Por Germán Ayala Osorio
Mientras en las redes sociales critican y se burlan del “gesto
humanitario”-regaló balones
de fútbol- del presidente de la República con la gente de Buenaventura y de la volada
a la playa del ministro de Vivienda, caleños, pereiranos, vallecaucanos, chocoanos
y manizalitas apenas empiezan a dimensionar la catástrofe y las implicaciones
del pinchazo que la naturaleza les dio a las burbujas en las que vivían cada
uno de los que sobrevivieron al feroz terremoto.
Los periodistas de los medios tradicionales hablan de
edificios colapsados y de viviendas inhabitables, mientras el ministro de Vivienda
disfrutaba de la playa, la brisa y el mar; los alcaldes, en particular el abucheado
y silbado Alejandro Eder Garcés, calcula que reconstruir a Cali costará 10
billones de pesos y tomará por lo menos tres años; unos y otros de manera directa
o indirecta exhortan a los que sobrevivieron al terremoto a que pronto deberán reintegrarse
al sistema político, social, económico y cultural. En adelante lo llamaré
macroestructura cultural.
A pesar de las pérdidas, la vida continúa. Las pérdidas
materiales son millonarias, mientras que las inmateriales ningún tanque de
pensamiento económico se atreve a calcular su valor. Eso sí, sirven de refugio
a quienes afuera de sus viviendas caídas se apegan a los recuerdos, a las
identidades que alimentaron durante años y que una mañana, y en pocos segundos,
el Creador en un chasquido de sus dedos se las fracturó y desnudó. El titular
de El Colombiano, periódico godo y camandulero, confirma que Dios está detrás
de semejante tragedia: “El día que Dios se olvidó de Pereira”.
Las enfermedades catastróficas y el terremoto que castigó al suroccidente del país tienen el poder de paralizar las vidas de sus víctimas. Son golpes de realidad que nos dicen que somos frágiles y deleznables; también nos indican que las fortalezas con las que enfrentamos el mundo todos los días y ese macrosistema cultural son meras fachadas que al devenir atadas a las prácticas egocéntricas nos hacen sentir únicos, poderosos, irremplazables, hermosos, inteligentes y elegantes.
Minutos después, cada uno de los que salieron ilesos o fueron
rescatados de los escombros entienden que esas identidades construidas desaparecieron
y que lo único que les quedó fue la muda de ropa que cubre sus partes pudendas
y los egos fracturados por Dios, por la Naturaleza, o por el destino. Con una
mano atrás y otra adelante tratarán de seguir adelante. Y como en pandemia, más
de uno guardará la esperanza de que una vez superada la emergencia, seremos
mejores seres humanos.
Esos golpes de realidad quizás nos ayuden a todos a llevar
más liviano el equipaje; a dejar atrás resquemores, odios y animadversiones; a
ser más humildes, menos soberbios; a proscribir para siempre el clasismo, el racismo
y la aporofobia, entre otras taras civilizatorias que, como edificios sismorresistentes,
permanecen inamovibles y defendidas al interior de esas burbujas en donde viven y se reproducen las subjetividades. Ojalá que los que se grabaron entregando ayudas para ganar likes
también comprendan que esos glóbulos de aire en donde dan rienda suelta a sus
incontrastables egos son porosos y débiles.
La capital del Valle del Cauca, mi Cali bella, la Sucursal
del Cielo fue duramente castigada por el terremoto. La fuerza combinada
de bomberos, topos mexicanos, exmilitares israelíes y voluntarios de la Primera
Línea salvó vidas de perros, gatos, mujeres y hombres, bebés y adolescentes;
otros no contaron con la misma suerte.
Seis días después de ocurrido el remezón llovió en la ciudad.
El petricor cobró vida de repente para competir con el olor a muerte, a cal, a
tragedia que se respira especialmente en el sur de la capital del Valle del Cauca. ¡Cuidado!,
no politice la tragedia, me parece volver a escuchar a políticos y
tuiteros enfrentados en las redes sociales. No, el petricor es el olor
característico que desprende la tierra cuando la lluvia cae. Nada tiene que
ver con el apellido del expresidente.
Por lo pronto, seguiremos viviendo en medio de la zozobra de saber que en cualquier momento y por cosas del destino, de la naturaleza o de Dios, también podemos recibir ese duro golpe de realidad cuando la egoestantería que tanto nos costó edificar, de repente se cae y nos deja con la identidad fracturada, a punto de colapsar y lo peor, desnudos.
Foto: (EFE/ ERNESTO GUZMÁN), tomada de https://www.diariolibre.com/mundo/america-latina/2026/08/10/al-menos-20-edificios-colapsados-en-cali-tras-terremoto-en-colombia/3624631
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