Por Germán Ayala Osorio
En los nombramientos en
ministerios y otras dependencias, De la Espriella deja ver con preocupante claridad
la línea ético-política y moral con la que mandará- gobernar es distinto- en el
país. Lo hará con el apoyo decidido de la ultraderecha vengativa, violenta y
retardataria que lo apoya y aplaude.
Veamos algunos ejemplos: la
designación de Paola
Holguín como ministra de Cultura y Didier Blanco como director de la Unidad
Nacional de Protección (UNP). La gestión de la primera estaría atada a librar
una “batalla cultural” lo que convertiría a la cultura en un campo de lucha
ideológica con la directriz de tapar las fisuras que el progresismo en cuatro
años del gobierno Petro pudo provocar en la hegemonía cultural. Si durante los
ocho años de Uribe se apostó a la consolidación del unanimismo ideológico y
político, con el presidente therian la defensa de la cultura dominante será una
apuesta totalizante, lo que determinaría la desaparición de cualquier valor,
idea o sentimiento con énfasis en lo comunitario y que apunte al reconocimiento
de la pluralidad. Una especie de proceso de aculturación selectiva de las prácticas
culturales de las comunidades subalternas, incluida la población LGTBIQ+, que
el progresismo reconoció, reivindicó y valoró.
En lo que respecta a la llegada
de Didier Blanco a la dirección de la UNP la línea ético-política y moral se
conecta con la narrativa que De la Espriella impulsó durante la campaña
presidencial. Recordemos los dispositivos
retóricos con los que el entonces candidato recreó el patrón emocional
negativo con el que logró graduar de enemigo de la Patria a la izquierda, al
progresismo, a Petro y a los millones que lo votaron en el 2022. Estos fueron
algunos de los dispositivos a los que apeló: “La izquierda radical es un
cáncer que hay que erradicar”. “Izquierda destructora”, “enemigos
de la Patria”; “promueven la disolución de la familia tradicional”, “son
degenerados”, por eso hay “salvar a Colombia”. De la Espriella se
vendió como el “acérrimo enemigo” del progresismo y la izquierda.
Las expresiones de odio de Didier
Blanco en su cuenta de X contra Petro y Cepeda y lo que ellos
representan para el progresismo y la izquierda democrática lo conectan de
manera directa con la línea ético-política y moral que ya insinúa De la
Espriella con sus decisiones burocráticas. Gracias a sus escatológicas, estigmatizantes
y excluyentes posturas, Blanco recibe el premio de dirigir la Unidad Nacional
de Protección (UNP). El terror que expresan miembros del Pacto Histórico por
dicho nombramiento se explica solo.
La perversa línea ético-política
y moral del gobierno entrante también se confirma en dos hechos sobre los
cuales el silencio del therian presidente y de su círculo más cercano resulta ensordecedor.
El asesinato del colombiano Joan Sebastián Durán Guerrero a manos de fascistas agentes
del ICE y el secuestro y posterior asesinato de María Camila Potosí en Cali no
merecieron comentario alguno de Abelardo de la Espriella.
El silencio sobre el primer caso se
explica porque el presidente therian es ciudadano norteamericano y juró
defender los intereses de los Estados Unidos. A lo que se suma, por supuesto, su
actitud cipaya frente a Donald Trump. Para
De la Espriella, el crimen del colombiano no amerita ninguna discusión por
cuanto presume que se dio en el marco de la aplicación de los protocolos y
leyes americanas a las que él está sometido en su calidad de ciudadano gringo.
En general la prensa hegemónica
de Colombia evitó criticar el silencio del gobierno entrante. Eso sí, El País
de España se interesó en el caso y tituló El ruidoso silencio de Abelardo
de la Espriella por la muerte de Johan Sebastián Durán Guerrero. En el
texto noticioso se lee que “tanto el presidente electo como una delegación
de visita en Washington ignoran el caso del migrante colombiano de 26 años
baleado por el ICE en Estados Unidos”.
En lo que toca al crimen de
Potosí y la extracción de su vientre de la bebé que esperaba, el silencio del primer
presidente therian de Colombia se explica por la misoginia que dejó entrever De
la Espriella durante la campaña presidencial, a lo que se suma la condición
socioeconómica de la mujer asesinada. Si ese aberrante caso ocurriera al interior
de una familia prestante, la reacción de rechazo del therian no se hubiese
tardado.
Así las cosas, las dudas y miedos
que ya circulan en varios sectores societales alrededor de la posibilidad de
que el país regrese a los tiempos del Estatuto de Seguridad del gobierno de
Turbay Ayala e incluso a las prácticas ilegales del DAS durante el gobierno de
Uribe Vélez tienen asidero en los silencios del presidente electo y la elección
de sus más inmediatos colaboradores. La estrategia de los Bloques
de Seguridad Urbana también aportan al terror que se siente en las huestes
del petrismo y el progresismo. Eso sí, hay que reconocer que todas las decisiones
adoptadas por De la Espriella son coherentes con su talante. Eso explica el
miedo, el terror, el espanto, el pánico y la pavura que sienten una parte
importante de los 12 millones que votaron por Cepeda ese inolvidable 21 de
junio.
Abelardo de la Espriella en Bogotá (Colombia), el 25 de junio. Diego Cuevas (Getty Images)
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