lunes, 17 de agosto de 2026

UN GOLPE DE REALIDAD



Por Germán Ayala Osorio

Mientras en las redes sociales critican y se burlan del “gesto humanitario”-regaló balones de fútbol- del presidente de la República con la gente de Buenaventura y de la volada a la playa del ministro de Vivienda, caleños, pereiranos, vallecaucanos, chocoanos y manizalitas apenas empiezan a dimensionar la catástrofe y las implicaciones del pinchazo que la naturaleza les dio a las burbujas en las que vivían cada uno de los que sobrevivieron al feroz terremoto.

Los periodistas de los medios tradicionales hablan de edificios colapsados y de viviendas inhabitables, mientras el ministro de Vivienda disfrutaba de la playa, la brisa y el mar; los alcaldes, en particular el abucheado y silbado Alejandro Eder Garcés, calcula que reconstruir a Cali costará 10 billones de pesos y tomará por lo menos tres años; unos y otros de manera directa o indirecta exhortan a los que sobrevivieron al terremoto a que pronto deberán reintegrarse al sistema político, social, económico y cultural. En adelante lo llamaré macroestructura cultural.

A pesar de las pérdidas, la vida continúa. Las pérdidas materiales son millonarias, mientras que las inmateriales ningún tanque de pensamiento económico se atreve a calcular su valor. Eso sí, sirven de refugio a quienes afuera de sus viviendas caídas se apegan a los recuerdos, a las identidades que alimentaron durante años y que una mañana, y en pocos segundos, el Creador en un chasquido de sus dedos se las fracturó y desnudó. El titular de El Colombiano, periódico godo y camandulero, confirma que Dios está detrás de semejante tragedia: “El día que Dios se olvidó de Pereira”.

Las enfermedades catastróficas y el terremoto que castigó al suroccidente del país tienen el poder de paralizar las vidas de sus víctimas. Son golpes de realidad que nos dicen que somos frágiles y deleznables; también nos indican que las fortalezas con las que enfrentamos el mundo todos los días y ese macrosistema cultural son meras fachadas que al devenir atadas a las prácticas egocéntricas nos hacen sentir únicos, poderosos, irremplazables, hermosos, inteligentes y elegantes.

Minutos después, cada uno de los que salieron ilesos o fueron rescatados de los escombros entienden que esas identidades construidas desaparecieron y que lo único que les quedó fue la muda de ropa que cubre sus partes pudendas y los egos fracturados por Dios, por la Naturaleza, o por el destino. Con una mano atrás y otra adelante tratarán de seguir adelante. Y como en pandemia, más de uno guardará la esperanza de que una vez superada la emergencia, seremos mejores seres humanos.

Esos golpes de realidad quizás nos ayuden a todos a llevar más liviano el equipaje; a dejar atrás resquemores, odios y animadversiones; a ser más humildes, menos soberbios; a proscribir para siempre el clasismo, el racismo y la aporofobia, entre otras taras civilizatorias que, como edificios sismorresistentes, permanecen inamovibles y defendidas al interior de esas burbujas en donde viven y se reproducen las subjetividades. Ojalá que los que se grabaron entregando ayudas para ganar likes también comprendan que esos glóbulos de aire en donde dan rienda suelta a sus incontrastables egos son porosos y débiles.

La capital del Valle del Cauca, mi Cali bella, la Sucursal del Cielo fue duramente castigada por el terremoto. La fuerza combinada de bomberos, topos mexicanos, exmilitares israelíes y voluntarios de la Primera Línea salvó vidas de perros, gatos, mujeres y hombres, bebés y adolescentes; otros no contaron con la misma suerte.

Seis días después de ocurrido el remezón llovió en la ciudad. El petricor cobró vida de repente para competir con el olor a muerte, a cal, a tragedia que se respira especialmente en el sur de la capital del Valle del Cauca. ¡Cuidado!, no politice la tragedia, me parece volver a escuchar a políticos y tuiteros enfrentados en las redes sociales. No, el petricor es el olor característico que desprende la tierra cuando la lluvia cae. Nada tiene que ver con el apellido del expresidente.

Por lo pronto, seguiremos viviendo en medio de la zozobra de saber que en cualquier momento y por cosas del destino, de la naturaleza o de Dios, también podemos recibir ese duro golpe de realidad cuando la egoestantería que tanto nos costó edificar, de repente se cae  y nos deja con la identidad fracturada, a punto de colapsar y lo peor, desnudos. 




Foto: (EFE/ ERNESTO GUZMÁN), tomada de https://www.diariolibre.com/mundo/america-latina/2026/08/10/al-menos-20-edificios-colapsados-en-cali-tras-terremoto-en-colombia/3624631


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