jueves, 2 de julio de 2026

RECONOCER O NO AL NUEVO PRESIDENTE

 



Por Germán Ayala Osorio

 

Al declararse en “desobediencia civil pacífica” Iván Cepeda Castro, colíder de la Oposición extiende en el tiempo las desavenencias y el ambiente crispado de la campaña presidencial que al parecer aún no terminó para el excandidato del Pacto Histórico y mucho menos para el presidente electo que insiste en su lenguaje pendenciero y confrontador, al que se suma su idea de extraditar a Petro, negándole su condición de expresidente, su derecho a la presunción de inocencia y lo más peligroso, usando decisiones políticas que tomó en el ejercicio de su mandato y en búsqueda de la paz, para alimentar el Indictment con el que sueña Marco Rubio y el propio presidente Trump, recientemente condenado por la justicia americana por violar a una mujer.

La postura asumida por Cepeda se explica porque su vida política y académica siempre estuvo atada a la discusión argumentada y las referencias a teóricos y estudiosos de la filosofía política, la ética y la moral. Es ahí en donde encaja el llamado a desconocer la autoridad del nuevo presidente de la República y por esa vía a abstenerse de cumplir sus órdenes. Cepeda le está hablando al país académico que lo acompañó y votó, pero no a las bases populares que lo apoyaron por ser el ungido de Petro. Quizás haya ahí un error de cálculo político de la declaratoria, por todo el desgaste emocional y económico que supone organizar movilizaciones y plantones que sirvan para materializar aquel llamado que deviene con un sentido ético-político que no necesariamente se compagina con las maneras en las que se asumió la derrota electoral y la vida misma en las barriadas de urbes como Bogotá, Cali y Medellín.

Con el llamado a la “desobediencia civil pacífica” Cepeda, quizás sin proponérselo, está poniendo a prueba el trabajo de concientización que durante cuatro años se realizó en los sectores populares e incluso en la siempre ambivalente clase media alrededor de la importancia de reconocer a los verdugos (neoliberales) y confrontar las narrativas periodísticas y los relatos políticos con los que se matiza ese carácter dominante y sus efectos sobre las comunidades subalternas. No puede olvidar el excandidato presidencial que, si bien les habló y cautivó en el último tramo de la campaña, al parecer no los logró convencer en la manera como lo hizo Petro como candidato presidencial y presidente de la República en ejercicio.

Lo cierto es que con esa declaratoria brotan dos conceptos: reconocimiento y representación que la prensa abelardista[1] ya está usando para deslegitimar la postura de Cepeda, asumida como  peligrosa e inconveniente, pero sobre todo insustancial frente a la posibilidad de frenar las acciones que emprenderá el nuevo gobierno, de la mano del Congreso, para revertir los avances logrados por la saliente administración en materia de reforma agraria, reformas laboral y pensional, conservación de ecosistemas naturales, soberanía alimentaria y libertades ciudadanas.

En las redes sociales ya circulan como “memes” frases como “Abelardo no me representa” y en los medios hegemónicos que acompañan victoriosos la llegada del “Tigre” a la Casa de Nariño, discusiones alrededor de la negación de la legitimidad de quien ganó las elecciones por un estrecho margen. Se quiera o no, Abelardo de la Espriella Otero es el nuevo presidente de Colombia. Las discusiones de si me siento o no representado o de si reconozco o no su victoria no cambiarán para nada la amarga, amenazante, oscura y desconcertante realidad política que le dejó a más de 12 millones de ciudadanos ese fatídico 21 de junio. ¿Qué hacer, entonces, parece ser la pregunta? Veo un solo camino: estar muy atentos a cada movimiento que dé el nuevo gobierno. Analizar y comunicar sus efectos políticos, sociales, ambientales, ecológicos y económicos. Unir esfuerzos periodísticos para denunciar todo lo que haga mal la nueva administración. Y por supuesto, cuidarse mutuamente las espaldas porque anda suelto un peligroso y hambriento felino, que busca desesperadamente reconocimiento y exaltación. 



[1] Es la misma prensa uribista y uribizada que le hizo sucia oposición política y periodística al gobierno Petro. Hablo de Blu radio, La FM de RCN, El Tiempo, El Espectador, El Heraldo, Semana y los noticieros RCN y Caracol.

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