Por Germán Ayala Osorio
El fútbol, como deporte
espectáculo, es el enorme espejo en el que el conjunto de la sociedad humana se
mira y refleja la complejidad de su naturaleza; y el periodismo deportivo es la plataforma
ideológica-informativa con la que logra encubrir, matizar y ocultar los
inmorales intereses que se mueven alrededor del balompié a nivel orbital,
tocado por el turbio negocio de las apuestas, las transacciones millonarias de
jugadores- ¿lavado de dinero?-, vendidos como “esclavos” de nuevo cuño y por la
ética-estética de un juego básicamente masculino y masculinizante, lo que lo
hace violento y orientado a validar formas de dominación simbólica y física
entre los competidores y claro, entre la FIFA y las asociaciones de fútbol
regionales que la componen.
Al final, los jugadores son
fichas de un juego que como dijo Marcelo Bielsa se volvió un negocio: “El
fútbol es propiedad popular. Los pobres tienen muy poca capacidad de acceso a
la felicidad, no disponen de dinero para comprar la felicidad. Ese fútbol,
que era gratuito, y que es una de las pocas cosas que los más pobres mantenían,
ya no lo tienen más. Qué lástima que lo tenga que decir yo, porque me va a
traer nada más que críticas”.
Con ocasión del Mundial que se
celebra en México, Canadá y Estados Unidos, el periodismo colombiano y en
particular el Gol Caracol (Canal Caracol), el canal oficial, con todo y sus
periodistas se han prestado para mostrar como un éxito económico la organización
del certamen, ocultando asuntos ético-políticos y morales que rodean la
operación de la FIFA, cooptada por el presidente de los Estados Unidos, el
violador, pederasta y convicto Donald Trump, con la anuencia de Gianni
Infantino, la brillante y alopécica cabeza de la máxima autoridad del fútbol
que en la previa le entregó el primer premio FIFA Paz al arcaico cenutrio.
En lo transcurrido del Mundial
hemos visto de todo: tratamientos xenófobos contra las selecciones de Irán y
Uruguay; la primera, sometida a tratamientos migratorios discriminatorios; y la
segunda, revisados los equipajes de los jugadores por perros antidroga.
También, decisiones arbitrales que, aunque basadas en la tecnología, dejan
dudas alrededor de las motivaciones que hubo detrás de las revisiones de
jugadas de gol o penales.
El relato periodístico del “canal
oficial” no está para cuestionar las decisiones arbitrales y mucho menos
suponer, como lo hicieron comentaristas y exjugadores, en el caso del gol
anulado a Colombia el partido contra Portugal. El “Pibe Valderrama”, ícono y
referente para el periodismo criollo, espetó lo siguiente: «El que no sabe
de esto, ve el gol y es legítimo. Yo me preocupo con esto que pasó con Colombia
y el gol de Dávinson. Todos ya sabemos quién va a ser el campeón. Marcamos
un gol legítimo y nos lo quitan. Estoy emputado porque nos robaron el partido,
porque el gol de Dávinson es gol y la falta que le hicieron a Luis Suárez es
penal, pero no repitieron eso. Así es muy jodido. Si ya tienen al campeón, que
digan y no jugamos más”.
Por supuesto que ese nivel de
cuestionamiento no podía ser amplificado por el Gol Caracol. Bastó con hacer el
registro noticioso con una leve sonrisa de los presentadores y ahí paró lo
cosa. ¿Autocensura?
Durante un mes largo estuvimos
viéndonos en ese espejo en el que se confirma que millones de seres humanos a
lo largo y ancho del planeta continúan depositando su felicidad en unos
seleccionados que también dan cuenta de lo que sucede cultural, social y políticamente
en sus países de origen. Y por supuesto, en la vida individual de esos
“millonarios esclavos” que guardan silencio frente al Gran Negrero: la FIFA.
Las rivalidades entre naciones y
Estados terminan en una cancha interpretadas por los jugadores. Ejemplo, las
selecciones de los países del Norte opulento y saqueador de sus colonias
enfrentadas a los combinados nacionales del Sur empobrecido y dominado. Unos
apelaron en el pasado a la magia de sus piernas y a la viveza de sus corazones
para derrotar a los ingleses. ¿Les suena la “mano de Dios” de Maradona? Otros
se contentaron con recordar a Patrice Lumunba, el líder congolés asesinado por un gobierno de Bélgica en los años 60 y desmembrado. Una presentadora de televisión, “blanca” ella, se sintió orgullosa de no
conocer su historia y de lo que representó para el Congo. Quizás ignore que después de ser disuelto su
cuerpo en ácido, lo único que sus victimarios guardaron fue un diente de oro,
años después entregado a sus familiares.
A otros, fieles a su historia y
al “ADN de su fútbol”, les correspondió echar manos a la “garra” paraguaya para
celebrar la eliminación de la encopetada Alemania. El desprecio por el equipo
“sudaca” antes del partido fue claro: “es un equipo de tercera
categoría/clase. No es un rival, no puede ser una amenaza seria para Alemania”.
Eso sí, esos mismos paraguayos le
ofrecieron al mundo un grotesco espectáculo dentro de la cancha durante el
partido contra Francia: pegaron y hostigaron guiados por un espíritu belicoso
atado a ese imaginario consolidado en el Norte opulento sobre lo que somos como
suramericanos: violentos, incivilizados, unos verdaderos “picapiedras”. No. No
es ninguna “garra” lo que dejaron ver. Expusieron un fútbol mediocre, propio de
barriadas en donde la única regla es sobrevivir a como dé lugar. Fue tal el
nivel de violencia de los guaraníes que Mbappe, el 10 de la Selección de
Francia dijo "también sabemos meter las manos en la mierda".
Cuando termine el Mundial (¿ya se intuye qué Selección será la campeona- Argentina, ¿otra vez?), Caracol Noticias seguirá autocensurándose y siendo el canal oficial del gobierno del tigre. Les corresponderá a los periodistas tipo Bielsa develar los graves problemas ético-estéticos que arrastra el gobierno de Abelardo de la Espriella, el monigote que Trump, Rubio y los hermanos Moreno manejarán a su antojo como Infantino hace con la FIFA y el fútbol. Deben de saber que la prensa hegemónica apagó el VAR el 21 de junio a cambio de la siempre sucia pauta oficial. El mismo con el que le revisaron milimétricamente y con inusitado odio, la vida privada y pública del presidente Petro.
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