Por Germán Ayala Osorio
En estos tiempos de
sobreexposición narcisista en las redes sociales, la tragedia humanitaria que
deja el terremoto en Colombia es el escenario predilecto para aquellos
influencers, youtubers, políticos, modelos, funcionarias y exfuncionarias, tuiteras
y artistas se graben y se tomen fotos entregando ayudas para los damnificados.
Estamos ante manifestaciones y
acciones de solidaridad y empatía contaminadas por el afán de conseguir likes
y reproducciones que terminarán en la monetización de una ayuda convertida previamente
en mercancía. Es la estética del individualismo-hedonista atada a la dictadura
de la belleza joven que en sí misma es una oferta dentro del mercado de las cirugías
estéticas y el maquillaje. Así las cosas, todo se vuelve aparente, falso: la
preocupación por aquellos que lo perdieron todo a causa del terremoto. Ese
mundo de las apariencias que se detiene o entra en una terrible y angustiosa pausa
cuando un fuerte movimiento sísmico nos deja sin ropa, sin maquillaje y sin la
vida social a la que muy seguramente se acudía con posturas clasistas y
racistas en una sociedad como la colombiana que aún no supera esas taras civilizatorias.
Entonces, acuden presurosas y
presurosos a los sitios de la catástrofe. A pocos metros de los edificios
caídos sobre los cuales trabajan rescatistas (caninos y humanos) para grabarse.
Eso sí, lo hacen en los puntos con los que guardan conexiones de clase. Es mi
gente de estrato medio alto a la que estoy asistiendo.
Se graban ellos y ellas mismas luciendo
sus espectaculares oufit y conduciendo vehículos de alta gama; se solidarizan
con las víctimas, al tiempo que se aprovechan de la catástrofe para posicionarse
como personas-marcas con las que se reproducen estereotipos de belleza que
hacen parte de la estetización del mundo de la que hablaron Lipovestsky y
Serroy. A propósito de las dictaduras de la belleza y el individualismo y la actual
sobreexposición ególatra en las redes sociales, los dos autores sostienen que “cuanto
más se reivindica la autonomía de los individuos, más se intensifican las
servidumbres del aspecto corporal, las <<tiranías>> de la belleza
en todas las edades, la exigencia de adaptarse al modelo social del cuerpo
joven, esbelto y firme”.
En lugar de reflexionar en torno
a la fragilidad del ser humano frente a las dinámicas y lógicas del planeta, se
insiste en validar el “mundo fabricado por el capitalismo transestético en
el que conviven el hedonismo de las costumbres y desdicha cotidiana, singularidad
y trivialidad, seducción y monotonía, calidad de vida y vida insípida, estetización
y degradación de nuestro entorno; cuanto más se practica la maniobra estética
de la razón comercial, más se imponen sus límites a nuestras sensibilidades”.
Tragedias como la que hoy
soportan caleños, vallecaucanos, pereiranos, manizalitas y chocoanos deberían
de impulsarnos a reflexionar en torno del lugar que realmente ocupamos en la cadena
trófica y no el que el capitalismo y nuestras propias maneras de estar en este
mundo y concebir la vida nos dicen que ocupamos: somos una especie más. Al
final, cuando quedamos con la mera muda de ropa e incluso, desnudos, ese mundo
de las apariencias se cae porque la mampostería de los edificios es el
maquillaje y las cirugías estéticas de hombres y mujeres; y las vigas y
columnas fracturadas vienen siendo nuestras siempre frágiles estructuras
morales y éticas.
A aquellas lindas mujeres,
jugadores de fútbol, artistas, exfuncionarias y políticos, entre otros que
salieron presurosos a grabarse frente a la tragedia les recomiendo leer o
volver sobre lo dicho por Eduardo Galeano. Termino con dos citas: “La
cibercomunidad naciente encuentra refugio en la realidad virtual, mientras
las ciudades tienden a convertirse en inmensos desiertos llenos de gente, donde
cada cual vela por su santo y está cada cual metido en su propia burbuja”.
Y la segunda que bien sirve para confrontar
a quienes se grabaron y se solidarizaron con las víctimas desde las lógicas de
personas-marcas: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y
desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”. Estamos
ante una solidaridad aparente y sujeta a la frase que los impulsó a salir: ayudo,
pero quiero hacerme viral. Desde el anonimato la solidaridad se siente más real o por lo menos falsa que la de aquellos que salieron a grabarse.
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