Por Germán Ayala Osorio
Tumbar el monumento a la
Resistencia en Cali es una aspiración política de la derecha abelardizada en la
que confluyen variables como memoria, clasismo, racismo, aporofobia, hegemonía
cultural, violencia simbólica y estética. En el argot popular se dice que la derecha
le tiene ganas a la estructura de 13 metros de altura, convertida ya en un
ícono para la ciudad e incluso en lugar turístico que quizás compite ya con estatuas
tradicionales muy visitadas por propios y extraños.
Esas siete variables chocan con
el sentido que a esos mismos conceptos les reconocen los miembros y militantes
de la derecha abelardista que se sienten respaldados por Abelardo de la
Espriella, presidente electo que en 24 horas será investido como jefe del
Estado; huelga recordar que durante la campaña se refirió a la estructura como “adefesio
y oda al terrorismo”. Sin duda alguna, una lectura ideologizada funcional a
la narrativa oficial que el gobierno de Duque logró naturalizar en la ciudad
para ocultar los desmanes y los excesos cometidos por la fuerza pública al
momento de repeler los bloqueos y las manifestaciones populares, también violentas,
que se presentaron en la “sucursal del cielo” en 2021.
Reconocer a las víctimas civiles que
fueron asesinadas por el gobierno de Iván Duque en el contexto del estallido
social constituye un acto de memoria con el que se rinde homenaje a los jóvenes
caídos, se reivindica la protesta social y la legitimidad del movimiento social
que estuvo detrás de los enfrentamientos entre policías y los jóvenes en el
sector de Puerto Rellena.
Por supuesto que el monumento está
para ser interpretado de acuerdo con el lugar que cada ciudadano le quiera dar a
las siete categorías desde las que es posible legitimar, reconocer, aceptar,
invalidar y descalificar ese símbolo que dice mucho de lo que somos como sociedad.
El deseo del “movimiento
abelardista” de tumbar el enorme puño que se alzó en el sector de Puerto Rellena-
hoy Puerto Resistencia- está atado fuertemente a la hegemonía cultural que se suele
defender desde la derecha, orilla ideológica muy dada a no aceptar la
existencia de otros relatos que den cuenta de hechos, episodios y coyunturas
políticas y sociales como lo es y sigue siendo el estallido social. La molestia
viene desde el mismo momento en el que se levantó la estructura, pasando por la
propuesta de declararlo Patrimonio
Nacional, proceso administrativo que no se concretó; terminando en el
regreso de la derecha clasista, racista y aporofóbica que representa De la
Espriella.
La defensa que hizo la derecha, con
fervor histórico, de la estatua de Sebastián de Belalcázar derribada por indígenas
Misak durante el estallido social explica con claridad el sentido que a cada
una de las siete variables o conceptos le dan los militantes de la derecha abelardizada
que ya está dispuesta a librar la “batalla cultural” de la que hablaron De la
Espriella, el therian presidente y su ministra de Cultura (y no de las
culturas), Paola Holguín.
La caprichosa posesión de
Abelardo de la Espriella Otero en la ciudad de Cali es leída en varios sectores
sociales y políticos como una “provocación” a los caleños que en su mayoría
votó por el proyecto progresista tanto en el 2022 como en la jornada electoral
del 21 de junio del año en curso. Sea o no una provocación, cualquier intento de
tumbar el monumento a la Resistencia constituye un desafío, una bravata, de
quienes al parecer acogieron como bandera de lucha los actos de habla del
entonces candidato presidencial con los que elevó a la condición de “enemigos
de la Patria” a los petristas y amenazó con “destripar” a la izquierda.
La estatua de Sebastián de Belalcázar
da cuenta de una coyuntura social, política y económica epocal que debe permanecer
en pie; lo mismo el monumento a la Resistencia. Ambos guardan la misma
legitimidad por ser símbolos
de dos momentos históricos que dicen mucho de nuestros procesos civilizatorios
que nos pueden parecer fallidos, complejos y violentos por cuenta de la siempre
aviesa condición humana. Pero son nuestros procesos civilizatorios que nos dicen a nosotros mismos y al mundo cómo hemos tramitado nuestras diferencias y conflictos. Y a juzgar por esa misma historia, seguimos estando lejos de ser un pueblo civilizado.