Por Germán Ayala Osorio
El 7 de septiembre cumplió un mes
de estar al frente del Estado Abelardo de la Espriella Otero, el político-actor
o actor-político que unos días se disfraza de pastor, gobernante eficiente y Mesías y otros los dedica a fungir como sirviente
de Donald Trump, capataz y fino sepulturero que camina entre cadáveres para calcular
las medidas de sus mortajas o cajones y claro, para tomarle el pulso a la
opinión de quienes le aplauden a rabiar su decisión de acabar con los “malos”,
pero sobre todo, por exhibirlos como trofeos que brillan a pesar del estado de
autólisis de esos despojos mortales.
Tres días después, Dios lo puso a
prueba provocando el terremoto, suceso que también cumplió un mes. Ambos
eventos comparten la tragedia de la muerte, la esperanza de la reconstrucción física
de las ciudades y pueblos afectados por el terremoto y lo más importante, la restauración
moral de la sociedad que por cuatro años fue víctima de ideas progresistas.
De ahí que la batalla cultural sea el camino de la regeneración de una sociedad
que cayó en el abismo de la inmoralidad al insistir en darle visibilidad y reconocerle
derechos a la población LGTBIQ+ y por supuesto a las mujeres para decidir sobre
sus cuerpos, maternidad y sexualidad. La fantasmal ideología de género debe ser
combatida con toda la fuerza espiritual y moral de un Estado laico en proceso
de reconversión. Quizás jamás seamos una teocracia, pero el país godo, puritano,
gazmoño y camandulero ya probó que es posible poner en la Casa de Nariño a un
pastor. En el 2030, volverán a intentarlo, ya con el consagrado reconocimiento de San Abelardo, el regenerador de las almas perdidas.
Un mes después es insuficiente
para hacer evaluaciones del manejo de esos dos sucesos en la medida en que
ambos están atravesados por el ejercicio del poder y la política, factores que,
atados a las entrañas de la condición humana y la cultura dominante, siempre
serán motivo de críticas, alabanzas y aleluyas, dependiendo desde dónde se
hagan las evaluaciones y cuestionamientos. De hecho, los desastres dejados por
el terremoto se alejan de la condición natural del fenómeno si se revisan con
cuidado el incumplimiento de las normas de construcción (sismorresistencia) y
se visibilizan los errores de los poderosos urbanizadores y de quienes, para el
caso de Cali, le apostaron a sepultar al río Cañaveralejo que corría por el sur
de la capital del Valle, la zona más afectada por el movimiento telúrico.
Hemos visto a un pastor-presidente, therian, capataz, cuasi militar y sepulturero viajando en helicóptero y caravanas de carros blindados de un lado a otro, llevando promesas de soluciones a los damnificados, la palabra de Dios y su espiritual Viva Cristo Rey con el que el jefe del Estado se siente iluminado, elegido y ungido por el ser superior.
Insisto: el terremoto del 10 de
agosto y el triunfo electoral de la ultraderecha devienen como sucesos trágicos
y dolorosos. Las evidencias del primero son incontrastables y hay los
suficientes registros periodísticos que nos permiten entender y comprender la
gravedad de los daños generados; sobre el segundo evento o suceso se esbozan poderosos
y peligrosos símbolos, así como decisiones cuyos efectos los veremos en el mediano
y largo plazo. Por ejemplo, la guerra declarada contra los cultivos de uso
ilícito, fumigados en adelante con glufosinato de amonio, un poderoso herbicida
y defoliante, peor que el glifosato, ya usado como madurante de los cultivos de
caña de azúcar.
La posibilidad de que el gobierno
le entregue a los Estados Unidos las “tierras raras” para su beneficio y las operaciones
militares conjuntas hacen parte de la misma estrategia de despojo de las tierras
a los campesinos. Viviremos, muy seguramente, una nueva y definitiva ola desplazamientos
forzados de campesinos, indígenas y comunidades afrocolombianas. Y la promesa
de realizar actividades de fracking, a lo que marque, como dijo en
campaña el pastor-presidente.
Falta aún mucho tiempo para
evaluar los efectos morales, económicos, socioambientales, ético-políticos y
ecológicos que dejará el gobierno de Abelardo de la Espriella. Pero hay
mensajes, discursos y símbolos que, un mes después, hacen pensar en que su paso
por la presidencia dejará daños severos que se asemejan a los que dejó el terremoto de
7.4 grados. O quizás los que dejó la mega avalancha del 26 de agosto en Nepal.
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