Fiscalía colombiana desestimó esa versión, asegurando que Urán jamás salió de las instalaciones y que su muerte se produjo en su interior.

El entonces coronel de Caballería, Plazas Vega fue procesado y condenado, pero luego absuelto por la Corte Suprema de Justicia en lo que concierne a la suerte que corrió la vida del magistrado Urán Rojas. Sin embargo, la familia demandó al alto oficial ante la justicia norteamericana pues el exmilitar se fue a vivir a Miami. El proceso judicial (civil) está por iniciar la etapa de juicio en contra de Plazas Vega. Está previsto el inicio de esa etapa procesal para el 8 de septiembre. Plazas Vega está demandado por tortura y el asesinato del magistrado. “En 2022, las hijas del magistrado Urán –Xiomara, Mairée y Helena Urán Bidegain– presentaron una demanda ante la jurisdicción estadounidense contra el coronel Luis Alfonso Plazas Vega, quien reside en el estado de Florida. Ellas están representadas por el Centro para la Justicia y la Rendición de Cuentas (CJA), una organización que denuncia jurídicamente casos de tortura y crímenes de guerra en todo el mundo”.

El llamado a juicio en sí mismo resulta relevante, pero lo es más la reacción del presidente Abelardo de la Espriella Otero, quien ordenó a su canciller Omar Bula y a la embajadora de Colombia en los Estados Unidos, Consuelo Araújo acompañar al excoronel y acoger su defensa como agente estatal y héroe de la patria. De la Espriella le dijo a la prensa que “el coronel Plazas Vega es un héroe de la patria. La Corte Suprema de Justicia lo declaró inocente, después de una persecución infame y mentirosa que duró años”.

Al asumir el caso como un “asunto de Estado”, De la Espriella se alinea con una concepción de Estado que de acuerdo con el balance final que dejó la retoma del Palacio de Justicia resulta inmoral por el sacrificio de las vidas de los civiles que quedaron en medio del fuego cruzado entre militares y guerrilleros del M-19. Además, lo hace en un momento histórico definitivo para él como comandante supremo de las Fuerzas Armadas, para el Estado y el viejo establecimiento. Aunque su saludo militar se lee en ocasiones como una burla o pantomima, su alineamiento ideológico, institucional y político con las mesnadas castrense debilita el carácter civil del jefe del Estado, lo que lo acerca a la posibilidad de terminar gobernando vestido de verde oliva o de camuflado como ocurrió con Nicolás Maduro Moros y hasta el propio Fidel Castro Ruz.

Su más reciente aparición en público, desfilando entre bolsas blancas en cuyo interior estaban los cadáveres de 23 terroristas “dados de baja”, da cuenta de su decisión consciente de transformarse en un militar más. Daniel Coronell, en su columna Farsa macabra, lo define como un actor que sigue un libreto. Para aquella ocasión en la que se pavoneó sobre los despojos mortales de los terroristas abatidos, Coronell dijo que llegó “caracterizado con pantalones tácticos entubados, camisa verde oliva entallada, botas y walkie-talkie en mano”.

Se trate o no de una actuación o del cumplimiento de un guion predeterminado, la alineación sin asomo de crítica a los uniformados que en el pasado, en el presente y en el futuro reciban el encargo de defender la patria pone a la dignidad presidencial en riesgo de perder su condición civil para aceptar sin ambages el espíritu, las lógicas y las dinámicas militares en un país que arrastra una historia de violaciones a los DDHH y al DIH ordenadas desde batallones y legitimadas por presidentes de la República cuestionados por ejecuciones extrajudiciales, torturas y desapariciones forzadas.

La retoma del Palacio de Justicia por parte de los militares partió de un afán de venganza de los uniformados contra el M-19, estructura armada ilegal que con golpes mediáticos como el robo de las cinco mil armas del cantón norte de Bogotá y la extracción de la espada de Bolívar, entre otros golpes, terminó ridiculizando a los miembros del Ejército.

La operación militar emprendida para recuperar a sangre y fuego el edificio, asaltado a tiros por una célula del M-19, le permitió al entonces coronel de Caballería, Alfonso Plazas Vega justificar el operativo diciendo la frase “aquí, defendiendo la democracia maestro. El militar en ese estresante momento y ante una prensa ávida de conocer qué estaba pasando al interior del Palacio de Justicia, redujo la democracia a la recuperación de un edificio. Desde una perspectiva simbólica, la frase tiene sentido, pero desde lo conceptual, la misma expresión deviene con una fuerte carga reduccionista en la medida en que jamás estuvo en riesgo la institucionalidad y mucho menos el control de los tres poderes públicos. Quienes por más de 24 horas rompieron la jerarquía y la responsabilidad del mando fueron los militares que prácticamente sacaron de la ecuación al presidente Belisario Betancur Cuartas.

La legitimidad del Estado y del uso de la violencia o de la fuerza no puede asumirse como una patente de corso para debilitar la democracia y mucho menos violar derechos y libertades. La degradación del conflicto armado interno y de los actores armados, legales e ilegales, comprometidos, exige del jefe del Estado ecuanimidad y sindéresis al momento de examinar las actuaciones de los militares durante las ofensivas en contra de las organizaciones criminales. Posar o actuar como un militar más no es un detalle menor en una sociedad que desde el plebiscito por la Paz evidenció una fuerte fractura social, política e ideológica que terminó dividiendo al país entre “buenos” y “malos”. No vaya a ser que, De la Espriella, frente a un hecho parecido al del holocausto del Palacio de Justicia termine diciéndole a la prensa, “aquí, defendiendo el Estado gendarme”.

 

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