Por Germán Ayala Osorio
El “capricho” del primer presidente
therian
de Colombia de posesionarse en una guarnición militar, el infantil y burlón saludo
militar del que se contagió su gabinete tiene un fuerte arraigo en la
sobrevaloración de la vida castrense, la heroización mediática de sus hombres,
la poco vigilada y cuestionada institucionalidad militar, los apegos de los civiles
a los uniformes, así como el desprecio que de la condición civil suelen
exhibir, en público y en privado, los militares activos.
Nadie niega que De la Espriella
está mandando un mensaje de sumisión al poder militar, lo que lo puede
convertir, si específicos agentes de poder del Establecimiento se lo permiten,
en el Bukele criollo con el que sueñan militares, policías, el propio Abelardo
y actores sociales y políticos de la ultraderecha que sienten una profunda
animadversión por los derechos humanos y las garantías que ofrece la Carta política
de 1991.
La doctrina del enemigo interno,
extendida a defensores de los derechos humanos, de la naturaleza y la pluralidad
étnico-ideológica podría aplicarse con mayor celeridad estando De la Espriella condicionado
por las narrativas que a diario oirá dentro del Batallón Paraíso de Barranquilla
desde donde piensa gobernar al país. Los relatos castrenses serán legitimados
por la godarria que lo acompaña, en particular quienes le hablan al oído. Salvación
Nacional bien podría operar como un partido político-militar y agencia para
emprender acciones cívico-militares, influenciado por Acore y los veteranos que
votaron por De la Espriella y que harían parte de los Bloques de Seguridad Urbana
que el nuevo gobierno diseñará para las ciudades capitales.
Es tiempo de que la sociedad
civil haga un juicioso análisis del “capricho” del therian presidente de dirigir
los destinos del país desde un cantón militar. Su alejamiento de la condición
civil lo haría proclive no solo a validar todo lo que hagan y propongan los
uniformados, sino a poner por encima de la civilidad el sentido de la vida y de
la política que suele alimentarse al interior de las guarniciones.
Aunque los militares que monetizaron
la vida de los 7837
jóvenes asesinados bajo la modalidad de “falsos positivos” ya no están en el
Ejército, no hay evidencias de que ese espíritu sicarial haya desaparecido de
las huestes castrenses y de los objetivos operacionales que se trace la nueva
cúpula militar en medio de la guerra total que ofreció De la Espriella en
campaña.
Ya el país sufrió los desmanes de
las políticas de seguridad de los gobiernos de Turbay Ayala y Uribe Vélez. El
Estatuto de Seguridad del primero fue el instrumento político, militar e
ideológico para perseguir profesores, estudiantes, sindicalistas y militantes
de izquierda. La Seguridad
Democrática del segundo cumplió exactamente el mismo papel de perseguir,
estigmatizar y violar los derechos humanos. De tiempo atrás, en Colombia viene
operando un Estado militarista,
cruel y asesino. Dice el informe de la Comisión de la Verdad que “esta
doctrina contrainsurgente se expresó en la estigmatización del movimiento
social y en el tratamiento militar de los conflictos políticos” (p.99).
La actitud adolescente de Abelardo
de la Espriella al identificarse con un tigre no puede reducirse a un tardío
desarreglo identitario: es una apuesta ideológica de acercarse al mundo
castrense para validar los rugidos, mordeduras, zarpazos y los destripamientos
que prometió en campaña. Un presidente civil obnubilado por las armas, uniformes
y el pensamiento militar constituye un riesgo para una sociedad que ya sintió
en el pasado el desprecio por la vida que se alimentó en las escuelas de formación
militar. La retoma del Palacio
de Justicia y el vil asesinato de magistrados, empleados y visitantes con
balas oficiales fue y es el episodio que exige que los militares, en democracia,
deben estar sometidos al poder
civil.
No se puede neutralizar a las
estructuras criminales, mal llamadas guerrillas, copiando de éstas sus
inmorales y pérfidos procedimientos. Las armas de la República están para
proteger a la población civil.
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