Imagen tomada de Las 2 Orillas.
Por Germán Ayala Osorio
Con el nombramiento del sacerdote
Rodolfo Londoño de la Espriella como delegado presidencial en cinco
universidades públicas, el gobierno avanza en su proceso de regeneración
social, ideológica y política que, aunque no finaliza o se agota en la idea
abstracta de la Patria Milagro, resulta determinante en el objetivo final de refundar
la patria a través del relato bíblico y los mitos religiosos que hacen
parte de la imaginación colectiva en una sociedad creyente, camandulera,
pacata, morronga, puritana, gazmoña, violenta y antiderechos como la colombiana.
Aquello de “refundar la patria” o
volver a la familia
tradicional en los términos que ya expone el abelardismo no está lejos de
las pretensiones que quedaron consignadas en el Pacto de Ralito. Mientras
volvemos a la “familia tradicional y a sus valores”, el país debe continuar con
la profundización del neoliberalismo, la captura del Estado por parte de clanes
políticos tradicionales, la proscripción de las ideas socialistas-comunistas-progresistas
y la consecuente eliminación simbólica y física de sus voceros; el desarrollo extractivo
y la expansión de la ganadería extensiva y el modelo de la gran plantación. Todo lo anterior se mantiene con un matiz
clave: la moralización de la política y
el ejercicio del poder. Lo nuevo es la naturalización del discurso moral y
moralizante de las comunidades religiosas que sostienen espiritual y
políticamente al jefe del Estado, quien vive su propio proceso de reconversión
que lo tiene ad portas de pasar de ser presidente de la República y jefe de un
Estado laico, a pensar y actuar como pastor-presidente, salvador de los colombianos
y un insuperable Mesías. Un juez de la República, tímidamente, le ordena disculparse
por haber convertido la sesión en el Congreso en la que fue investido como
presidente de la República en una eucaristía. Ya veremos cómo reacciona el
pastor-presidente.
La victoria religiosa a la que
apunta conseguir De la Espriella en cuatro años- pueden ser más- está fundada
en el poder del lenguaje que, con todo y sus dobleces, es clave para hacer que
los colombianos vuelvan a creer en esa realidad imaginada que les ha permitido usar a Dios para rechazar los movimientos progresistas que le han dado vida social y política al
feminismo y visibilidad a los miembros de la población LGTBIQ+ asumidos por
pastores y agentes políticos provida como figuras demoniacas promotoras o
fuentes de la “ideología de género” que deberán ser perseguidas y quemadas en
las redes sociales convertidas en las más efectivas hogueras de estos nuevos
tiempos de sobreexposición individual y narcisista.
En todo lo anterior, De la Espriella el converso, está dispuesto a gobernar para las élites tradicionales con salvedades ideológicas atadas unas, a ejercicios de la moral religiosa y otras al pasado político de hijos, esposas y familiares de aquellos que quieran llegar a cargos públicos y privados. Los nombramientos y desnombramientos de los últimos días explican con claridad el tipo de escrutinios a los que fueron sometidos funcionarios elegidos para servir al Estado o profesionales seleccionados para trabajar en el sector privado. A los casos de Carlos Sepúlveda en el DNP y al de Carolina Soto en la Cámara Colombiana de la Infraestructura se suma el de Hannah Escobar, la química farmacéutica que se opuso con vehemencia a la reforma a la salud del gobierno Petro. Por su formación y ese rasgo político fue nombrada en la Dirección de Medicamentos y Tecnologías en Salud del Ministerio del ramo. A los pocos días renunció (la renunciaron) por su postura proaborto. Es este el elemento moral que está exponiendo el pastor-presidente y el abelardismo para determinar quién es digno o no de trabajar para el Estado. Parece que existe un círculo de poder muy cercano al presidente De la Espriella que ya funge como una especie de “policía moral” que de manera selectiva recomienda al jefe del Estado quién merece hacer parte de la Patria Milagro.
Como dije líneas atrás, el lenguaje, con todo y sus dobleces y capacidad para nombrar los fenómenos, calificar a las personas e incluirlas en los listados de los moralmente viables o inviables para trabajar en el Estado e incluso en los gremios económicos, es el factor clave en esta nueva etapa en la que entra la operación de la República. Sobre el lenguaje, Ernest Cassirer, en su libro El Mito del Estado, dice que “…no es tan solo una escuela de sabiduría; es también una escuela del desatino. El mito nos revela este último aspecto; no es más que la oscura sombra que el lenguaje proyecta sobre el mundo del pensamiento humano”.
El relato bíblico con el que De
la Espriella y su séquito más cercano están enfrentando la tragedia del
terremoto del 10 de agosto y la transformación moral de Colombia hace parte de
esa imaginación común que les permite a millones de colombianos encontrarse alrededor
del mito de la eternidad, del cielo y el infierno. Alcanzar el reino de los
cielos, así toque sufrir en la Tierra la irresponsabilidad del Estado y la
avaricia y la corrupción de su clase política y empresarial, es la apuesta del
actual gobierno. No en vano el pastor-presidente decretó que el terremoto fue
un castigo divino, una prueba: “las cosas de Dios, queridos compatriotas,
solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta prueba tan dura y, en su
sabiduría, lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato”.
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