Por Germán Ayala Osorio
Al declararse en “desobediencia
civil pacífica” Iván Cepeda Castro, colíder de la Oposición extiende en el
tiempo las desavenencias y el ambiente crispado de la campaña presidencial que
al parecer aún no terminó para el excandidato del Pacto Histórico y mucho menos
para el presidente electo que insiste en su lenguaje pendenciero y
confrontador, al que se suma su idea de extraditar a Petro, negándole su
condición de expresidente, su derecho a la presunción de inocencia y lo más
peligroso, usando decisiones políticas que tomó en el ejercicio de su mandato y
en búsqueda de la paz, para alimentar el Indictment con el que sueña
Marco Rubio y el propio presidente Trump, recientemente condenado por la
justicia americana por violar a una mujer.
La postura asumida por Cepeda se
explica porque su vida política y académica siempre estuvo atada a la discusión
argumentada y las referencias a teóricos y estudiosos de la filosofía política,
la ética y la moral. Es ahí en donde encaja el llamado a desconocer la
autoridad del nuevo presidente de la República y por esa vía a abstenerse de
cumplir sus órdenes. Cepeda le está hablando al país académico que lo acompañó
y votó, pero no a las bases populares que lo apoyaron por ser el ungido de
Petro. Quizás haya ahí un error de cálculo político de la declaratoria, por
todo el desgaste emocional y económico que supone organizar movilizaciones y
plantones que sirvan para materializar aquel llamado que deviene con un sentido
ético-político que no necesariamente se compagina con las maneras en las que se
asumió la derrota electoral y la vida misma en las barriadas de urbes como
Bogotá, Cali y Medellín.
Con el llamado a la
“desobediencia civil pacífica” Cepeda, quizás sin proponérselo, está poniendo a
prueba el trabajo de concientización que durante cuatro años se realizó en los
sectores populares e incluso en la siempre ambivalente clase media alrededor de
la importancia de reconocer a los verdugos (neoliberales) y confrontar las
narrativas periodísticas y los relatos políticos con los que se matiza ese
carácter dominante y sus efectos sobre las comunidades subalternas. No puede
olvidar el excandidato presidencial que, si bien les habló y cautivó en el
último tramo de la campaña, al parecer no los logró convencer en la manera como
lo hizo Petro como candidato presidencial y presidente de la República en
ejercicio.
Lo cierto es que con esa
declaratoria brotan dos conceptos: reconocimiento y representación que la prensa
abelardista[1]
ya está usando para deslegitimar la postura de Cepeda, asumida como peligrosa e inconveniente, pero sobre todo
insustancial frente a la posibilidad de frenar las acciones que emprenderá el
nuevo gobierno, de la mano del Congreso, para revertir los avances logrados por
la saliente administración en materia de reforma agraria, reformas laboral y
pensional, conservación de ecosistemas naturales, soberanía alimentaria y
libertades ciudadanas.
En las redes sociales ya circulan
como “memes” frases como “Abelardo no me representa” y en los medios
hegemónicos que acompañan victoriosos la llegada del “Tigre” a la Casa de
Nariño, discusiones alrededor de la negación de la legitimidad de quien ganó
las elecciones por un estrecho margen. Se quiera o no, Abelardo de la Espriella
Otero es el nuevo presidente de Colombia. Las discusiones de si me siento o no
representado o de si reconozco o no su victoria no cambiarán para nada la
amarga, amenazante, oscura y desconcertante realidad política que le dejó a más
de 12 millones de ciudadanos ese fatídico 21 de junio. ¿Qué hacer, entonces,
parece ser la pregunta? Veo un solo camino: estar muy atentos a cada movimiento
que dé el nuevo gobierno. Analizar y comunicar sus efectos políticos, sociales,
ambientales, ecológicos y económicos. Unir esfuerzos periodísticos para denunciar
todo lo que haga mal la nueva administración. Y por supuesto, cuidarse
mutuamente las espaldas porque anda suelto un peligroso y hambriento felino, que busca desesperadamente reconocimiento y exaltación.
[1] Es la misma prensa uribista y uribizada que le hizo
sucia oposición política y periodística al gobierno Petro. Hablo de Blu radio,
La FM de RCN, El Tiempo, El Espectador, El Heraldo, Semana y los noticieros RCN
y Caracol.
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