sábado, 22 de agosto de 2026

COLOMBIA A LA ESPERA DE UNA ESTADISTA

 

Por Germán Ayala Osorio

 

Cada cuatro años los colombianos votan por dos o más opciones presidenciales; unos lo hacen con la esperanza de ver por fin el inicio de una transformación del país, lo que no es otra cosa que la superación del ethos mafioso[1] que guía la vida de los hijos de la élite y la de los vástagos de eso que llaman las comunidades subalternas. Y por supuesto, esa anhelada transformación incluye el progreso y el bienestar de todos los hijos e hijas de este territorio sin que ello se traduzca en daños ecológicos y ambientales irreparables sobre ecosistemas estratégicos y frágiles y en general del paisaje que nos lleve a sufrir de solastalgia.

Otros asisten a las urnas obligados por sus patronos (políticos y empresarios), por la promesa de un contrato millonario, un puesto de trabajo, una ayuda a manera de subsidio o el arreglo de un par de calles y la construcción de un parque o una capilla. En Colombia, el rico, el de clase media y el pobre venden o negocian su voto, cada uno de acuerdo con sus capacidades para intercambiar o negociar el sufragio.

Por supuesto que están quienes sufragan por convicciones políticas e ideológicas y otros tantos, por odio hacia el partido, el presidente saliente y la línea política del gobernante que termina el mandato. Al final, los colombianos no votan por un proyecto colectivo porque nadie lo lidera: lo hacen por micro proyectos familiares e individuales. Quizás ahí radiquen los problemas que arrastramos para consolidar una nación grande.

Los elegidos mediante la democracia electoral-la única que realmente funciona en el país- no suelen llegar con el perfil o vocación de estadistas que tanto se reclama en sectores societales, en particular los mejor formados e informados. Para Ortega y Gasset, un estadista o, un hombre o mujer de Estado, debe tener virtudes magnánimas como la honradez, la verdad y los escrúpulos.

Propongo este perfil de estadista para estos tiempos de sobre exposición egocéntrica en redes sociales, el empobrecimiento del pensamiento crítico y la naturalización de la ignorancia y la estupidez en amplias capas de la sociedad como una manera válida de estar en el mundo y participar de la vida pública del país. Una forma de huir al esfuerzo de comprender las complejidades de una condición humana que transita hacia estadios de deshumanización o posthumanismo por cuenta de la llegada de la IA y la robótica y por supuesto por la persecución étnico-identitaria-cultural que emprendieron Estados Unidos e Israel contra latinos y el pueblo palestino. Sobre este pueblo, el sionista ejército israelí emprendió una feroz persecución genocida con el objetivo de borrar física y culturalmente toda expresión de vida en Gaza.  

Un estadista, hombre o mujer, debe conocer muy bien la historia y los problemas que arrastramos como sociedad. Debe ser capaz, a través de un discurso fluido, soportado en el dominio de categorías y el pensamiento sistémico, de confrontar a todos los agentes que, de acuerdo con hechos probados, vienen dificultando o se oponen a la superación de las taras civilizatorias que nos impiden avanzar hacia estadios de modernidad. Un estadista no insiste en provocar enfrentamientos entre clases sociales, sino que le apuesta a superar o minimizar el clasismo, el racismo y la aporofobia, tres de las taras civilizatorias que arrastramos como nación.  

Debe ser carismático, cercano a los más necesitados, comprensivo de las lógicas y los intereses de los más favorecidos, incluida la clase media. A todos los debe convocar para construir un proyecto de país incluyente que supere las diferencias de clase fundadas en la incapacidad compartida de apostarle a la construcción de una mejor sociedad. Además de lo anterior, una mujer o un hombre con vocación de estadista debe ser civilista y defensor a ultranza de los derechos civiles y las libertades ciudadanas, lo que implica no ser y mucho menos mostrarse proclive a legitimar el uso de las armas oficiales contra los civiles o el pueblo, como tampoco mostrar simpatías por grupos armados ilegales que en el pasado se levantaron contra el Estado y cometieron crímenes de lesa humanidad. Ni saludar como militar, ni mostrar nostalgia por un violento pasado revolucionario que dejó víctimas y deshumanizó la lucha armada en el contexto de un conflicto armado interno que se degradó. El uso de las armas no se puede romantizar, así a través de estas se hayan logrado algunos débiles cambios en las correlaciones de fuerza. Por lo menos el viejo Establecimiento sigue en pie. 

Si es un hombre, ese estadista de estos tiempos de sobre exposición mediática debe saber lidiar con esos sectores de la sociedad que aún siguen atados a la tradición machista y la defensa del sistema patriarcal. De ahí que debe ser capaz de controlar las ínfulas de macho cabrío que terminan por deslegitimarlo como persona, como hombre y jefe de un Estado con una historia inocultable de ser violador de niñas, niños, adolescentes y mujeres. La vida privada de ese mandatario con vocación de estadista debe cuidarse de tal manera que no sea posible que circulen rumores de haber violado mujeres y de llevar una vida licenciosa. No se trata de moralismos, sino de dar ejemplo a una sociedad en la que hay periodistas y ciudadanos del común que disfrutan de los chismes en los que se exponen la cachondez de unos y otros. Y peor aún, una sociedad que aún sigue viendo a la mujer como un objeto sexual de consumo o un territorio en disputa.

Si es mujer, esa estadista de estos tiempos en los que con mucha dificultad se intenta erosionar el poder del sistema patriarcal y la cultura machista, debe actuar con mayor inteligencia frente a las reacciones de los hombres que, con o sin poder político y económico, insistirán en que la mujer no está en capacidad de asumir el control de un Estado y de una sociedad que históricamente despreció a las mujeres y las redujo a cumplir los roles de reproductoras, amas de casa o adornos institucionales. Sin caer en los extremismos de un feminismo mal concebido, la mujer estadista debe saber escoger los mejores hombres y mujeres para consolidar equipos de gobierno capaces de trabajar bajo condiciones de armonía, desechando cualquier forma de dominación y violencia alimentadas por consideraciones de género. Hablo de mujeres con vocación de estadistas porque fueron capaces de tomar distancia del sistema patriarcal en las que fueron criadas. Jamás tendrán esa vocación aquellas defensoras a ultranza del machismo. 

Y, por último, un estadista hombre no debería de ser vanidoso, arrogante, pro-militarista y fanfarrón. No puede ser negacionista del cambio climático y mucho menos actuar como un vendepatria. La gente quiere ser gobernada por un líder con pensamiento sistémico y crítico, y con las virtudes magnánimas de las que habló Ortega y Gasset y otras que se requieran para enfrentar las complejidades de un país y de un mundo que transitan inexorablemente hacia escenarios de acidia y fanatismo religioso; cargados de individuos nefarios que se instalan estratégicamente en lugares y puestos de poder.

Eso sí, ese anhelado estadista, mujer o hombre, no podrá emerger de una sociedad como la colombiana que arrastra protuberantes taras civilizatorias que hacen pensar en que estamos ad-portas de fracasar como colectivo. Hasta tanto no se dé una transformación o una revolución cultural, los colombianos seguirán votando por hombres que no les interesa gobernar como estadistas sino como verdaderos íncubos, enaltecidos por grupos sociales cuyos demonios los hacen proclives a odiar al diferente, al que no comparte sus mismas características estéticas: hombres y mujeres “blancos”, bonitos, elegantes y con el efecto Macbeth a flor de piel. Y votarán por mujeres con ansias de gobernar, pero que son víctimas del machismo que en la política opera con eficiencia y efectividad.

En cuatro años nos veremos nuevamente en las urnas para seguir por las mismas. Pasará a la historia de los no estadistas que gobernaron a Colombia el payaso siniestro que, como un perfumado fierabrás, va camino a reversar lo hecho en favor de los menos favorecidos por quien pudo ser un gran estadista, pero que sucumbió a las nostalgias de su pasado revolucionario, a las presiones de quienes llevaban años defendiendo el ethos mafioso y a la cachondez propia de los hombres que saben que se acercan al declive de esa vieja masculinidad dominante. Ya es tiempo de ver gobernar a una mujer estadista en esta patria en la que las mujeres sobreviven de milagro. 



[1][1] Conjunto de prácticas y actitudes concebidas para violar los derechos de los demás, para beneficio propio o de un grupo reducido. En ese ethos confluyen la corrupción, el lavado de dinero, el robo al erario; las mordidas a las autoridades para evitar una multa, conseguir un permiso oficial o acelerar una gestión ante una autoridad. 

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