Por Germán Ayala Osorio
La democracia es, en doble vía,
un régimen de poder y un anhelo civilizatorio. Justamente, sobre ese carácter
aspiracional aparece el voto popular como expresión de lo que deberían de hacer
los ciudadanos al momento de tomar decisiones políticas en coyunturas electorales
como la que afrontarán los colombianos el domingo 21 de junio. Ese día
decidirán entre dos
caminos: el que dejó trazado el gobierno Petro y que conduce hacia la
consolidación del Estado Social de Derecho y la posibilidad de vivir por fin
bajo las condiciones de una genuina República; o el que buscará reabrir Abelardo de la Espriella
y que inexorablemente llevará al país a volver a sufrir los nefastos resultados
que dejaron 20 años de uribismo
y 32 de neoliberalismo: concentración de la tierra y la riqueza en pocas manos,
desigualdad, pobreza y miseria; ruina en el campo, privatización del Estado, la
naturalización de un ethos mafioso y ejecuciones extrajudiciales (falsos
positivos), entre otras nefastas consecuencias.
Dedico esta columna al asunto de
la responsabilidad ciudadana al momento de votar, pensando en los indecisos, en
los “tibios”, en los que hace rato no votan pero saben en qué lugar les
correspondería sufragar si ese domingo se deciden a hacerlo; los que votaron
en primera
vuelta en contra de Cepeda
y De la Espriella o lo hicieron en blanco
y volverán a votar de esa misma manera; también en aquellos que aún comen
cuento de lo que “informan” medios como Semana, El Tiempo, El Colombiano, El País
de Cali, El Heraldo,
así como los noticieros RCN y Caracol, que apoyan directa o indirectamente al “Tigre”
de Temu y que claramente atacan al progresismo que representan Petro y Cepeda.
Y por supuesto a los que equivocadamente se auto definen como “apolíticos” y
que terminan pareciéndose a los “idiotas[1]”
en la Antigua Grecia.
La responsabilidad al momento de
votar no se circunscribe a los asuntos que confluyen en la subjetividad de
quien sufraga. No. Hay ocasiones en las hay que pensar más allá de las convicciones
individuales. Votar este 21 de junio exige hacerlo pensando muy bien en las
consecuencias que generará hacerlo a favor del candidato que ofrece “bala, reducir
y privatizar el Estado, violencia, fracking a lo que marque, destripar al que no
piensa como él; afectar la producción agropecuaria y por ende a los campesinos”.
Por lo anterior, hay que sufragar
de la mano de la sororidad para el caso de las mujeres que maltrató De la Espriella[2]
en el episodio aquel con la periodista a la que intimidó
al aire con una supuesta fotografía de su “paquete”;
hay que salir a votar pensando en los derechos de la Naturaleza en medio de una
pluricrisis climática. Como miembro de la especie dominante, hay que participar
de la jornada electoral con una postura ético-ecológica-ambiental en pro de la
vida de los ecosistemas que el fracking afectará.
Si Usted votó en primera vuelta
por De
la Espriella y está decidido a cometer por segunda vez ese monumental
error, lo invito a pensarlo muy bien. Votar por quien siendo adolescente
asesinó a un gato y se jacta aún de semejante estupidez, es propio de gente
inteligente asintomática.
Ahora bien, si a Usted le importa
un c… lo que pase con los ecosistemas
naturales, los derechos humanos; la naturalización de la misoginia que exhibe
De la Espriella; la animadversión que siente hacia negros, campesinos e
indígenas; sindicalistas, progresistas y libres pensadores; entonces salga y
deposite su voto por el machito que se siente orgulloso de ser ciudadano
de los Estados Unidos. Y siga creyendo en la “realidad” que a diario le construyen
las empresas mediáticas arriba mencionadas.
[1]
“Durante la Edad Media, la palabra, adoptada en
latín medieval como "idiota," comenzó a adquirir connotaciones
negativas. En este contexto, se refería a alguien falto de formación teológica
o filosófica, especialmente en el creciente mundo universitario. Obras como el
*Summa Theologica* de Tomás de Aquino, que empleaba un lenguaje accesible para
la época pero que exigía cierto nivel de instrucción, contribuyeron
implícitamente a esta nueva acepción (Gilson, 1925). Ser "idiota"
implicaba, pues, una carencia de conocimiento específico, un defecto
intelectual en el marco de las estructuras de poder de la época”. Tomado de: https://www.las2orillas.co/todo-idiota-tiene-su-origen/
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