Por Germán Ayala Osorio
Faltan ocho días para que los
colombianos tomen la decisión ético-política más importante de los últimos 50
años en el país: votar a favor de la profundización de los derechos colectivos,
incluidos los de la Naturaleza, o hacerlo a favor del proyecto político
retardatario, antiderechos, neoliberal y violento que encabeza Abelardo de la
Espriella.
Que llegue rápido ese domingo
para salir a sufragar. Después del resultado de la primera vuelta se advierte cansancio
en cientos de miles de ciudadanos “mamados” al ver en las redes sociales toda
suerte de mentiras, exageraciones, medias verdades, señalamientos; hostigamientos,
amenazas y reduccionismos que describen muy bien lo que somos como sociedad:
pasionales, incapaces de tramitar a través del diálogo las diferencias y de
respetar al Otro y el de las “emociones tristes” de las que habla Mauricio
García Villegas.
Esas mismas redes, verdaderas
cloacas o covachas llenas de memez, fierabrases, indoctos, galafardos, cenutrios,
majaretas y “Belcebúes”. Cada que se entra en ese mundo cargado de emociones
las arcadas son inevitables y más por esta época electoral. Esas redes dan
cuenta de lo mucho que nos falta para ser verdaderamente modernos, civilizados,
inteligentes para manejar emociones y democráticos. Y lo que es más preocupante,
nos confirman una verdad incontrastable: nos odiamos. Sobre este último sentimiento,
primitivo por demás, Abelardo de la Espriella construyó su emocional campaña.
Supo recoger la animadversión de todos los que votaron No al plebiscito por la
paz en 2016. Son los mismos que llaman “guerrillero” a Iván Cepeda Castro por
insistir, tercamente, en que es posible pacificar el país por las buenas. Y se
sumaron a esa gavilla de odiadores a los que sienten que Petro les incumplió y
otros miles que se dejaron llevar por el discurso anti-Petro de la prensa
hegemónica, gran responsable de que el “Tigre” de Temu haya llegado a estas
instancias.
Que llegue ya ese 21 de junio que
podría convertirse en un “parteaguas” en la atribulada historia de Colombia.
Para mal, si llega al Solio de Bolívar el ambivalente político de la
ultraderecha neoliberal. De la Espriella oficia como un therian orgánico
que se auto proclama como el nuevo Mesías que hará de Colombia una “Patria
milagro” fundada en el dolor, el miedo y la desazón de sus amenazas de “destripar
a la izquierda” y de hacer “fracking a lo que marque”. Y para bien, si el orden
establecido en el país por fin se consolida alrededor del mandato que dice que
Colombia es un Estado Social de Derecho. Esa es la única manera de dejar de ser
la misérrima República que construyeron los miembros ferales de una élite
violenta que desde la época de los arcabuces viene asesinando, física y
simbólicamente, a aquellos que, a pesar de compartir genes y procesos de
mestizaje, los asumen como “enemigos, desechables, gente incómoda, chusma,
indios o populachos”. La verdad es que estoy mamado de esta campaña.
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