Por Germán Ayala Osorio
La burda, obscena, tétrica, sombría,
lúgubre y macabra escena en la que se ve desfilando al jefe del Estado entre 23
cadáveres entalegados en bolsas blancas hace parte de la narrativa oficial en
la que el culto a la muerte deviene sistémico y naturalizado por la prensa
amiga del gobierno: no solo se desprecia la vida de los terroristas asesinados
convertidos en trofeos en proceso de autólisis, incluidos tres menores de edad,
sino que se desecha el valor ético-estético de la biodiversidad.
El gobierno de la Patria Milagro
bombardea campamentos y el presidente de la República celebra alborozado el
resultado operacional, hasta el punto de ordenar que le organicen el perfomance
fúnebre con el que se naturaliza el discurso de la muerte. Nadie en el gobierno
y muy seguramente muy pocos ambientalistas y ecólogos se preguntarán por los efectos
ecológicos y ambientales que dejan los bombardeos en espesas zonas selváticas
en las que suelen camuflarse los criminales. Ni siquiera el ministro de la
cartera ambiental se muestra interesado en evaluar los daños y mucho menos le
pasa por la cabeza proponer actividades de restauración del ecosistema afectado
por el bombardeo.
Antes de la desagradable escena, se
anunciaba el desmonte de medidas de protección ambiental que sobre el páramo de
Santurbán dejó el gobierno anterior. Van presurosos por el oro. A las
multinacionales comprometidas no les interesa el agua y la vida. No. De la mano
del gobierno de Abelardo de la Espriella están listas para someter ese estratégico
ecosistema natural a las lógicas de la economía de enclave. Oro por agua es la
consigna corporativa. Corporaciones como Anglo Gold Ashanti y Aris Mining, cuyo
socio mayoritario es cercano al presidente colombiano, fungen como depredadores
culminales, al igual que el tigre. De ahí que el desajuste identitario que
exhibe el presidente al identificarse con el enorme felino se explica porque al
igual que el fiero animal, De la Espriella se siente un depredador, en lo
ambiental o un destripador, en el ámbito del combate ideológico y militar.
En ese proceso de consolidación
del discurso de la muerte el siguiente paso es meterle mano a la consulta
previa, lo que no es otra cosa que limitar los derechos de las comunidades que
se verán afectadas por obras de infraestructura a desarrollarse en sus territorios
ancestrales. El vocero presidencial, Miller Soto, explicó a El Espectador que “la
propuesta es que la licencia ambiental y la consulta previa puedan avanzar de
manera paralela y autónoma, mientras la autoridad ambiental estudia los efectos
ambientales de un proyecto. Al final, la consulta previa deja de ser un
requisito que impida iniciar, evaluar o decidir sobre un proyecto en específico”.
Así entonces, ver desfilando- sin
alfombra roja- al presidente-pastor entre los despojos mortales de los
terroristas dados de baja hace parte del discurso de la muerte que inspira a la
Patria Milagro, y que trasciende las dinámicas del conflicto armado interno. Aniquilar
al histórico “enemigo interno” y extraer las riquezas que Dios en su sabiduría
depositó entre páramos, selvas y cadenas montañosas del país de la belleza son
acciones que deben ir acompasadas. No importa que las comunidades y los estetas
del medio ambiente sientan los rigores de la solastalgia. Al fin y al cabo, sacarlos
a todos de la ecuación hace parte de la anunciada “batalla cultural” en la que sobresalen
el pensamiento único, el disciplinamiento ideológico y la persecución moral de
todos los que se opongan al desarrollo extractivo, a la ganadería extensiva y a
la extensión del modelo de la gran plantación.
Acabar con la diversidad cultural
y la biodiversidad hacen parte sustantiva del proyecto político que orienta el
pastor-presidente quien, guiado por su Dios, está dispuesto a todo con tal de
no desobedecer las órdenes de su deidad. Por eso, él y sus áulicos gritan, ¡Viva Cristo Rey!
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