Por Germán Ayala Osorio
Las rabietas de niños y la
exposición cotidiana de estupideces en las que suelen incurrir los seres
humanos se presentan en las redes sociales, a manera de chiste, como razones
suficientes para no tener hijos: consideran que esas conductas fungen como
formas de planificación, pero sobre todo de anticoncepción tan efectivas como
la inyección aquella y los condones.
Entre chiste y chanza, lo cierto
es que Colombia envejece por la disminución de nacimientos, lo que ya preocupa
a expertos en temas como el aseguramiento social (salud y pensiones) y por
supuesto a los que tienen que ver con la producción de riqueza. Por supuesto que
la disminución en la tasa de natalidad no solo se presenta en el “país de la
belleza”- hoy, el “país de los cadáveres”-. En el viejo continente sucede lo
mismo de tiempo atrás, aunque con medidas migratorias conducentes a reversar
ese estadio de envejecimiento que parece irreversible.
A las “escenas anticonceptivas”
señaladas arriba se suman otras: la transmisión en vivo y en directo del
genocidio en Gaza a manos de los gobiernos de Netanyahu y Trump. Este par de
asesinos decidieron, una tarde cualquiera, que el pueblo palestino debía
desaparecer por mandato divino. Una vez ejecutada la orden del Santísimo, sobre
Gaza llovieron, además de bombas, proyectos de gentrificación urbana en los que
están metidas cadenas de hoteles e inversionistas millonarios que necesitaban
de la “limpieza étnica” que acompaña al genocidio que perpetra aún el sionista
ejército de Israel.
Para el caso colombiano, otra escena que podría invitar a la no concepción la componen la execrable práctica de reclutamiento forzoso de niñas, niños y adolescentes de parte de las organizaciones criminales. Y más anticonceptiva se vuelven las escenas expuestas en las redes sociales cuando el Estado colombiano, en nombre del “imperio de la ley”, bombardea los campamentos guerrilleros en donde caen despezados menores de edad. Es el mismo Estado que jamás fue capaz de evitar el reclutamiento de esos menores. En el pasado, más de 18 mil niñas y niños fueron reclutados por las Farc-Ep. Sin duda alguna, una tragedia humanitaria que hace y haría preguntarse para qué traer hijos a un país como Colombia que los desprecia, los viola, abandona y asesina. Además de esas circunstancias que hacen pensar a más de uno a no dejarse llevar por el cuento de la cigüeña, les pregunto: ¿Vale la pena traer hijos e hijas para entregarlos a un sistema mundo capitalista que los someterá toda la vida a las precarias condiciones laborales que imponen los gobiernos neoliberales?
Hoy, el presidente-pastor celebra
alborozado la caída en “combate” de más de tres menores de edad, mientras un
juez intenta ponerles límites a las operaciones militares y a la generación de
esos “daños colaterales”, porque así se asumen esos crímenes. Mientras los
criminales no dejen de reclutar niñas, niños y adolescentes, el país seguirá viendo
bolsas plásticas, blancas, muy blancas, con pedazos de seres humanos en su
interior.
El bajonazo de la tasa de
natalidad en el país coincide con la estupidización de millones de seres
humanos, entre ellos cientos de miles jóvenes que se volcaron a las redes
sociales y video juegos para escapar de las angustias, incertidumbres y problemas
que surgen en familias disfuncionales en donde se ejercen violencias simbólicas
y físicas sobre las menores y mujeres en particular.
Se suma a lo anterior, el
desarrollo de la IA y la robótica que ya ambienta los escenarios que desde hace
años la literatura de ficción y el cine de Hollywood vienen recreando: la
presencia de seres humanos biónicos, ciborg, humanoides o los robots que ya remplazan
en disímiles cadenas de producción fordista a los seres humanos. De la mano de
esas fantasías que ya no lo son tanto, la misma industria cinematográfica se ha
dedicado a imaginar escenarios apocalípticos tipo Mad Max o Elysium, que
terminan por confirmar que la aviesa condición humana es quizás hoy la más
efectiva razón para no traer hijos a sufrir a un mundo en el que la avaricia,
la intolerancia y formas variadas de violencia física y simbólica contra
mujeres, niñas y niños prácticamente se consolidaron y naturalizaron como formas
de estar y relacionarse entre los seres humanos.
A los curas pederastas, por
ejemplo, la Santa Sede los protege; la curia local, para el caso colombiano,
hace lo propio con esos degenerados. Lo peor de todo sucede cuando una sociedad
como la norteamericana valida, apoya y aplaude la pederastia del presidente Donald
Trump. Eso sí, estoy seguro de que ese violento carcamal inspira a más de un
joven republicano a tratar de procrear teniéndolo como referente ético y moral.
Muchos de los que votaron por De la Espriella son admiradores del criminal de
pelo anaranjado porque representa al macho cabrío que en Colombia también existe
en el ámbito de la política y el ejercicio del poder. Por ahí anda todavía
dando lora el vejestorio señalado de haber violado a la periodista Claudia
Morales y de haber conculcado los derechos humanos de cientos de miles de
colombianos en grado sumo.
Quizás lo anterior explique que
hoy muchos jóvenes y adultos en edad de procrear prefieran criar perros y
gatos, animales no humanos con los que resulta más fácil relacionarse y
comunicarse porque no están mediados por los intereses y las mezquindades que
rodean las relaciones entre los seres humanos. Además, esas relaciones están
lejos de verse contaminadas por el uso particular de una lengua. Basta con la
construcción de dos o tres instrucciones, expresiones e incluso miradas para
que la relación fluya. Un movimiento de cola es suficiente para comprender qué
quieren esos seres maravillosos. Son verdaderos ángeles.
Eso sí, que el mundo esté ya
caminando hacia la robotización y el remplazo total del ser humano por máquinas
(humanoides) no significa que habrá un mañana de fantasía en el que se acabarán
los conflictos y vivirán las generaciones de ese futuro en medio de ríos de
miel y leche. No. Los humanoides o los robots con apariencia humana serán
creados para mantener en el tiempo las características de esa aviesa condición humana.
Habrá, entonces, robots “buenos”, “malos” y “tibios”, esto es, los “Fajardo”
del futuro.
Mientras llega ese momento,
sigamos viendo al presidente-pastor caminando entre cadáveres; en un futuro no
muy lejano veremos a presidentes haciendo lo mismo, pero sobre humanoides “dados
de baja” por inservibles o defectuosos. El fin del Homo Sapiens está cerca. Alisten
gaseosas y palomitas para continuar viendo las mismas y nuevas escenas anticonceptivas,
que funcionan como poderosos “condones simbólicos” que invitan a detener la paridera
en un mundo que sobrevive en medio de escenas distópicas. Y por supuesto, para ver
la cruzada moral del actual gobierno en contra de las mujeres que optaron por
no tener hijos o aquellas que asumen el aborto como un derecho. Para Enrique
Gómez, de Salvación Nacional, las mujeres que abortan son asesinas y lo hacen con suma facilidad. Este godo y machista recalcitrante es uno de los tantos soldados dispuestos por la De la Espriella para librar la "batalla cultural" para someter a liberales, feministas y progresistas. Bienvenidos
al pasado, mientras llega el momento de decir adiós a la especie humana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario