Por Germán Ayala Osorio
Cada cuatro años los colombianos votan
por dos o más opciones presidenciales; unos lo hacen con la esperanza de ver por
fin el inicio de una transformación del país, lo que no es otra cosa que la
superación del ethos mafioso[1]
que guía la vida de los hijos de la élite y la de los vástagos de eso que
llaman las comunidades subalternas. Y por supuesto, esa anhelada transformación
incluye el progreso y el bienestar de todos los hijos e hijas de este
territorio sin que ello se traduzca en daños ecológicos y ambientales irreparables
sobre ecosistemas estratégicos y frágiles y en general del paisaje que nos
lleve a sufrir de solastalgia.
Otros asisten a las urnas obligados
por sus patronos (políticos y empresarios), por la promesa de un contrato
millonario, un puesto de trabajo, una ayuda a manera de subsidio o el arreglo
de un par de calles y la construcción de un parque o una capilla. En Colombia,
el rico, el de clase media y el pobre venden o negocian su voto, cada uno de
acuerdo con sus capacidades para intercambiar o negociar el sufragio.
Por supuesto que están quienes sufragan
por convicciones políticas e ideológicas y otros tantos, por odio hacia el partido,
el presidente saliente y la línea política del gobernante que termina el
mandato. Al final, los colombianos no votan por un proyecto colectivo porque
nadie lo lidera: lo hacen por micro proyectos familiares e individuales. Quizás
ahí radiquen los problemas que arrastramos para consolidar una nación grande.
Los elegidos mediante la
democracia electoral-la única que realmente funciona en el país- no suelen
llegar con el perfil o vocación de estadistas que tanto se reclama en sectores
societales, en particular los mejor formados e informados. Para Ortega y Gasset,
un estadista o, un hombre o mujer de Estado, debe tener virtudes magnánimas
como la honradez, la verdad y los escrúpulos.
Propongo este perfil de estadista
para estos tiempos de sobre exposición egocéntrica en redes sociales, el
empobrecimiento del pensamiento crítico y la naturalización de la ignorancia y
la estupidez en amplias capas de la sociedad como una manera válida de estar en
el mundo y participar de la vida pública del país. Una forma de huir al
esfuerzo de comprender las complejidades de una condición humana que transita
hacia estadios de deshumanización o posthumanismo por cuenta de la llegada de
la IA y la robótica y por supuesto por la persecución étnico-identitaria-cultural
que emprendieron Estados Unidos e Israel contra latinos y el pueblo palestino.
Sobre este pueblo, el sionista ejército israelí emprendió una feroz persecución
genocida con el objetivo de borrar física y culturalmente toda expresión de
vida en Gaza.
Un estadista, hombre o mujer, debe
conocer muy bien la historia y los problemas que arrastramos como sociedad. Debe
ser capaz, a través de un discurso fluido, soportado en el dominio de categorías
y el pensamiento sistémico, de confrontar a todos los agentes que, de acuerdo
con hechos probados, vienen dificultando o se oponen a la superación de las
taras civilizatorias que nos impiden avanzar hacia estadios de modernidad. Un estadista
no insiste en provocar enfrentamientos entre clases sociales, sino que le
apuesta a superar o minimizar el clasismo, el racismo y la aporofobia, tres de
las taras civilizatorias que arrastramos como nación.
Debe ser carismático, cercano a
los más necesitados, comprensivo de las lógicas y los intereses de los más
favorecidos, incluida la clase media. A todos los debe convocar para construir un
proyecto de país incluyente que supere las diferencias de clase fundadas en la
incapacidad compartida de apostarle a la construcción de una mejor sociedad.
Además de lo anterior, una mujer o un hombre con vocación de estadista debe ser
civilista y defensor a ultranza de los derechos civiles y las libertades
ciudadanas, lo que implica no ser y mucho menos mostrarse proclive a legitimar
el uso de las armas oficiales contra los civiles o el pueblo, como tampoco
mostrar simpatías por grupos armados ilegales que en el pasado se levantaron
contra el Estado y cometieron crímenes de lesa humanidad. Ni saludar como
militar, ni mostrar nostalgia por un violento pasado revolucionario que dejó
víctimas y deshumanizó la lucha armada en el contexto de un conflicto armado
interno que se degradó. El uso de las armas no se puede romantizar, así a través
de estas se hayan logrado algunos débiles cambios en las correlaciones de fuerza. Por lo menos el viejo Establecimiento sigue en pie.
Si es un hombre, ese estadista de
estos tiempos de sobre exposición mediática debe saber lidiar con esos sectores
de la sociedad que aún siguen atados a la tradición machista y la defensa del
sistema patriarcal. De ahí que debe ser capaz de controlar las ínfulas de macho
cabrío que terminan por deslegitimarlo como persona, como hombre y jefe de un Estado con una
historia inocultable de ser violador de niñas, niños, adolescentes y mujeres. La
vida privada de ese mandatario con vocación de estadista debe cuidarse de tal
manera que no sea posible que circulen rumores de haber violado mujeres y de
llevar una vida licenciosa. No se trata de moralismos, sino de dar ejemplo a
una sociedad en la que hay periodistas y ciudadanos del común que disfrutan de los
chismes en los que se exponen la cachondez de unos y otros. Y peor aún, una sociedad
que aún sigue viendo a la mujer como un objeto sexual de consumo o un
territorio en disputa.
Si es mujer, esa estadista de
estos tiempos en los que con mucha dificultad se intenta erosionar el poder del
sistema patriarcal y la cultura machista, debe actuar con mayor inteligencia frente
a las reacciones de los hombres que, con o sin poder político y económico, insistirán
en que la mujer no está en capacidad de asumir el control de un Estado y de una
sociedad que históricamente despreció a las mujeres y las redujo a cumplir los
roles de reproductoras, amas de casa o adornos institucionales. Sin caer en los
extremismos de un feminismo mal concebido, la mujer estadista debe saber
escoger los mejores hombres y mujeres para consolidar equipos de gobierno capaces
de trabajar bajo condiciones de armonía, desechando cualquier forma de
dominación y violencia alimentadas por consideraciones de género. Hablo de mujeres con vocación de estadistas porque fueron capaces de tomar distancia del sistema patriarcal en las que fueron criadas. Jamás tendrán esa vocación aquellas defensoras a ultranza del machismo.
Y, por último, un estadista hombre
no debería de ser vanidoso, arrogante, pro-militarista y fanfarrón. No puede
ser negacionista del cambio climático y mucho menos actuar como un vendepatria.
La gente quiere ser gobernada por un líder con pensamiento sistémico y crítico,
y con las virtudes magnánimas de las que habló Ortega y Gasset y otras que se
requieran para enfrentar las complejidades de un país y de un mundo que
transitan inexorablemente hacia escenarios de acidia y fanatismo religioso; cargados
de individuos nefarios que se instalan estratégicamente en lugares y puestos de
poder.
Eso sí, ese anhelado estadista,
mujer o hombre, no podrá emerger de una sociedad como la colombiana que
arrastra protuberantes taras civilizatorias que hacen pensar en que estamos ad-portas
de fracasar como colectivo. Hasta tanto no se dé una transformación o una
revolución cultural, los colombianos seguirán votando por hombres que no les
interesa gobernar como estadistas sino como verdaderos íncubos, enaltecidos por
grupos sociales cuyos demonios los hacen proclives a odiar al diferente, al que
no comparte sus mismas características estéticas: hombres y mujeres “blancos”, bonitos, elegantes y con el efecto Macbeth a flor de piel. Y votarán por mujeres con
ansias de gobernar, pero que son víctimas del machismo que en la política opera
con eficiencia y efectividad.
En cuatro años nos veremos
nuevamente en las urnas para seguir por las mismas. Pasará a la historia de los
no
estadistas que gobernaron a Colombia el payaso
siniestro que, como un perfumado fierabrás, va camino a reversar lo hecho en
favor de los menos favorecidos por quien pudo ser un gran estadista, pero que
sucumbió a las nostalgias de su pasado revolucionario,
a las presiones de quienes llevaban años defendiendo el ethos mafioso y a la
cachondez propia de los hombres que saben que se acercan al declive de esa
vieja masculinidad dominante. Ya es tiempo de ver gobernar a una mujer estadista en esta patria en la que las mujeres sobreviven de milagro.
[1][1]
Conjunto de prácticas y actitudes concebidas para
violar los derechos de los demás, para beneficio propio o de un grupo reducido.
En ese ethos confluyen la corrupción, el lavado de dinero, el robo al erario; las
mordidas a las autoridades para evitar una multa, conseguir un permiso oficial
o acelerar una gestión ante una autoridad.
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